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## Una reflexión ante la visita de León XIV a España

La próxima visita del Papa León XIV a España coincide con un momento especialmente significativo para nuestra sociedad. No solo por la relevancia institucional y espiritual que supone la presencia del Sucesor de Pedro, sino también por el mensaje que acompaña su reciente encíclica, Magnificas Humanitas, una invitación a redescubrir la grandeza de la persona humana en un mundo que parece haber olvidado su verdadero valor.

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Formar conciencias para recuperar la humanidad

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Vivimos en una época extraordinaria. Nunca habíamos tenido tanta capacidad para producir riqueza, procesar información, desarrollar tecnología y optimizar recursos. Sin embargo, en medio de estos avances surge una pregunta que resulta tan incómoda como necesaria:

*¿Seguimos comprendiendo qué significa ser humano? *

La cultura contemporánea parece empujarnos constantemente a elegir entre bandos. La política divide entre izquierdas y derechas. La economía entre ganadores y perdedores. Las redes sociales entre quienes piensan como nosotros y quienes deben ser ignorados. Incluso algunas instituciones pueden caer en la tentación de priorizar la adhesión a una narrativa antes que la formación de una conciencia crítica. Se nos pide continuamente que elijamos quién tiene razón. Pero pocas veces se nos invita a preguntarnos qué es la verdad.

Nos hemos acostumbrado a seleccionar aquello que confirma nuestras ideas y a rechazar aquello que nos incomoda. Construimos espacios de pensamiento donde apenas existe la contradicción y donde la realidad queda reducida a aquello que resulta compatible con nuestros intereses. Esta actitud no nace únicamente de la manipulación externa. También surge de una tendencia profundamente arraigada en nuestra cultura: la búsqueda permanente de la comodidad: Mientras mi situación sea estable. Mientras mis problemas estén resueltos. Mientras nada altere mi bienestar.

Lo que ocurre al otro parece dejar de importarme. Es la lógica silenciosa del: *"Si yo estoy bien, ¿qué más da?"* Un hedonismo cotidiano que no siempre busca el placer desmedido, sino la tranquilidad de no tener que cuestionar nuestras propias certezas. Sin embargo, cuando dejamos de pensar más allá de nuestra propia comodidad, dejamos también de crecer como personas y como sociedad.

Y es precisamente aquí donde la reflexión propuesta por Magnificas Humanitas adquiere una enorme relevancia. Durante décadas hemos aprendido a medir casi todo. Medimos productividad, rendimiento, beneficios, audiencias, índices de consumo y estadísticas de comportamiento. Pero cuanto más perfeccionamos nuestros sistemas de medición, más corremos el riesgo de olvidar aquello que no puede cuantificarse:La dignidad humana.

La economía corre el riesgo de ver trabajadores donde debería ver personas. La política corre el riesgo de ver votantes donde debería ver ciudadanos. La tecnología corre el riesgo de ver datos donde debería ver historias humanas.

Y la sociedad en general corre el riesgo de ver números donde debería reconocer rostros.

Esta preocupación no es nueva. Cuando León XIII publicó Rerum Novarum en 1891, denunció las consecuencias de un sistema que subordinaba la dignidad humana a los intereses económicos. Su mensaje fue revolucionario: ninguna organización social puede considerarse justa cuando trata a las personas como simples instrumentos de producción. Décadas más tarde, San Juan Pablo II recordaría que: "El hombre es el camino de la Iglesia." Y Benedicto XVI insistiría en que:

"La economía necesita de la ética para su correcto funcionamiento."

oy, más de un siglo después de Rerum Novarum, León XIV parece recoger ese mismo hilo conductor y actualizarlo para los desafíos de nuestro tiempo. Porque el ser humano vale más que aquello que produce. Vale más que su salario. Vale más que su capacidad de consumo. Vale más que sus resultados académicos. Vale más que su utilidad para el mercado. Vale más que cualquier algoritmo capaz de describirlo. La dignidad humana no se conquista, no se compra y no se calcula. Es inherente a cada persona. Existe además una prueba decisiva para medir la autenticidad de nuestro compromiso con esa dignidad: la forma en que tratamos a quienes aparentemente no tienen nada que ofrecernos a cambio.

Una sociedad demuestra sus verdaderos valores cuando mira al anciano más allá de su edad, al desempleado más allá de su situación laboral, a la persona con discapacidad más allá de sus limitaciones, y al migrante más allá de su condición administrativa. Mientras una cultura valore a las personas únicamente por lo que producen, consumen o aportan económicamente, seguirá existiendo el riesgo de convertir seres humanos en simples instrumentos del sistema. Por el contrario, cuando reconocemos que cada persona posee una dignidad inherente e inalienable, comprendemos que su valor no depende de su productividad ni de su utilidad, sino de su propia condición humana. Quizá por eso la cuestión migratoria se ha convertido en uno de los grandes desafíos morales de nuestro tiempo. No porque se trate únicamente de gestionar fronteras o recursos, sino porque nos obliga a responder una pregunta mucho más profunda:

*¿Somos capaces de reconocer la dignidad de una persona incluso cuando no pertenece a nuestro entorno, a nuestra cultura o a nuestros intereses inmediatos? *

La respuesta a esa pregunta revelará mucho más sobre nuestra humanidad que cualquier indicador económico o estadístico. La visita de León XIV a España puede convertirse, por tanto, en algo más que un acontecimiento religioso. Puede ser una oportunidad para abrir un diálogo profundo sobre el modelo de sociedad que estamos construyendo y sobre el lugar que ocupa la persona humana dentro de ella. Porque la verdadera crisis de nuestro tiempo quizá no sea económica. Quizá no sea tecnológica. Quizá ni siquiera sea política. Quizá sea, ante todo, una crisis antropológica. Hemos aprendido a calcular el valor de las cosas.

Pero estamos olvidando cómo reconocer el valor de las personas. Por eso necesitamos recuperar una libertad que no consista únicamente en elegir entre opciones previamente diseñadas por otros, sino en desarrollar una conciencia libremente consciente, capaz de discernir, dialogar y buscar la verdad con honestidad. La grandeza de una nación no se mide únicamente por su producto interior bruto, ni por sus índices de productividad, ni por su capacidad tecnológica. Se mide por la dignidad con la que trata a cada ser humano. Especialmente a aquel que menos puede devolverle algo a cambio.

Quizá ese sea el mensaje más profundo que León XIV trae hoy a España: *volver a poner a la persona en el centro. * No como consumidor. No como votante. No como trabajador. No como estadística. Sino como ser humano. Porque cuando la conciencia sustituye al fanatismo, cuando la dignidad prevalece sobre la utilidad y cuando el encuentro vence a la indiferencia, comenzamos a construir una sociedad verdaderamente humana.

*"La civilización no avanza cuando multiplica sus medios, sino cuando redescubre el valor infinito de cada persona."*

Erasmo Tórrez (OFS)

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