La regularización de la Sagrada Familia
Hoy en día, la Sagrada Familia -es decir, José, un artesano, María, una joven vulnerable, casi una adolescente, y Jesús, un recién nacido- sería “ilegal”. No me extraña que Javier Cercas haya afirmado que Cristo se entendería mejor con los zapatistas de Chiapas que con Vox
Los evangelios no son narraciones históricas, sino enseñanzas morales y teológicas. Hoy casi todos los historiadores admiten que Jesús no nació en Belén, sino en Nazaret, una aldea muy humilde de unos 200 habitantes. También hay un consenso bastante generalizado sobre la exclusión de la provincia de Judea del censo imperial de Augusto, lo cual desmentiría que José y María abandonaran Nazaret para cumplir un decreto ejecutado por Quirinio, senador y gobernador de Siria. Los historiadores tampoco conceden credibilidad a la supuesta matanza de inocentes ordenada por Herodes I el Grande. ¿Significa todo eso que los evangelios deben ser repudiados por sus inexactitudes y eventos dudosos? En absoluto. La razón de ser de los evangelios no es realizar una crónica histórica fidedigna, sino reflejar la sabiduría de Jesús. La historia del matrimonio galileo que busca refugio para el nacimiento de su hijo es una enseñanza universal, cuyo valor trasciende la metodología histórica. El Nuevo Testamento se limita a redundar en la pedagogía del Antiguo, según el cual siempre hay que dar cobijo al extranjero. En Éxodo 22:21 leemos: “Al extranjero no maltratarás ni oprimirás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto”. Eso es lo que ordena Yahvé al pueblo judío y al conjunto de la humanidad.
Cáritas y la Conferencia Episcopal han celebrado la regularización extraordinaria de unos 500.000 inmigrantes en España. Ha sido una decisión del Consejo de Ministros, inspirada por una Iniciativa Legislativa Popular (ILP) respaldada por 700.000 firmas y que hasta ahora había estado bloqueada por la aritmética parlamentaria. Desgraciadamente, los obispos Jesús Sanz y José Ignacio Munilla, conocidos por sus posiciones ultraconservadoras, han puesto una nota discordante. Munilla ha calificado la medida de demagógica y Sanz ha llegado más lejos, afirmando que “todos no caben”. Ese “todos no caben” contrasta con las hermosas palabras del Papa Francisco: “En la Iglesia hay lugar para todos, todos, todos”.
Aunque los inmigrantes aportan riqueza a España y no han incrementado los niveles de delincuencia, se los utiliza como chivo expiatorio. Los demagogos saben que el odio es una fuerza de cohesión, especialmente si se proyecta sobre el otro, el diferente. Según un informe del Banco de España, la inmigración ha incrementado un 25% el PIB. Desde el punto de vista fiscal, los inmigrantes aportan al Estado un 70% más de lo que reciben. Un 10% de los ingresos de la Seguridad Social procede de trabajadores extranjeros, que ya representan un 15% del empleo total y que cada vez son profesionales con una cualificación más alta. Se estima que anualmente aportan 21.000 millones de euros a las arcas públicas. Al mismo tiempo, se calcula que nuestro país pierde cada año 25.000 millones por la evasión y el fraude. La ingeniería fiscal de las multinacionales no es menos dañina. Solo entre 2016 y 2021, España perdió más de 30.000 millones en impuestos que deberían haber pagado esos gigantes empresariales. No obstante, la ultraderecha no ataca a las multinacionales ni a los evasores fiscales. Prefiere utilizar como blanco de su ira a los inmigrantes que trabajan y pagan sus impuestos, asegurando que su presencia constituye un ataque contra la identidad española. O, más exactamente, contra su concepto de identidad, que coincide con el de Donald Trump, según el cual la civilización occidental solo puede ser blanca, patriarcal, heterosexual y “cristiana”.
Hoy en día, la Sagrada Familia -es decir, José, un artesano, María, una joven vulnerable, casi una adolescente, y Jesús, un recién nacido- sería “ilegal”. No me extraña que Javier Cercas haya afirmado que Cristo se entendería mejor con los zapatistas de Chiapas que con Vox. Ese misterio inconmensurable que denominamos Dios se introdujo en la historia no como un rey o un conquistador, sino como un humilde trabajador nacido en una aldea miserable. Su irrupción en el mundo se produjo en las mismas condiciones que las de los niños que siguen naciendo en los campamentos de refugiados del sur de la Franja de Gaza. Para el Imperio Romano y el Sanedrín, Jesús era una criatura tan insignificante como uno de esos niños palestinos de los que ya no se habla y que cada día luchan por sobrevivir entre el barro, el frío y los escombros. ¿Por qué actuó Dios así? ¿No es el Ente Supremo, Todopoderoso y Omnisciente? Esa definición retórica es demasiado mundana para explicar a Dios. Dios no es un Ente, sino el corazón que infunde vida al cosmos y que se manifiesta como Amor.
