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El demonio se ha colado por la puerta de atrás: por qué cuidar el cerebro es ya una cuestión espiritual

La prisa, las pantallas y la dopamina barata erosionan nuestra atención. Y un cristiano disperso es un cristiano más fácil de "hackear". Recuperar el silencio interior no es nostalgia monástica: es una urgencia de la fe.

Los hackers espirituales
Los hackers espirituales | Ramon Fandos

En ciberseguridad hay un dato que da que pensar: la gran mayoría de los ataques que tienen éxito involucran, de un modo u otro, un error humano. No fallan los cortafuegos; falla la atención. Personas formadas y con experiencia terminan haciendo clic donde no debían, por increíble que parezca. La tecnología más cara del mundo se viene abajo por un instante de descuido.

Sería simplista atribuirlo a una sola causa, pero hay un factor que conviene no ignorar: "brainrot", el empobrecimiento de la atención que produce el consumo continuo de contenido breve y gratificación inmediata. Ese hábito no nos vuelve tontos, pero sí erosiona poco a poco nuestra capacidad de concentrarnos y de detenernos a pensar. Y en ese terreno los descuidos se multiplican.

Algo parecido ocurre con el estrés. Reduce su capacidad de gobierno y deja más espacio a las respuestas automáticas e impulsivas. El resultado es inquietante: actuamos sin del todo decidir, en modo reactivo. Y en ese estado somos presa fácil de lo que podríamos llamar los "ciberdelincuentes espirituales", que no son otros que nuestras propias debilidades e impulsos más primarios.

La vida espiritual no flota por encima del cuerpo: cuenta con el funcionamiento del cerebro

Como cristianos, vale la pena tomar conciencia de nuestra condición corporal. La vida espiritual no flota por encima del cuerpo: cuenta con el funcionamiento del cerebro, ese órgano que administra el "templo del Espíritu" que somos. Si se me permite la imagen —salvando todas las distancias—, el cerebro sería algo así como el "hardware" de nuestra experiencia de fe, y el amor de Dios, el "programa" que recorre todo el sistema y lo llena de paz, misericordia y alegría de vivir. Es solo una metáfora, claro, pero ayuda a recordar que la gracia trabaja con nuestra biología, no al margen de ella.

Por eso conviene estar vigilantes para que la prisa, la tecnología mal usada y la dopamina barata no se cuelen en nuestras conexiones neuronales y las arrastren hacia la dispersión y la ansiedad, porque eso termina afectando incluso a nuestra capacidad de amar. A veces damos demasiada importancia a realidades que no vemos —demonios, ángeles caídos, entidades que apenas comprendemos— y no advertimos que aquello que la imaginación pinta con piel enrojecida, cuernos y tridente se nos ha colado por la puerta de atrás, disfrazado de costumbre inofensiva.

No podemos pedirle a un cerebro acostumbrado a la inmediatez y al miedo que sostenga una paz profunda sin un ejercicio serio de conciencia y disciplina interior.

No podemos pedirle a un cerebro acostumbrado a la inmediatez y al miedo que sostenga una paz profunda sin un ejercicio serio de conciencia y disciplina interior. Por ahí pasa buena parte de nuestro camino hacia la libertad de los hijos de Dios. Cuidar la salud de nuestra mente debería ser casi una forma de ascesis cristiana, para que, cuando el Esposo llame a la puerta, nos encuentre con las lámparas encendidas y con la mente despierta, lista para decir "sí".

La lectio divina, la liturgia de las horas, la oración continua, el trabajo manual, el silencio, la opción por los pobres… son tesoros de la tradición monástica que hoy brillan más que nunca y esperan que los redescubramos, seamos monjes o no. Porque saben crear en nosotros ese silencio en el que Dios se deja oír:

"Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto, fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo, Elías cubrió su rostro con el manto…" (1 Re 19, 11-12)

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