Fabricar miedo y vender el remedio: El gran negocio del demonio
El mal es real. Pero la figura con cuernos y azufre que se fabricó nunca sirvió para combatirlo: sirvió para administrar el miedo, y con el miedo, la obediencia. La pregunta no es si el diablo existe, sino para qué se inventó.
Vuelve la polémica. La teóloga y biblista Marinella Perroni ha encendido el debate con un artículo en Donne Chiesa Mondo, el suplemento de L’Osservatore Romano. Su tesis es tan simple como demoledora: en el Génesis no aparece ningún diablo. La serpiente es, dice, solo “el animal más astuto” para aquellos nómadas del desierto. Nada más.
Y, como siempre, la reacción es inmediata: razonamientos teológicos, objeciones y críticas de quienes se proclaman guardianes de la “verdadera doctrina”. El mismo guion de siempre: miedo a pensar, miedo a leer el texto sin el filtro del dogma. ....
Quizás ha llegado el momento de mirar las cosas de otra manera.
Un enemigo que hubo que fabricar
Fíjate en la propia palabra. Diablo viene del griego diábolos: «el que divide», «el que enfrenta», «el que calumnia». Y en la Biblia hebrea, ha-satán —el que luego se convertirá en "Satanás"— no es al principio un rival de Dios ni un príncipe del mal. Es un cargo, no un monstruo: el fiscal, el acusador que pide la palabra en el tribunal celeste. Lo ves en el libro de Job y en Zacarías. Un funcionario, no un demonio con cuernos.
¿En qué momento aquel fiscal se transformó en el terror de media humanidad? En el momento en que resultó útil.
Porque, seamos claros: el diablo ha rendido servicios enormes al poder. No a la fe. Al poder.
Sirvió para quemar a las llamadas "brujas": casi siempre mujeres pobres, viudas, curanderas, comadronas que sabían demasiado o que estorbaban a alguien con influencia.
Sirvió también para arrasar pueblos enteros: bastaba con decir que sus dioses eran demonios para justificar que se les sometiera, se les bautizara a la fuerza o se les exterminara. El diablo fue la coartada perfecta de todas las conquistas.
Y sirvió, sobre todo, para algo más silencioso y más eficaz: para que cada uno de nosotros aprendiera a mirar con recelo su propio deseo, como si el enemigo estuviera agazapado dentro de nuestro cuerpo, esperando.
El gran negocio cristiano del miedo
Ese es el golpe maestro. Lo peor que logró el diablo no fue ninguna hoguera. Fue algo mucho más callado: conseguir que el creyente desconfíe de sí mismo.
Y quien desconfía de sí mismo necesita, siempre, a alguien de fuera que le diga que está a salvo. Necesita un intermediario. Necesita que le administren la tranquilidad a plazos.
Así, sin darse cuenta, uno se vuelve dócil. Asustado y agradecido. Y sobre ese miedo bien cultivado la jerarquía se perpetúa en el poder. No es un efecto secundario: es el mecanismo. Un creyente que se sabe amado no obedece por terror. Un creyente aterrado, sí.
El verdadero demonio está dentro de casa
Y sin embargo, ojo, porque aquí está lo importante: que el diablo del azufre sea un invento no significa que no exista el mal. El mal existe, y es real, y hace daño.
Solo que no está donde nos enseñaron a buscarlo.
Si algo merece de verdad hoy el nombre de diabólico —diábolos, recuerda: el que divide, el que rompe, el que calumnia— no habita en ninguna cueva de azufre. Habita en un adulto revestido de sacralidad rompiendo por dentro a un niño que se fió de él. Y en la estructura que, al enterarse, prefirió cambiar de sitio al culpable antes que amparar a la víctima.
Ahí está el mal. Con nombre y apellidos.
Y contra ese mal el agua bendita y las discusiones teológicas no sirven de nada. Solo ofenden al buen gusto. Sirven los tribunales, la verdad y la reparación. Porque —y esto no me cansaré de repetirlo— lo sagrado son las personas, nunca las estructuras.
Una fe que no necesita enemigos
La fe verdadera no se sostiene sobre un enemigo invisible. No lo necesita.
Jesús no se presentó como el que viene a librarnos de un monstruo cósmico. Se presentó como «la puerta» (Jn 10,9). Y esa puerta no se abre hacia abajo, hacia el pavor, hacia el abismo. Se abre hacia dentro: hacia el silencio, hacia el recogimiento, hacia el momento presente.
La vida mística —la de Teresa, la de Juan de la Cruz— no es un oficio de exorcistas ni un privilegio de élites. Es de todos, y es para todos. Y consiste, precisamente, en lo contrario del miedo: consiste en dejar de vivir asustados.
Una Iglesia adulta sería la que rinde cuentas de lo que ocurre bajo la sotana con la misma solemnidad con que durante siglos advirtió del maligno. Víctimas escuchadas primero y creídas. Laicos con voz y con voto de verdad. Tribunales donde el que juzga no sea siempre de la casa. Luz donde tantas veces hubo cerrojo.
Lo dijo el propio Jesús. Y no se lo dijo a ningún ángel caído, sino a los hombres más religiosos de su tiempo: «por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de maldad» (Mt 23,28).
No hace falta buscar cuernos en ningún abismo. Basta con dejar de mirar hacia arriba, hacia el enemigo inventado, y empezar a mirar a la altura de los ojos.
Mirar a los ojos al niño al que había que haber protegido.
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