La noche de los cristales rotos de Ceuta
Ninguna ciudad puede soportar algo así… Sin embargo, conviene destacar que esta clase de catástrofes no son fruto del azar o la malicia, sino la inevitable consecuencia de las injustas desigualdades entre el Norte y el Sur
No subestimo los problemas que representa para una ciudad de casi 84.000 habitantes la irrupción de 70.000 jóvenes con el sueño de llegar a Europa. Ninguna ciudad puede soportar algo así, sin sufrir graves problemas de convivencia. Sin embargo, conviene destacar que esta clase de catástrofes no son fruto del azar o la malicia, sino la inevitable consecuencia de las injustas desigualdades entre el Norte y el Sur.
En algunas zonas de Marruecos, el paro juvenil alcanza el 37% y la renta per cápita se sitúa en unos 5.100 euros anuales. No hay un subsidio de desempleo, sino una pequeña indemnización de seis meses. Dado que cerca del 80% de la economía real es informal, la gran mayoría de los trabajadores nunca ha cotizado y no tiene derecho a nada. La esperanza de vida es de 75 años (78 las mujeres, 73 los hombres). Aunque hay un sistema de sanidad pública, los hospitales sufren saturación crónica, largas listas de espera y escasez de medicamentos y, en las zonas del interior, la atención pública es precaria o prácticamente inexistente. Cerca de tres millones de jóvenes menores de 30 años no estudian ni trabajan. Al mismo tiempo, la fortuna personal de Mohamed VI se estima entre los 5.000 y 17.500 millones de dólares, lo cual le convierte en el monarca más rico de África. Con este panorama, no cabe sorprenderse de la fuerte presión migratoria que soportan Ceuta y Melilla.
Produce desolación que Luis Argüello, arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, haya hablado de 'invasión' al referirse a los incidentes de Ceuta. Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo, ha arrojado más leña al fuego reclamando una nueva 'reconquista'
La desesperación no puede contenerse con muros ni barreras marítimas. Mientras persistan las desigualdades, las crisis migratorias serán recurrentes y explosivas. Europa no deja de invertir recursos para fortificarse y políticos sin escrúpulos alimentan el racismo y la xenofobia. Ahora, el enemigo ya no es el judío, el masón o el comunista, sino el inmigrante, especialmente si procede de países musulmanes. Produce desolación que Luis Argüello, arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, haya hablado de “invasión” al referirse a los incidentes de Ceuta. Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo, ha arrojado más leña al fuego reclamando una nueva “reconquista”. ¿Es que Argüello y Sanz no han leído Mateo 25: “fui extranjero y me acogisteis”?
Muchos pensamos que el derecho internacional ha muerto en Gaza y ahora nos preguntamos si los valores de la Europa democrática no han corrido la misma suerte en Ceuta
Las imágenes de una turba de “patriotas” quemando en las playas de Ceuta las escasas pertenencias de los inmigrantes o impidiendo el paso a los camiones de la Cruz Roja que les llevaban alimentos son tan deleznables como las imágenes de las sinagogas y comercios judíos incendiados entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938 en Alemania, Austria y la región de los Sudetes. Sin la intervención de la Policía Nacional, quizás hoy estaríamos lamentando víctimas mortales. Muchos pensamos que el derecho internacional ha muerto en Gaza y ahora nos preguntamos si los valores de la Europa democrática no han corrido la misma suerte en Ceuta. Solo hay que observar la reacción de Italia, Finlandia, Dinamarca y la República Checa pidiendo explícitamente la suspensión o expulsión de España del espacio Schengen.
Cuando escribo estas líneas, unos ciento sesenta y dos jóvenes marroquíes abandonan Ceuta cada día. Muchos afirman que ha sido el peor mes de su vida y bastantes se marchan con hematomas, pues han sufrido agresiones. Los políticos que deshumanizan a los inmigrantes suelen declararse cristianos, pero desprecian las palabras de León XIV, según el cual “la dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera”.
Los políticos que deshumanizan a los inmigrantes suelen declararse cristianos, pero desprecian las palabras de León XIV, según el cual 'la dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera'
LaUnión Europea se ha acostumbrado a que miles de vidas se pierdan en el Mediterráneo y el Atlántico y ya no se inmuta cuando se ahogan mujeres y niños. Incluso boicotea a las ONGS que rescatan a los náufragos. Para un cristiano, este drama es insoportable. Si alguien busca realmente a Dios, solo tiene que mirar a esas mujeres, jóvenes y niños que viajan en patera o cruzan desiertos. Lo cristiano no es arrodillarse ante imágenes, sino abrazar a los parias de este mundo, a los pequeños, humildes, desdichados y, en no pocas ocasiones, execrados por una sociedad satisfecha. Cerrar puertas, levantar muros, desviar la mirada y, en el peor de los casos, hostigar a los exponen su vida en las fronteras buscando un porvenir mejor, no es solamente injusto. Es profundamente inhumano y, por tanto, anticristiano. Como afirmó Edith Stein, fenomenóloga, teóloga, carmelita descalza, mártir, santa y copatrona de Europa, “nadie es extranjero”. Nuestro hermano no es solo el que comparte nuestra sangre, sino todo el que nos mira a los ojos e invoca nuestra ayuda. “Desde el momento en que el otro me mira, yo soy responsable de él”, advierte el filósofo lituano Emmanuel Lévinas y no se equivoca.
En el caso de Ceuta, la opción preferencial por la verdad consiste en repartir agua, alimentos, mantas y ropas de abrigo entre los inmigrantes. Esos gestos son los gestos que salvan al mundo, los gestos nos salvan a todos y nos libran de la desesperanza
La verdadera santidad no consiste en practicar una vida piadosa, observando escrupulosamente los ritos, sino en hacerse cargo del otro, en acoger al que sufre, en dejarse afectar por el dolor ajeno y hacer lo posible por paliarlo. Solo eso nos hace hijos e hijas de Dios. Jon Sobrino aclaró que la “opción preferencial por los pobres” es la “opción preferencial por la verdad”. Y en el caso de Ceuta, la opción preferencial por la verdad consiste en repartir agua, alimentos, mantas y ropas de abrigo entre los inmigrantes. Esos gestos son los gestos que salvan al mundo, los gestos que nos salvan a todos y nos libran de la desesperanza.
Los ceutíes que han ayudado a los jóvenes inmigrantes nos han devuelto la fe en el hombre y en Dios. Compartir es lo que nos hace humanos y lo que nos acerca a la utopía del Reino, donde el amor no es un filigrana retórica
Al final de la adaptación cinematográfica realizada por Luis Buñuel de Nazarín, la novela de Pérez Galdós, el sacerdote que ha sufrido toda clase de vejaciones y malos tratos por su determinación de imitar radicalmente a Cristo, siente que su fe flaquea. Confundido con un vagabundo, un policía le escolta para que comparezca ante un juez. Lleva la cabeza vendada, la ropa sucia y la cara magullada. Una humilde mujer que vende fruta se compadece de su aspecto miserable y le regala una piña. Al principio, Nazarín la rechaza, pero tras unos momentos de vacilación, recapacita y la acepta. Su rostro, iluminado por una sonrisa, refleja que ha recuperado la fe. Del mismo modo, los ceutíes que han ayudado a los jóvenes inmigrantes nos han devuelto la fe en el hombre y en Dios. Compartir es lo que nos hace humanos y lo que nos acerca a la utopía del Reino, donde el amor no es un filigrana retórica, sino el acontecimiento que cura todas las heridas y nos permite mirar hacia el futuro con esperanza.