Dios no quiso súbditos ni devotos feligreses que lo adoraran, hincándose de rodillas o aplastándose contra el suelo, sino iguales a los que abrazar, confortar, inspirar y acompañar
Cuando Nietzsche dijo que Dios había muerto, solo celebró las exequias de un ídolo, de un fetiche del que era necesario liberarse. Sin darse cuenta, el filósofo alemán, tan virulentamente anticristiano, contribuyó a que comprendiéramos mejor el misterio asociado al concepto de Dios. Dios no es un Ente, sino una Relación. No creó el cosmos por capricho, sino para poder realizarse. A diferencia del Dios aristotélico, lejano y ensimismado, la vida del Dios cristiano no consiste en amarse a sí mismo, sino en amar al otro. Es decir, al ser humano. Y amarlo en su alteridad radical y su diversidad consustancial. Dios no quiso súbditos ni devotos feligreses que lo adoraran, hincándose de rodillas o aplastándose contra el suelo, sino iguales a los que abrazar, confortar, inspirar y acompañar. Su encarnación no es una manifestación de poder, sino de solidaridad. Dios quiso hacerse carne para compartir nuestra fragilidad y anticipar con su resurrección el destino que aguarda a las víctimas de la historia. Esa imagen de Dios repugnaba a Nerón, que acusó a los cristianos de ateos. Los integristas cristianos, católicos o evangélicos, muestran la misma incomprensión, priorizando la adoración y la milagrería sobre la compasión y el compromiso.
Cuando Jesús, con apenas doce años, se separó de sus padres para hablar con los sabios del Templo, se convirtió durante unas horas en un “mena”. Su imagen debió parecerse a la de esos niños que vagabundean por barrios y fronteras, buscando algo de ternura. El cristiano que no entienda que esos niños errantes, asustados y muchas veces hostigados, son la imagen de Dios, no ha comprendido nada. Por muchos golpes de pecho que se propinen y repitan una otra vez “por mi culpa, por mi grandísima culpa”, no pueden estar más lejos del evangelio. Su ofuscación se parece a la de esos apologistas que intentan aportar pruebas científicas sobre la existencia de Dios. Dios no es un objeto del mundo cuya existencia se pueda verificar en un laboratorio. Es cierto que el ajuste fino del universo insinúa la intervención de una Inteligencia o Logos, pero ese camino casi siempre conduce a una sensación de fracaso, pues no capta lo esencial.
Dios no es un dato empírico, sino una experiencia que acontece cuando el dolor ajeno nos sacude y nos impele a no escatimar esfuerzos para aplacar el sufrimiento del otro. Todo el que cura una herida del cuerpo o del alma comulga con Dios, aunque no lo sepa. Su gesto no es simple solidaridad, sino estricta trascendencia. La compasión no es fruto del aprendizaje ni del contexto cultural, sino una urgencia que experimentamos de forma espontánea. Como advierte el filósofo judío Emmanuel Lévinas, “el otro nos concierne de forma inmediata”. Su dolor es un aldabonazo que no podemos ignorar. En cambio, la crueldad no es una reacción espontánea, sino algo aprendido. Todos las ideologías que incitan a la violencia deshumanizan a sus adversarios. Matar siempre es un acto contrario a nuestra naturaleza. Al ejercer violencia contra el otro, también la ejercemos contra nosotros mismos, lo cual explica por qué la mayoría de los verdugos y asesinos viven atormentados.
La regularización de los inmigrantes siempre será una buena noticia para un cristiano, pues la familia humana no puede dividirse en “ellos” y “nosotros”. No olvidemos las palabras del Papa Francisco: “Todos, todos, todos”. No solo en la Iglesia, sino en la Casa Común, injustamente dividida por fronteras que matan y siembran la discordia. En la Comunidad de Madrid, 1.800 menores viven sin suministro eléctrico en el sector 6 de la Cañada Real desde 2020. Varias organizaciones internacionales han denunciado que esta situación vulnera los derechos de la infancia. La responsabilidad de esta injusticia recae sobre políticos que exaltan las raíces cristianas de nuestra civilización y celebran la navidad con un desinhibido exhibicionismo. Su fariseísmo les impide asimilar que la Sagrada Familia -es decir, José, María y Jesús- hoy quizás se alojaría en una chabola de la Cañada Real, buscando en algún animal doméstico el calor que le escatiman sus semejantes. Al regularizar a los inmigrantes, abrimos nuestros corazones a esa familia de Nazaret que deambulaba por los caminos, angustiada y con sensación de desamparo.