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Encuentros con el resucitado

Reconocer al Señor en el encuentro con los hermanos es la tarea de la Iglesia especialmente en tiempos de tempestad... o de pateras como es nuestro momento.

Encuentro en la tempestad

Los encuentros con Cristo en la dificultad se convierten en la revelación de un amor que no es desde la seguridad y el éxito, sino desde la donación y la vida. Los mismos discípulos no pueden reconocer al Señor en la dificultad y el miedo, pero él se presenta con signos que sobrepasan la lógica contable, se desborda en signos que nos elevan y nos ayudan a creer y a confesarlo vivo entre nosotros.

Jesus Hurtado, desde la comunidad parroquial de san Fernando en Málaga nos ayuda a acercarnos a la verdad del encuentro con Cristo en las realidades propias de la vida dentro de la comunidad, con la vida de los hermanos.

Parroquia

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO

En aquel tiempo, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.

Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida:

–¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

Pedro le contestó:

–Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua.

Él le dijo:

–Ven.

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:

–Señor, sálvame.

Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

–¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?

En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:

–Realmente eres Hijo de Dios. Mateo 14,22-33

Encuentros de vida y luz  (Parroquia de san Fernando Málaga)

La parroquia de San Fernando acompañada por su sacerdote Jesús Hurtado está muy vinculada a las experiencias y la espiritualidad de los encuentros, lo hacen desde las experiencias de Emaús. Le pido a su pastor que nos ayude a entrar en este misterio del encuentro desde su vivencia en la comunidad parroquial. El nos relata su vivencia del misterio del encuentro en el seno de la parroquia:

¿No ardía nuestro corazón? En tiempo de Pascua, la presencia del resucitado abrasa en llamas de amor el corazón de cuantos se encuentran con Él. Signo de la presencia de Cristo en mi comunidad parroquial es precisamente el corazón inflamado de amor de los que intentamos

vivir como familia de fe. En esta familia encuentro ecos de resurrección que me hablan de Cristo vivo, y que hacen de la parroquia un hogar habitado por el Resucitado.

Encuentro ecos de resurrección en el corazón ilusionado de parejas que, después de un tiempo, deciden dar el paso y recibir el sacramento del matrimonio. Inma y Nono, o Carmen y Dami después de unos años de novios, Javi y Silvia, o Antonio y Davinia tras vivir años casados civilmente e incluso con hijos ya criados. Encontraron en la comunidad la fe que necesitaban para dar el paso.

Hay ecos de resurrección en la cara de Javier, uno de los cientos de niños de catequesis, cuando su papás paran el coche delante de la parroquia y, por la ventanilla, vocea tu nombre con la ilusión de que lo saludes. O cuando encuentras a padres como Mati y Javier, que han redescubierto la fe acompañando el proceso de catequesis de su hija, y te regalan palabras emocionadas al llegar el día de su confirmación.

Suenan ecos de resurrección en aquellos que abren su corazón en el sacramento de la reconciliación, y son capaces de verbalizar lo que llevaban tantos años guardando con vergüenza y dolor. También en Enrique, un anciano de noventa y tantos que, ante la imposibilidad de renovar su alquiler, viene a despedirse porque emigrará para vivir con su hijo en América; y al decirte que lo echaremos de menos, se le saltan las lágrimas emocionado y responde: y yo más. El cariño que nos tenemos no tiene fronteras.

Cuando me paro a escuchar, descubro ecos de resurrección en Loles, que ve con naturalidad pedirme una escoba para mantener limpia la puerta de la parroquia donde al final de la misa pide un poco de caridad cada domingo. O en Jhonatan e Imorel, que comparten agradecidos y emocionados en una misa su experiencia de migración y acogida entre nosotros.

Incluso encuentro ecos de resurrección en lugares de sombras y muerte, como en la sala de reanimación del hospital, donde Mari Ángeles, con una sonrisa en medio del dolor, me cuenta que hace ya casi cincuenta años su mirada enamoró a Arcangelo, al que le quedan ahora pocas horas de vida. También en la esperanza de la nueva vida que se abre paso en el vientre de Carmen, que con dolor y esperanza tuvo que despedir hace poco tiempo a su pequeño Pepe, de apenas tres años.

Estos ecos de resurrección son los que me sostienen en el ministerio, los que me hablan de la presencia del Resucitado que camina a mi lado sin que me dé cuenta. Porque a veces soy como los de Emaús: torpe y necio para entender. Pero cada vez que parto el pan en la Eucaristía, cada vez que veo los rostros de mis feligreses entre los dos cachitos que muestro antes de la comunión, soy testigo de que Cristo sigue haciéndose el encontradizo en cada vida, en cada circunstancia. La clave está en ir más allá de lo aparente para descubrir al Dios vivo oculto tras la mirada del prójimo.

Las señales del encuentro con el resucitado

Cuando en la paz y el silencio de Dios vamos acogiendo la vida y sus días son tantos los datos, hechos, vivencias y encuentros personales que nos hablan del reino, del Dios que se revela en la sencillez de la historia, incluso en los crucificados que no pierden la esperanza, que basta estar con los ojos de la contemplación para ser desbordado por un Dios que se nos da a trozos para que no nos falte ni su presencia la fuerza de su espíritu resucitado, incluso en espacios de dolor y de muerte.

Pero, además, no son ni uno ni dos, los que al día de hoy se forman y quieren comprometerse y vivir con autonomía y verdadero protagonismo en la Iglesia y en el mundo. Son muchos los que nos rodean que caminan día a día en el deseo de hacer una iglesia sencilla y auténtica en medio del mundo que esté a la medida de las demandas profundas que nos llegan del corazón de lo humano.

Es verdad que esto lo vivimos en vasijas de barro, en debilidad interna y externa, en condiciones de ambigüedad, pero no deja de ser un misterio esperanzador que nos motiva a la alegría de un anuncio del Evangelio que transforma y transmite la buena noticia. entre nosotros.

Como creyentes estamos invitados al atardecer de cada jornada, como los discípulos de Emaús, a sentarnos en la mesa e invitar a Jesús, con su evangelio, para amasar el pan de cada día con la luz de su Palabra y poder entender cómo somos abrazados e interpelados desde el amor en los hechos vividos, en las personas encontradas, en lo celebrado y en lo silenciado.

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