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La mente plástica de San Pablo: cuando el fariseo condicionó el mensaje de Jesús

La tensión irresuelta entre la Ley y la Gracia en las cartas del Apóstol explica la contradictoria imagen de un Dios que ama y castiga que nos ha transmitido la Iglesia. Dos verdades incompatibles que tanto nos han desviado, y nos siguen desviando, del verdadero amor de Dios: "Dios te ama, pero puedes ir al infierno".

San Pablo: el legalista que soñó con dejar de serlo | Ramón Fandos

Nuestra mente es plástica. Cuanto más repetimos una idea, un rito o una norma, más espacio ocupa en nuestro cerebro y más influye en nuestra manera de pensar y actuar. San Pablo de Tarso llevaba grabada a fuego la Ley de Moisés, esa misma Ley que Jesús vino a abolir. Y aunque su conversión en el camino de Damasco fue real, no fue un «borrón y cuenta nueva», como toda conversión que afecta a un ser humano. Su predicación de la Buena Nueva se vio condicionada inconscientemente por el peso de sus creencias legalistas veterotestamentarias. El resultado ha sido una teología ambivalente en la que, si no se lee con cuidado, se defiende aquello que Jesús vino a desmontar.

Pablo nunca dejó de ser judío. En Filipenses 3,5-6 se presenta con orgullo: «Circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia». Ese trasfondo no desapareció mágicamente tras su encuentro con el Resucitado. Por el contrario, la plasticidad de su mente hacía que las viejas rutinas neuronales —la centralidad de la Ley, el temor a la transgresión, el esquema premio-castigo— compitieran constantemente con la revelación revolucionaria de Jesús: un Dios de amor incondicional que excluye cualquier mediación legalista.

El propio Pablo confiesa esta lucha interior en Romanos 7,15-16: «Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena». Aquí vuelve a aparecer el eco de su conflicto entre la gracia y la Ley.

Jesús fue claro. No vino a reforzar el sistema de méritos y castigos, sino a revelar un Padre que «hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos» (Mateo 5,45). Derribó los muros de la pureza ritual, tocó a leprosos, perdonó pecados sin exigir sacrificios y declaró: «El día de reposo fue hecho para el hombre, y no el hombre para el día de reposo» (Marcos 2,27). Pablo entendió esto perfectamente. En Gálatas 3,13 escribe: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición». Y en Romanos 10,4 afirma: «Porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree».

Hasta ahí, todo coherente. Pero el problema aparece cuando el viejo fariseo se cuela en la pluma del apóstol. A pesar de sus proclamas liberadoras, Pablo vuelve a meter la Ley por la ventana. En Romanos 3,31 pregunta: «¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera; antes bien, confirmamos la ley». ¿Confirmar lo que Jesús vino a abolir? En Romanos 7,12 insiste: «La ley es santa, y el mandamiento es santo, justo y bueno». Y en 1 Corintios 7,19 declara: «La circuncisión no es nada, y la incircuncisión no es nada, sino el guardar los mandamientos de Dios».

El problema aparece cuando el viejo fariseo se cuela en la pluma del apóstol. A pesar de sus proclamas liberadoras, Pablo vuelve a meter la Ley por la ventana.

Esta ambivalencia no es casual. Es el resultado de su mente plástica, educada durante décadas en el culto a la Ley, tratando de integrar una novedad que no encajaba del todo en sus esquemas. La conversión no borró su pasado; lo reconfiguró a medias.

La consecuencia teológica más grave de esta tensión paulina es la famosa «doble afirmación contradictoria» que ha atormentado al cristianismo: Dios te ama incondicionalmente, pero puede castigarte eternamente. Dos ideas incompatibles presentadas como verdades simultáneas. Pablo escribe en Romanos 8,38-39 que nada puede separarnos del amor de Dios. Pero también escribe en Romanos 2,5-6: «Por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras ira para el día de la ira ... Dios pagará a cada uno según sus obras». ¿Gracia o merecimiento? ¿Amor incondicional o retribución? Pablo oscila porque su mente oscila entre el Jesús de la Gracia y el fariseo de la Ley.

Si no sabemos leer bien a Pablo, caeremos —como de hecho ha caído gran parte de la tradición cristiana— en aquello que Jesús vino a abolir. La Iglesia ha utilizado las epístolas paulinas para justificar el infierno, la condena de los pecadores, la necesidad de sacrificios expiatorios y una visión de Dios más cercana al juez implacable que al Padre que abre los brazos en la parábola del hijo pródigo.

Pablo fue un gigante de la fe, pero un gigante con los pies de barro de su propia historia. Su mente plástica le permitió cambiar, pero no le permitió borrar el surco profundo que la Ley había dejado en él. Por eso, al leer sus cartas, hemos de saber discernir: cuándo habla el Pablo iluminado por Jesús y cuándo habla, sin saberlo, el fariseo Saulo. Solo así evitaremos convertir el Evangelio en una nueva Ley y podremos creer coherentemente en un Dios que es todo amor, sin dobles mensajes contradictorios.

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