¿Sobrevivirá el cristianismo al siglo XXI?
"Solo hace falta observar las ruinas de Gaza y los rostros de los niños palestinos para saber que Cristo aún sigue en la cruz, pidiendo que el mundo deje de martirizar a los más débiles y vulnerables"
La religión del Antiguo Egipto duró aproximadamente 3.500 años. Los mitos griegos y romanos gozaron de una vida algo más breve: unos 1.200 años. La religión cristiana ya ha superado los dos mil y, actualmente, se calcula que unos 2.600 millones de personas, un 31% de la población mundial, se adhiere a sus principios fundamentales. Las discrepancias entre las distintas iglesias no afectan a las creencias básicas: la fe en un solo Dios trinitario, la divinidad, muerte y resurrección de Jesucristo, y la autoridad de la Biblia como palabra divina. A pesar de gozar de millones de fieles, el cristianismo no cesa de perder adeptos. Por cada persona que se convierte, tres abandonan la fe para abrazar el agnosticismo o el ateísmo. Las principales causas de este hecho son la desconexión entre el dogma y la vida cotidiana, la desilusión causada por las instituciones, muchas veces incoherentes y con poca capacidad de autocrítica, y una creciente asimilación de la imagen secular del mundo.
En España, el 53% se declara católico, pero solo el 17% cumple con los ritos establecidos por la Iglesia. En 1978, cuando Wojtyla se convirtió en Juan Pablo II, las cifras eran muy diferentes: el 90% se proclamaba católico y el 40% acudía a misa los domingos. Volviendo al momento actual, el porcentaje de católicos desciende al 45% entre los menores de 30 años. Seis años atrás, esa cifra era significativamente menor: un 31%. Algunos interpretan este dato como la prueba de un renacer del catolicismo, pero todo sugiere que no se trata de un fenómeno espiritual, sino político. El 60% de los jóvenes católicos españoles se declara de derechas y se mueve en la órbita de los grupos tradicionalistas, como el Opus Dei, Comunión y Liberación o el Camino Neocatecumental. Otros, siguen las directrices de Effetá, Emaus o Hakuna. En definitiva, lo que vivimos es un renacer del integrismo religioso que solo se explica en el contexto del auge de la extrema derecha.
Donald Trump, líder de la ultraderecha global, e Isabel Díaz Ayuso, líder de la ultraderecha española, explotan el mensaje cristiano para justificar su discurso de odio contra la diversidad, la interculturalidad, el feminismo y la solidaridad. Esta obscena instrumentalización ha alarmado a León XIV, que ha desafiado a la Administración Trump al condenar la guerra de Irán y las deportaciones masivas de inmigrantes. Los católicos integristas añoran a Juan Pablo II y Benedicto XVI. No disimulan su encono hacia el Papa Francisco y se mantienen expectantes con León XIV, que hace malabarismos para preservar la unidad de la Iglesia Católica. El panorama no es muy alentador para los que aguardamos una nueva primavera vaticana. Francisco y León XIV han reivindicado el espíritu reformista del Concilio Vaticano II, pero el camino sinodal no podrá avanzar sin el apoyo masivo de los fieles, algo que está muy lejos de la realidad.
A pesar de este supuesto renacer de la fe, el escepticismo y el ateísmo no cesan de ganar terreno, al menos en Europa Occidental, donde prospera una visión de la realidad basada exclusivamente en los datos empíricos corroborados por el método científico. El cristianismo podría experimentar el mismo declive que otras religiones con una trayectoria milenaria. O, lo que es peor, quedar reducido a una especie de esoterismo que solo alimentaría supersticiones, ideologías regresivas y creencias irracionales. ¿Hay alguna forma de evitar esa deriva? ¿Sobrevivirá el cristianismo al siglo XXI? ¿Surgirán de nuevo grandes filósofos y teólogos como Xavier Zubiri, María Zambrano, Edith Stein, Karl Rahner, Karl Barth, Julián Marías, Jürgen Moltmann o Johann Baptist Metz?
