El diablo cotiza al alza: cómo el miedo paga las facturas del poder

El mal es real. Pero la figura con cuernos y azufre que se fabricó nunca sirvió para combatirlo: sirvió para administrar el miedo, y con el miedo, la obediencia. La pregunta no es si el diablo existe, sino para qué se inventó. Quizás ha llegado el momento de mirar las cosas de otra manera.

Un gran negocio
Un gran negocio | Ramón Fandos

Un enemigo que hubo que fabricar

Ningún poder se sostiene mucho tiempo sin un enemigo. Si el enemigo no existe, se fabrica. Y si además se consigue que sea invisible, eterno y esté en todas partes, el negocio está hecho: nadie podrá comprobar nunca que no está ahí.

La palabra "Diablo" viene del griego diábolos: el que divide, el que enfrenta, el que calumnia. Y en la Biblia hebrea, ha-satán —el que luego se convertirá en "Satanás"— no es al principio un rival de Dios ni un príncipe del mal. Es un cargo, no un monstruo: el fiscal, el acusador que pide la palabra en el tribunal celeste. Lo vemos en el libro de Job (Job 1,6-12) y en Zacarías (Zac 3,1-2). Un funcionario, no un demonio con cuernos.

¿En qué momento aquel fiscal se transformó en el terror de media humanidad? En el momento en que resultó útil. Porque, seamos claros: el diablo ha rendido servicios enormes al poder. No a la fe. Al poder.

Sirvió para quemar a las llamadas "brujas": casi siempre mujeres pobres, viudas, curanderas, comadronas que sabían demasiado o que estorbaban a alguien con influencia.

Sirvió para arrasar pueblos enteros: bastaba con decir que sus dioses eran demonios para justificar que se les sometiera, se les bautizara a la fuerza o se les exterminara. El diablo fue la coartada perfecta de todas las conquistas.

Y sirvió, sobre todo, para algo más silencioso y más eficaz: para que cada uno de nosotros aprendiera a mirar con recelo su propio deseo, como si el enemigo estuviera agazapado dentro de nuestro cuerpo, esperando.

El gran negocio del miedo

Ese es el golpe maestro. Lo peor que logró el diablo no fue ninguna hoguera. Fue algo mucho más callado: conseguir que el creyente desconfíe de sí mismo.

Y quien desconfía de sí mismo necesita, siempre, a alguien de fuera que le diga que está a salvo. Necesita un intermediario. Necesita que le administren la tranquilidad a plazos: una absolución que caduca, una amenaza que se renueva, una cuota semanal de miedo y de alivio. El miedo es el único producto que genera su propia demanda.

Fijaos en el mecanismo, porque es puro doblepensar: "Dios te ama infinitamente, pero puedes arder para siempre". Las dos frases no pueden ser verdad a la vez. Y sin embargo nos las enseñaron juntas, en la misma catequesis, a los seis años. El diablo es la bisagra que permite sostener esa contradicción: Dios te ama, sí, pero el otro te acecha. Así el terror queda en nómina sin manchar el nombre de Dios. Nadie custodia una puerta mejor que el miedo.

Así, sin darse cuenta, uno se vuelve dócil. Asustado y agradecido. Y sobre ese miedo bien cultivado la jerarquía se perpetúa. No es un efecto secundario: es el mecanismo. Un creyente que se sabe amado no obedece por terror. Un creyente aterrado, sí.

El verdadero demonio está dentro de casa

Y sin embargo, ojo, porque aquí está lo importante: que el diablo del azufre sea un invento no significa que no exista el mal. El mal existe, es real y hace daño. Solo que no está donde nos enseñaron a buscarlo.

Si algo merece hoy el nombre de diabólico —diábolos, recuerda: el que divide, el que rompe, el que calumnia— no habita en ninguna cueva de azufre. Habita en un adulto revestido de sacralidad rompiendo por dentro a un niño que se fió de él. Y en la estructura que, al enterarse, prefirió cambiar de sitio al culpable antes que amparar a la víctima.

Reparad en la paradoja, porque retrata a la institución entera: la Iglesia conserva un rito solemne, con estola morada y fórmulas en latín, para expulsar al demonio de una casa. No tiene ninguno para expulsar a un depredador de una diócesis. Para el enemigo imaginario, un ritual milenario. Para el real ... ya todos lo sabemos.

La Iglesia conserva un rito solemne, con estola morada y fórmulas en latín, para expulsar al demonio de una casa. No tiene ninguno para expulsar a un depredador de una diócesis. Para el enemigo imaginario, un ritual milenario. Para el real ... ya todos lo sabemos.

Ahí está el mal. Con nombre y apellidos. Y con despacho.

Y contra ese mal el agua bendita y las discusiones teológicas no sirven de nada. Sirven los tribunales, la verdad y la reparación. Porque —y no me cansaré de repetirlo— lo sagrado son las personas, nunca las estructuras.

No seáis como ellos
No seáis como ellos | Ramón Fandos

Una fe que no necesita enemigos

La fe verdadera no se sostiene sobre un enemigo invisible. No lo necesita. Jesús no se presentó como el que viene a librarnos de un monstruo cósmico. Se presentó como «la puerta» (Jn 10,9). Y esa puerta no se abre hacia abajo, hacia el pavor, hacia el abismo. Se abre hacia dentro: hacia el silencio, hacia el recogimiento, hacia el momento presente.

Lo dijo con todas las letras el discípulo que más le entendió: «el amor perfecto expulsa el temor» (1 Jn 4,18). No lo administra. No lo dosifica. Lo expulsa. El único exorcismo que aparece en esa frase es el que el amor le hace al miedo. Una institución que necesita el miedo para funcionar está confesando, sin querer, de qué lado está.

Y un detalle más, que nadie suele recordar en las homilías: la única vez que Jesús llamó "Satanás" a alguien a la cara, no fue a un poseso ni a un ángel caído. Fue a Pedro (Mt 16,23). A la piedra. Al primer papa. Se lo llamó en el momento exacto en que Pedro quiso apartarle del camino de la entrega para ofrecerle uno más cómodo. Ahí queda dicho todo: para Jesús, satán no es un monstruo de las profundidades; es cualquiera que, desde dentro y con las mejores intenciones, se interpone entre Dios y el hombre.

Una Iglesia adulta sería la que rinde cuentas de lo que ocurre bajo la sotana con la misma solemnidad con que durante siglos advirtió del maligno. Víctimas escuchadas primero y creídas. Laicos con voz y con voto de verdad. Tribunales donde el que juzga no sea siempre de la casa. Luz donde tantas veces hubo cerrojo.

Lo dijo el propio Jesús. Y no se lo dijo a ningún ángel caído, sino a los hombres más religiosos de su tiempo: «por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de maldad» (Mt 23,28).

El diablo con cuernos nunca existió. Los sepulcros blanqueados, sí. Y siguen abiertos al culto.

fandosrj@gmail.com

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