Anabel, bienaventuranza escondida y resucitada
Extraído de "Sinfonía divina, acordes encarnados" Edit. PPC
DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO
Mateo 5,1-12a
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:
–Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
Cánones de felicidad
Hoy sentimos un grito de esperanza en el proceso de regularización de migrantes en España. Una enseñanza viva y luminosa nos llega desde el Padre, que ha entendido la dicha como la verdad del don y la generosidad. Cómo entender la realidad como regalo y sentir con cada brizna de vida la gratuidad de lo que no tiene precio frente a una cultura de puro bienestar y de eficacia. Ahí está el reto del Evangelio que creemos, el único que puede hacernos bienaventurados.
Anabel, un trozo de bienaventuranza escondida
Recientemente hacía lectura creyente de un hecho vivido en la Vigilia Pascual y la revelación del Resucitado en una estampa de amor y de verdad. La imagen de Anabel y su familia, que se convierte en lección y referencia de sentido de vida para este pequeño pueblo de Guadajira al que acompaño en la diócesis de Badajoz. Creo que esta oración personal puede ayudarnos a entender y responder al juicio desafortunado de un obispo español, ya emérito, acerca de las personas con discapacidad física o mental, por el cual ya ha pedido perdón. Doy gracias a Dios por sentir lo que siento y también por la delegación diocesana que ha comenzado su andadura en nuestro pueblo atendiendo a los fieles que padecen alguna «discapacidad». Hago también homenaje al movimiento de Acción Católica Frater, que tanto sabe de amor y de gloria. Os relato la dicha de un encuentro:
Celebramos la Vigilia Pascual en el pequeño pueblo de Guadajira. Una comunidad muy sencilla, pero dispuesta a sentir y vivir esa celebración de la luz, la palabra, el agua y el pan de vida. Seguimos el proceso marcado por la liturgia, abriéndonos a cada parte con un corazón nuevo, los niños y jóvenes, los matrimonios y el grupo más amplio de mayores. Veníamos caldeados por las celebraciones de la última cena y de la cruz, jueves y viernes. Terminamos con un pequeño ágape de dulces y hasta una copita de champán y anís. Pero alguien me había comunicado vía online que en este pueblo iba a conocer a un ángel de ternura y amor, un regalo de Dios. Y fue esta noche cuando me encontré con ella de un modo especial, descubrí la ternura de la resurrección en la alegría tímida y cariñosa de Anabel.
Había estado en una procesión y me acerqué a saludarle junto a sus padres. Hablamos, ella, vergonzosa, ocultaba su rostro entre los brazos y gemía con sonidos de sorpresa y humildad; la conversación fue más con sus padres. Me hablaron de su amistad con el sacerdote Feliciano. Pero solo fue un momento durante la procesión del viernes. Durante la Vigilia yo notaba que al fondo, tras las imágenes, se movía alguien y emitía algún sonido, pero no veía quién era. Al terminar la celebración descubrí que era Anabel con su padre, su abuela sí había estado delante con los celebrantes. El papá se quedó atrás con ella para que estuviéramos más tranquilos, y desde allí siguieron todos los pasos y cantos; tengo que decir que, si me hubiera dado cuenta antes, la habría puesto en la presidencia. Durante el momento de fiesta ya hablamos más. Ella canta «Eso que tú me das es mucho más de lo que te pido». Es entrañable, cariñosa, dulce, alegre, inteligente y le encanta que la quieran y querer. A partir de ahí ya tenemos los números para vivir nuestra amistad.
Yo quedé tocado por su presencia y su sacramento de vida y alegría en la mayor debilidad, abrazada por la fuerza y el amor de sus padres y familiares. La descubrí como una joya de Dios para este pueblo, un tesoro de referencia para vivir con sentido. Me interpela acerca de dónde pongo yo la fuerza de la vida y del éxito y dónde la pone ella, me pregunto quién está más cerca de Dios y del Jesús crucificado que ha resucitado. Me callo y oro en mi interior abriéndome a esta gracia, y deseo enriquecerme en esa relación de amor que Dios me propone en esta joven de luz y de timidez envuelta en la mayor sencillez de lo humano. Dichosa ella porque heredará la tierra y será llamada hija de Dios.
Me rindo ante la dulzura y bienaventuranza de sus padres y cómo la envuelven en pañales de ternura y seguridad confiada. Anabel los ha hecho únicos como padres. Ojalá yo sepa ser único para ella, por su riqueza de gracia y de luz. Ella es un trozo de pan resucitado, de Jesús glorioso, aquí en la tierra y en el pueblo, un regalo que Dios me tenía guardado en esta parroquia de Guadajira. Ojalá yo sepa mostrarla como una señal del Resucitado.
«Bienaventurados: alegraos y regocijaos»
Hay quien sostiene que la verdadera felicidad no es sino la vida misma cuando está siendo vivida con acierto y plenitud. La interpretación de la plenitud y el acierto varía culturalmente y siempre existe la tentación de igualarla al éxito medido con criterios muy terrenos. En dicha tensión es muy difícil llegar a la felicidad interior y mantenerse en ella. El precio de lo eficaz, del éxito, es de una competitividad y de una insatisfacción que incapacita para ser feliz en lo sencillo y en lo profundo. Tal dinámica hace que los propios hermanos e hijos puedan considerarse lobos y peligrosos. La propuesta y promesa del evangelio para la dicha y la bienaventuranza va por otros derroteros y caminos, tocados de contradicción, pero de verdadera sabiduría y alegría. Se trata del camino de santidad propuesto por nuestro Padre Dios, que sabe dar cosas buenas a los hijos, y lo ha mostrado en la vida y obras de su Hijo amado Jesús. Se ofrece en total libertad, «si quieres», es una elección con riesgo, pero esperanzada: elegir a Dios una y otra vez.
Se trata de la opción por vivir a fondo, desde las entrañas de lo bueno, dejando que el corazón tenga razones que incluso la razón no va a entender, pero que las mueve la conciencia de que hemos sido amados por la humanidad pobre, mansa, compasiva, misericordiosa, pacífica, ansiosa y hambrienta de justicia, y entregada hasta la muerte, para poder dar la plenitud de la vida. La humanidad de Jesús de Nazaret, un hombre que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal. Ahí está la verdadera santidad, la auténtica alegría, el camino de la felicidad plena y eterna. Santidad que está en la «puerta de al lado» y, a buen seguro, en «nuestra propia casa». Se nos invita a vivir en unión con Cristo los misterios de su vida, buscando ser cada uno de nosotros el mensaje de Jesús que Dios quiere decir con mi vida a los que me rodean.
El camino para esta felicidad regalada no es otro que la propia realidad de lo que somos y vivimos, no hay atajos ni misterios ocultos en manos de fuerzas poderosas, es por lo humano, por las tareas de cada día con respecto a mi propia persona, mi familia, trabajo, ciudadanía, sociedad, en la naturaleza, en la salud y en la enfermedad, en la fortaleza y en la debilidad, en el éxito y en el fracaso… No hay lugar, situación, relación o vivencia en la que no se ofrezca el camino de la vida verdadera. Se trata de entrar en todo con los ojos del corazón que contempla, siente, juzga amorosamente y actúa no con la pretensión de ganar, sino de servir y amar, de salvar y querer.
Acordes encarnados:
14. ANABEL, UN TROZO DE PAZ | A. Calvo & P. Monty
Anabel, un trozo de pan
Bendita en la tierra heredada,
con los ojos del cielo en la piel
y el corazón en llamarada.
¡Bienaventurada, flor del amanecer,
hija del Dios que no cesa de nacer!