El porvenir del cristianismo solo puede resolverse en dos planos: el metafísico y el ético-político. La física no ha logrado responder a las grandes preguntas del cosmos: ¿por qué hay algo en vez de nada?, ¿cuál es el origen y el fundamento del ser?, ¿cómo han aparecido la vida y la conciencia?, ¿cómo ha surgido el asombroso equilibrio entre las fuerzas y las constantes del universo?, ¿tiene algún sentido la existencia? Las respuestas que ofrece la física están más cerca de la teología que de la ciencia: el universo ha existido siempre y siempre existirá, los conceptos de principio y fin quizás no se corresponden con la vida eterna y cíclica del ser, la vida es un accidente y la conciencia, un epifenómeno, el ajuste fino es fruto de la creatividad espontánea de la materia, la existencia del universo solo tiene el sentido que pueda atribuirle el ser humano. Ninguna de estas respuestas procede de la aplicación del método científico. Solo son especulaciones de carácter metafísico y, en ese terreno, el cristianismo aún puede aportar respuestas que ayuden al ser humano a afrontar la experiencia de la finitud.
La tarea de los filósofos y teólogos es combatir la banalización de la idea de Dios, su grosera simplificación. El Dios cristiano trasciende cualquier definición o palabra que pretenda captar su esencia. Es Logos, Palabra, Absoluto, Infinito, Inteligencia, Origen, Fuente, Causa Primera, Eficiente, Necesaria y Final, y, sobre todo, Persona. Dado que Dios no es un ente, jamás podremos demostrar su existencia en un laboratorio. No es un genio oculto en un rincón del cosmos, sino algo más grande que el cosmos. Está más allá de cualquier definición o representación. El problema del mal, quizás la mayor objeción a la fe, debe entenderse como la consecuencia inevitable de habitar un cosmos con límites y de gozar de una libertad que garantiza nuestra autonomía y dignidad. No vivimos en un mundo perfecto, pero sí en el mejor de los posibles. Sin gravedad, células y ciclos estacionales, se evitarían muchas catástrofes, pero no habría vida. Sin el límite que significa la muerte, no experimentaríamos angustia ni dolor, pero no existiría la posibilidad de forjar un proyecto y una identidad. La muerte es el precio que pagamos por salir de lo indiferenciado, por ser alguien, por tener un nombre y una historia.
El cristianismo no es solo metafísica. Sin una dimensión histórica, político y moral, no sería más que una variación del platonismo. Con Jesús de Nazaret, Dios entra en la historia y pone un rostro al Absoluto. Y ese rostro no es el del poder, sino el de lo frágil, pequeño, humilde y sencillo. La peripecia de Cristo proporciona un sólido fundamento a la moral e imprime un sentido a la historia. El otro no es simple alteridad, sino el lugar donde se revela Dios y su bienestar nos concierne de forma inmediata. El cristianismo no puede ser apolítico, pues propugna una utopía: un Reino donde los últimos serán los primeros y la grandeza no consistirá en mandar, sino en servir. El Reino de Dios no es una fantasía, sino el sentido último de las cosas. Al final de los tiempos, Dios será todo en todos. Nada quedará excluido de la salvación. La justicia de Dios responde a la destrucción con restauración, al no ser con la perfección de un mundo definitivamente reconciliado y restaurado.
Lo importante no es que sobreviva el cristianismo como religión o institución, sino como una filosofía y teología de la esperanza que exima al ser humano del infierno de la desesperación. El infierno no es un lugar mítico, sino algo que ya está aquí. Está en las ciudades destruidas por la guerra, en los hogares castigados por la pobreza, en las periferias azotadas por la violencia y las adicciones, en los hospitales donde la muerte parece tener la última palabra. La esperanza es una ventana abierta que nos permite atisbar un porvenir luminoso. La tarea del cristianismo es mantener esa ventana abierta y eso no se consigue con la observación escrupulosa de ritos trasnochados, un misticismo barato de fin de semana o canciones bobas, sino con fidelidad al Evangelio y una apertura honesta a los signos de los tiempos.
Solo una Iglesia sinodal, abierta a todos, sin exclusiones ni privilegios, pobre e incondicionalmente comprometida con la paz y la defensa de los derechos humanos, puede mantener viva la llama del Reino. Si le arrebatamos a la humanidad la expectativa de una plenitud real y definitiva, no le dejaremos otra alternativa que concebir su existencia como una briza insignificante en el vendaval del tiempo. ¿Qué podrán esperar las víctimas, salvo esa segunda muerte que es el olvido? El cristianismo es la última esperanza de los humillados y ofendidos, como afirma Metz, y un grito que reclama solidaridad con los que sufren. Solo hace falta observar las ruinas de Gaza y los rostros de los niños palestinos para saber que Cristo aún sigue en la cruz, pidiendo que el mundo deje de martirizar a los más débiles y vulnerables.