Hazte socio/a
Última hora:
Todo sobre la tragedia de Urda, #primeroRD

¿Evolución o Involución? El imperativo de retornar a la Iglesia de los Primeros Siglos

RETORNO A LAS FUENTES

"En mi condición de sacerdote anglicano, y movido por un una honda inquiérud evangélica, expongo en este análisis el constante riesgo de involución institucional que acecha a la cristiandad universal. Si bien destaco a la Iglesia de Roma por su innegable peso e influencia histórica, considero que la urgencia de sacudirse el absolutismo monárquico para regresar a la sinodalidad horizontal del primer milenio constituye un imperativo espiritual que nos interpela hoy a todos por igual"

Concilio Vaticano I

¿Ha avanzado la Iglesia con el devenir de los tiempos o hemos asistido a una paulatina y sistemática involución? Al observar el panorama eclesiástico contemporáneo, la pregunta deja de ser un mero ejercicio teológico para convertirse en una denuncia urgente. Como sacerdote, la mirada hacia la crisis actual de la cristiandad no nace del desapego, sino de un profundo dolor evangélico. Cabe cuestionarse si la farragosa estructura institucional y los intereses geopolíticos de Roma no han terminado por sepultar el mensaje prístino del Evangelio, obligándonos a plantear una disyuntiva radical: ¿no será que el único camino hacia el futuro es, en realidad, un regreso absoluto al sistema horizontal de la Iglesia primitiva?

La historia del segundo milenio está marcada por una constante: el intento de las diversas tradiciones de sacudirse el yugo de un centralismo asfixiante para volver a las raíces. Desde nuestra identidad anglicana, la reforma del siglo XVI —frecuentemente reducida por la historiografía popular a las coyunturas políticas de la Corona inglesa e influenciada por la corriente teológica de la reforma luterana continental— no se entendió como la invención de una nueva Iglesia, sino como la restauración de la fe católica antigua. Más allá de los vaivenes dinásticos y de las corrientes de pensamiento europeas que sirvieron de catalizadores en aquella época, el verdadero motor de la Via Media fue un retorno intencionado a la pureza de los Santos Padres y al espíritu de la Pentarquía, donde los obispos locales gobernaban en comunión y no bajo el sometimiento piramidal a una sola sede de corte medieval.

Este mismo impulso de fidelidad a los orígenes frente al absolutismo romano se manifestó con fuerza en el siglo XIX con el surgimiento de la Iglesia Veterocatólica. Con el Concilio Vaticano I, que proclamó de forma unilateral los dogmas del poder absoluto y la infalibilidad pontificia, comunidades enteras de fieles y teólogos europeos se negaron a aceptar una innovación que rompía flagrantemente con la tradición de la Iglesia primitiva. Aquellos «viejos católicos» prefirieron apartarse de la obediencia romana para salvaguardar el sistema sinodal y episcopal de los primeros siglos, una búsqueda de pureza que hoy nos une a ellos, al igual que a las iglesias luteranas tradicionales, en una plena y fraterna comunión eclesiástica. La historia nos demuestra que, cada vez que una porción de la Iglesia ha intentado abrazar esa Via Media y regresar a las fuentes perennes, el centralismo de la Curia ha respondido con el repliegue y la condena.

Este patrón de involución se ha repetido con dolorosa claridad en la historia reciente de la Iglesia romana. El Concilio Vaticano II fue convocado de manera inesperada por el papa Juan XXIII, un soplo renovador que desbordó las inercias de la Curia y que pretendía abrir las ventanas de la institución para que entrara el Espíritu Santo en un necesario aggiornamento. Posteriormente a su fallecimiento, fue el papa Pablo VI quien asumió la monumental tarea de guiar, concluir y clausurar el concilio, timoneando a la institución durante los primeros y difíciles años de su aplicación postconciliar. Bajo su pontificado, y a pesar de las inmensas tensiones internas, se intentó dar los primeros pasos hacia la colegialidad y un diálogo real con el mundo moderno y las demás tradiciones cristianas. Parecía el inicio de un camino irreversible hacia la descentralización que tanto recordaba a la Iglesia del primer milenio.

A raíz del deceso de Pablo VI, la brevísima gestión de Juan Pablo I —interrumpida de forma abrupta después de solo 33 días en un final que aún hoy suscita profundas extrañezas— pareció ser el último destello de esa voluntad de sencillez y reforma pastoral. Lo que vino después supuso un quiebre drástico de expectativas. La elección de Juan Pablo II introdujo un matiz marcadamente político, un perfil donde la agenda internacional y el desmantelamiento del bloque comunista primaron sobre la profundidad religiosa y la renovación institucional propiamente eclesial. Bajo este prisma más geopolítico que pastoral, el gran proyecto articulado tras la convocatoria de Juan XXIII y continuado por Pablo VI no solo quedó estancado, sino que se vio sistemáticamente postergado frente al repliegue institucional que restauró un verticalismo romano férreo, persiguiendo los avances teológicos y relegando la autonomía de las comunidades locales en favor de un control absoluto por parte del aparato vaticano.

La historia, sin embargo, quebró esa rigidez con un hito impredecible. Tras la muerte de Juan Pablo II, la sucesión recayó en Benedicto XVI, cuyo ministerio no destacó por recuperar la línea aperturista del concilio, pero ofreció un testimonio de honestidad que sacudió los cimientos de la institución: su inesperada renuncia al cargo. Acostumbrada a orquestar los relevos con extrema antelación, la Curia romana se vio sorprendida y sin el margen de maniobra necesario para reaccionar. Semejante quiebra institucional desmanteló los viejos engranajes del poder local e internacional, configurando un escenario radicalmente distinto al de aquel tiempo en el que, singularmente en España, el diseño del episcopado y la designación de obispos dependían por completo de la hegemonía del cardenal Rouco Varela.

Aquella quiebra de la inercia palaciega abrió una rendija por la que el recordado papa Francisco buscó reabrir decididamente las compuertas de la sinodalidad y la pastoral de los márgenes hasta su muerte, una senda de reforma conciliar que el actual pontífice, León XIV, procura mantener activa. Estos últimos ministerios revelan que el largo repliegue de finales del siglo XX operó como un doloroso paréntesis de involución del que la propia sede romana, en sus diferentes etapas recientes, ha intentado emanciparse.

Sin embargo, este esfuerzo contemporáneo sigue siendo insuficiente. Aunque se reconozca la trascendencia de la renuncia de Ratzinger y se valore el giro pastoral de sus sucesores, la estructura actual continúa estando profundamente condicionada y lastrada por el centralismo absolutista. Para que la Iglesia recupere verdaderamente el prístino mensaje, aquello que explícitamente manda el Evangelio de Jesús y el fundamento sobre el que se crea el cristianismo y se aloja la Iglesia, no basta con corregir el rumbo de unos pocos pontificados ni con aplicar reformas institucionales superficiales. La respuesta definitiva exige la valentía ecuménica de despojarse por completo de los ropajes del poder monárquico medieval para regresar a la pureza, la sencillez y el sistema horizontal de comunión episcopal que caracterizó a los primeros siglos de nuestra fe común.

También te puede interesar

Lo último