“No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí”
“Jesús dijo a sus discípulos:… En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones… Ahora voy a prepararles un lugar…. Volveré y los llevaré conmigo… y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy…Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino? Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí”.”
“Le dijo Felipe: Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta… Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes y todavía no me conoces. Quien me ve a mí, ve al Padre”.
Este diálogo de Jesús con sus discípulos nos expresa claramente, que es indispensable conocer a Jesús y sus enseñanzas, y con nuestra conducta dar testimonio de esas enseñanzas, que escuchamos a través de los Evangelios. Así seremos buenos discípulos y llegaremos al cielo, donde tendremos una habitación preparada en la Casa de Dios Padre.
Esa es nuestra fe. En eso creemos: en Jesucristo y en lo que Él nos ha mostrado.
El apóstol San Pedro, en la segunda lectura que hemos escuchado, afirma que todo discípulo de Cristo, todo el que es bautizado ejerce el Sacerdocio común; es decir, ofrece su vida y sus buenas acciones y Dios las acepta. Y así nos inunda la alegría de ser discípulos de Jesucristo.
“Hermanos, acérquense al Señor Jesús, la piedra viva rechazada por los hombres, pero escogida y preciosa a los ojos de Dios. Porque ustedes, fíjense bien lo que dice Pedro, dicho hoy para todos nosotros: ustedes también son piedras vivas que van entrando en la edificación del templo espiritual para formar un sacerdocio santo destinado a ofrecer sacrificios espirituales… por medio de Jesucristo”.
Dichosos, pues, ustedes los que han creído. ¿Por qué están aquí? Porque han creído en Jesucristo, porque tenemos esta fe. Por eso somos piedras vivas, nos dice San Pedro, y ejercemos por el bautismo el sacerdocio común, que nos ha convertido en hijos de Dios, no solamente somos hijos de papá y mamá aquí en la tierra, sino que somos hijos de Dios y, por tanto, herederos.
¿Qué hacen aquí en la tierra papás y mamás? Dejan herencia a los hijos. Dios, también Padre, envió a Jesucristo para participarnos de esa fraternidad y tengamos esa herencia en el cielo.
Por eso, la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos relata cómo surge desde el inicio de la Iglesia, en la Iglesia primitiva, tanto el Diaconado para el servicio de la Caridad, como el Presbiterado para el ministerio de la palabra.
Así dice el libro de los Hechos de los Apóstoles: “En aquellos días, como aumentaba mucho el número de los discípulos,… los Doce convocaron a la multitud de los discípulos y les dijeron: No es justo que dejando el ministerio de la palabra de Dios nos dediquemos a administrar los bienes… Todos estuvieron de acuerdo y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo; a Felipe; a Prócoro; Nicanor; Timón; Pármenas y Nicolás. Se los presentaron a los apóstoles, y estos, después de haber orado, les impusieron las manos”.
Por tanto, en estas lecturas de hoy descubrimos ese doble carácter del sacerdocio de Cristo: el sacerdocio común, que recibimos por el bautismo y que, por tanto, nos compromete a ser fieles a las enseñanzas de Jesús: Camino, Verdad y Vida; y el sacerdocio ministerial, que es el que ejercemos diáconos, presbíteros y obispos en beneficio y servicio de todos ustedes en el ministerio sacerdotal.
Pidamos a nuestra Madre María de Guadalupe que todos los bautizados seamos fieles a Jesús y ejerzamos así el sacerdocio común. Y pidamos también por nosotros, diáconos, presbíteros y obispos, para que ejerzamos bien el sacerdocio ministerial.
Nos ponemos de pie y ante ella le abrimos nuestro corazón y nuestra petición:
Madre nuestra María de Guadalupe, al llegar a este quinto domingo de Pascua, te pedimos que nos ayudes para agradecer de corazón a Dios Padre el sacerdocio común que nos ha concedido, para que todo bautizado ofrezca su vida y sus buenas acciones, y asistidos por el Espíritu Santo demos testimonio del amor de Dios, nuestro Padre.
Danos el ánimo para conocer a tu Hijo Jesús y seamos buenos discípulos suyos, leyendo y meditando los Evangelios, siendo constantes en la participación de la Eucaristía y obedientes a sus enseñanzas.
Que logremos ser misericordiosos para generar en nuestros ambientes una creciente fraternidad solidaria con nuestros prójimos, propiciando el surgimiento de vocaciones para el ministerio sacerdotal y para la vida consagrada.
Invocamos tu auxilio por todas las familias cristianas para que sean una Iglesia doméstica, donde la ayuda fraterna y solidaria sea constante, propiciando con nuestra conducta la reconciliación y la paz social.
Todos los fieles aquí presentes este domingo nos encomendamos a ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza.
¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María de Guadalupe! Amén.