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La Lectio Divina, en Salmodiando.es: leer detenidamente y dejar que la palabra descienda al corazón.

Salmodiando.es incorpora una sección de lectio divina que guía la lectura orante de la Biblia siguiendo los pasos de la tradición monástica.

Hace quince siglos, los monjes encontraron otra manera de rezar: leer despacio, rumiando cada palabra y dejar que vaya empapando el corazón. Por eso Salmodiando incorpora una sección de lectio divina que acompaña cada día, paso a paso, con el Evangelio correspondiente. Gratuita, sin registro y sin publicidad. Solo necesitas diez minutos para hacer una pausa, respirar y volver a escuchar a Dios en medio del ruido de cada jornada.

Monjes cistercienses
Monjes cistercienses | Ramón Fandos

La Biblia no es cosa de monjes

Hay una excusa que tiene dieciséis siglos. San Juan Crisóstomo preguntó un día a sus fieles quién de ellos podía repetir de memoria un salmo. Nadie. Y uno le respondió lo que hoy seguimos respondiendo: yo no soy monje, tengo mujer, hijos y una casa que sacar adelante. Crisóstomo contestó que ahí estaba el desastre. Quien vive entre preocupaciones necesita la Palabra más que quien vive en un claustro.

Me he encontrado esta escena releyendo un estudio de Bernardo Olivera, monje trapense argentino que llegó a ser abad general de su Orden, sobre la tradición de la lectio divina. Olivera cuenta que aquella lectura orante era un bien de toda la Iglesia y que muy pronto quedó en manos de vírgenes, ascetas y monjes. Lo que era pan de todos acabó guardado en la despensa de unos pocos.

Después la expresión misma se fue apagando. La sustituyeron la "oración mental" por un lado y la "lectura espiritual" por otro, alimentada más de vidas de santos y manuales piadosos que del Evangelio. Hizo falta un concilio para devolver el Libro a las manos de todos (Dei Verbum 25). Pero el Concilio nos devolvió el Libro, no la costumbre. Nos dijeron que leyéramos. Nadie nos enseñó a quedarnos.

Leer por leer

La lectio divina no es estudiar la Biblia. El estudio quiere dominar el texto; la lectio se deja dominar por él. Olivera lo resume en una fórmula que vale por un tratado: en la lectio "se lee por leer y no por haber leído". Sin prisa y sin objetivo, como se escucha a alguien a quien se quiere.

San Cipriano lo explicaba con una simetría que entiende un niño de seis años: cuando rezas, hablas tú; cuando lees, te habla Él. Y san Gregorio Magno le escribía a un médico de la corte, demasiado ocupado para abrir el Libro, que la Escritura es una carta de Dios a su criatura. Nadie deja sin abrir la carta de quien le ama.

En el siglo XII, un cartujo, Guigo II, puso orden en lo que ya se vivía. Cuatro momentos: lectura, meditación, oración, contemplación. Los comparó con el acto de comer. La lectura lleva el alimento a la boca, la meditación lo mastica, la oración le encuentra el gusto y la contemplación es ya el sabor mismo. No hace falta ser teólogo para comer. Tampoco para esto. Jesús no abrió las Escrituras a un cabildo. Se las abrió a dos caminantes desanimados, y les ardió el corazón (Lc 24,27.32).

No hace falta ser teólogo para comer. Tampoco para esto. Jesús no abrió las Escrituras a un cabildo. Se las abrió a dos caminantes desanimados, y les ardió el corazón (Lc 24,27.32).

El problema es empezar

Todo esto se entiende en cinco minutos. Lo difícil viene después, a solas, con el Evangelio abierto y sin saber qué hacer con él. El novicio tiene un maestro que le acompaña. El monje tiene una campana, un horario y hermanos alrededor. El que reza en la cocina de su casa no tiene nada de eso. Lee, cierra el libro y se queda con la sensación de no haber hecho nada.

Por eso hemos añadido a Salmodiando un camino de lectio divina. No explica la lectio. La recorre contigo, paso a paso.

Se abre con el Evangelio del día, o con el pasaje que tú elijas. Primero lo lees despacio. Después la Escritura se explica con la Escritura: aparecen los pasajes que iluminan el que tienes delante. Si una palabra te detiene, puedes ver cuál era en el griego o en el hebrero original. Luego vienen la meditación y la oración, tu respuesta. Y entonces la pantalla calla: tres, cinco o diez minutos de silencio, y una campanilla que te avisa al terminar, para que no tengas que mirar el reloj.

Quedan dos pasos que la tradición nunca separó de los otros. Uno es llevar lo leído a la vida de ese día. El otro es lo que los monjes llamaban collatio: compartir con otros lo que la Palabra ha movido en ti.

Quedan dos pasos que la tradición nunca separó de los otros. Uno es llevar lo leído a la vida de ese día. El otro es lo que los monjes llamaban collatio: compartir con otros lo que la Palabra ha movido en ti.

Olivera aconsejaba a sus novicios anotar qué dice el texto, qué me dice a mí y qué le digo yo a Dios. La aplicación tiene para eso un cuaderno. Puedes escribirlo, dictarlo o grabarlo con tu voz. Se guarda en tu dispositivo, no en nuestros servidores. Lo que pasa entre Dios y tú es tuyo.

Ningún paso es obligatorio. Los grados de Guigo, dice Olivera, se parecen menos a los peldaños de una escalera que a los ingredientes de una buena dieta. Cada día pedirá los suyos.

Los monasterios han custodiado este tesoro durante siglos y hay que agradecérselo. Pero custodiar no es poseer. Está abierto, es gratuito y cabe en el rato que tengas hoy: salmodiando.es/lectio

fandosrj@gmail.com

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