"Hacia la Pascua"
Hoy celebramos el Domingo de Ramos y lo hacemos con alegría y esperanza, porque sabemos que Jesús nos salva. A la luz del Evangelio, podemos reflexionar sobre dos pilares de la vida cristiana: la Eucaristía y la oración
Hoy celebramos el Domingo de Ramos y lo hacemos con alegría y esperanza, porque sabemos que Jesús nos salva. Él es el buen pastor que da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,11). A la luz del Evangelio de este Domingo de Ramos, que recoge el relato de la Pasión de Jesucristo, podemos reflexionar sobre dos pilares de la vida cristiana: la Eucaristía y la oración.
En primer lugar, la Eucaristía, que nos alimenta, sostiene nuestra fe y nos santifica. En cada Eucaristía escuchamos las palabras que nos invitan a hacer una pausa para alimentarnos de Él. Es Jesús quien nos habla: «Tomad, comed: esto es mi cuerpo» (Mt 26,26). Recibimos el cuerpo de Cristo con gratitud e ilusión. Jesús, antes de su pasión, nos dejó este tesoro. Cuando comulgamos, entramos en comunión con su vida, muerte y resurrección. La Eucaristía es un sacramento que nos hace participar de la entrega que Jesús hace de su vida en la Cruz. Es un memorial eficaz que no solo recuerda, sino que hace fructificar diariamente los méritos de la Pasión. En cada Eucaristía se hace presente el sacrificio de Cristo en la Cruz.
Ciertamente, Jesús se hace presente en el pan y en el vino para recordarnos que no estamos solos y que Él quiere habitar en nosotros. Él está siempre con nosotros, nos da su amor y nos llena con su fuerza. “La Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana” (Lumen gentium, 11). Ir a misa, ser fieles al encuentro con Jesús, nos ayuda a estar en comunión con Dios y con los hermanos. Cuando pisamos la casa del Señor siempre encontramos paz. Así cantamos con gozo: «¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor!».
En segundo lugar, la oración, que es tan necesaria como el aire que respiramos. Jesús nos pide, como lo hizo con los discípulos en Getsemaní, que estemos despiertos y atentos para estar con Él, para orar. Orar no es que Dios haga nuestra voluntad, sino unir nuestra voluntad a la suya. A veces nos cuesta, pero no debemos desfallecer. Jesús nos lo pide. Sepamos dar gracias a Dios cada día. Pidamos perdón al Señor y fuerza para amarlo a Él y a los hermanos. Como expresó santa Teresa de Lisieux, «la oración es un impulso del corazón, una simple mirada lanzada hacia el cielo, un grito de gratitud y de amor, tanto en el sufrimiento como en la alegría».
En este último domingo de Cuaresma, escuchamos con atención y devoción el relato de la Pasión de Cristo. Jesús sufre y lo hace de diferentes maneras: sufre el abandono de la mayoría de sus discípulos y sufre una detención y un juicio oscuros que terminan con una condena injusta; sufre las burlas, los insultos, las bofetadas, la durísima tortura, el peso de la cruz, la corona de espinas, los clavos, la desnudez… Y sufre hasta que muere en la Cruz, pero con la promesa previa de que resucitará. En esta semana de Pasión, acompañemos a Jesús en los momentos más difíciles y dolorosos de su vida terrena. Que esta experiencia abra nuestros corazones para acompañar a quienes sufren en las dificultades y en las adversidades.
Queridos hermanos y hermanas, tomemos fuerzas en la Eucaristía para amar mejor a Dios y a los demás. No dejemos de orar con fe para mantenernos firmes. Y pongamos nuestra esperanza en la resurrección de Cristo. Dios siempre nos acompaña, tanto en la alegría como en el dolor. Su amor es infinito. Él nos ama con un amor eterno.