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La Cruz de Boyacá, la cruz de Jesús y el padre Javier

Esta mañana, despertamos con la noticia de la muerte del padre Javier Giraldo Moreno, S.J

En esta nota, quiero solo dejar una huella del dolor, gratitud y esperanza de tantas víctimas a las que él acompañó y de todos los que trabajamos por la paz y tenemos hambre de justicia... Hay un detalle que traigo a colación en este día de su resurrección: Javier tuvo la clarividencia, tan difícil en estos tiempos del cristianismo de Estado en el que nos estamos hundiendo alelados y que oscurece el evangelio, de reconocer la cruz de Jesús y no confundirla con ningún sucedáneo de esos que ofrecen los poderosos de la política, de las armas, del mercado; esto se evidenció cuando, según dijo el entonces presidente que se la ofreció, rechazó la Cruz de Boyacá, la máxima condecoración que da la patria.

Javier Giraldo Moreno, Corporación Jurídica Libertad

Esta mañana, despertamos con la noticia de la muerte del padre Javier Giraldo Moreno, S.J.; tanto se dirá de él en estos días de duelo y su memoria acompañará nuestras luchas; aquí, en esta nota, quiero solo dejar una huella del dolor, gratitud y esperanza de tantas víctimas a las que él acompañó y de todos los que trabajamos por la paz y tenemos hambre de justicia.

Hay un detalle que traigo a colación en este día de su resurrección: Javier tuvo la clarividencia, tan difícil en estos tiempos del cristianismo de Estado en el que nos estamos hundiendo alelados y que oscurece el evangelio, de reconocer la cruz de Jesús y no confundirla con ningún sucedáneo de esos que ofrecen los poderosos de la política, de las armas, del mercado; esto se evidenció cuando, según dijo el entonces presidente que se la ofreció, rechazó la Cruz de Boyacá, la máxima condecoración que da la patria, creada por el mismo Simón Bolívar, y que tanto engolosina a los que la reciben y ambicionan, incluidos clérigos y religiosos; Javier, iconoclasta del Estado sacralizado, nunca quiso esa cruz con mayúscula, quiso la que se escribe con minúscula, la del nazareno, la del que fue contado entre criminales, la de los que mueren fuera de los muros de la ciudad, la de los que sufren, la de las víctimas.

Foto de Jesús Abad Colorado

Sí, él rechazó la Cruz de Boyacá que premia los méritos de servicio a la patria; la misma patria, que con esta misma cruz u otras de sus insignias, ha llegado a condecorar a los victimarios de los más pobres, a los militares que cifran su triunfo en muertos, a los religiosos que sofocan la profecía y halagan los oídos del poder con sus prédicas, a los funcionarios que atornillan el olvido y la impunidad; a los que se adueñan de las tierras y pasan por grandes emprendedores, a los negacionistas que, para defender privilegios y el  statu quo, ignoran los desplazados, los reclutados a la fuerza, los falsos positivos, los secuestrados; los que borran y obstruyen la búsqueda de las madres de Soacha y de las mujeres de la Escombrera. Javier declinó recibir esa cruz y agarró la de Jesús y por cargarla fue, como su maestro, contado entre malhechores (Lc 22,37): tantas veces lo llevaron a los tribunales con falsas acusaciones, cuántos montajes para criminalizarlo, retenes de los armados para quitarle sus documentos y humillarlo, marchó también al exilio, señalado en tantos discursos oficiales de gobernadores, presidentes, militares, empresarios, y hasta eclesiásticos, como “enemigo interno” y terrorista.

Javier, cargando la cruz de Jesús, resultó también fuera de los muros de la ciudad (Hb 13, 12), entre los expulsados del sistema a los que hay que borrar y quitar de en medio; se vio a sí mismo “en las entrañas del genocidio”, usando el título que dio a su libro y profecía sobre la Comunidad de Paz de San José de Apartadó; se dejó clavar en el patíbulo de ese pueblo crucificado de campesinos de Urabá que por su decisión a no participar en la guerra, ni convivir ni colaborar con ningún actor armado de ninguna tendencia, fue mirado con malos ojos y vio como caía sobre sus habitantes el exterminio claramente planeado desde el establecimiento; además de la Comunidad de Paz, Javier, estuvo cerca y apoyó a muchas otras organizaciones de resistencia, en muchas de las cuales figura como fundador: Centro de Educación e Investigación Popular (CINEP), Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, Tribunal Permanente de los Pueblos, Liga Internacional por los Derechos y la Liberación de los Pueblos, Sacerdotes de la Iglesia de los Pobres; la Cruz de Boyacá lo habría puesto en otro escenario, él prefirió, como Cristo, ser sacado fuera y, como profesamos en el credo, “descendió a los infiernos”.

San-Jose-Apartado-manifestacion, https://share.google/xpoZi34Eap2yMVs4o | 5

Javier, cargando con la cruz de Jesús, no quiso hacerse a la Orden de Boyacá, quiso sí, y muy concienzudamente, ser miembro de organizaciones y colectivos al servicio de los que sufren la violencia y la injusticia, de los que luchan contra la impunidad, proponen la no violencia, defienden los derechos de los ninguneados, trabajan por la memoria; estuvo muy dentro de Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (ASFADDES), Fundación Hasta Encontrarlos, Víctimas de la Masacre de Trujillo; Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado (MOVICE); alentó también la Operación Cirirí, de doña Fabiola Lalinde Castaño y de las mujeres que buscan a los desaparecidos. Inserto en esas realidades tan crudas pasó sus días Javier; sabía que el mundo y la sociedad no cambian desde arriba y sí desde las organizaciones populares, desde las comunidades, desde la gente sencilla, desde los que sufren; él sabía, siguiendo la línea de San Ireneo y de San Oscar Arnulfo Romero que concluye que “fuera de las víctimas no hay salvación”.

Javier, quien no aceptó la Cruz de Boyacá, tampoco aceptó las armas del Estado y los escoltas que le ofrecían para protegerlo de las muchas amenazas de muerte; también en la Comunidad de Paz de San José, él y los campesinos se resistieron a que hubiera armas y personas armadas a su alrededor y muchos dieron su vida en la no violencia. Esa cruz y esas armas son parte del mismo sistema estatal que se diviniza y que sacrifica a los seres humanos; el “oficio sagrado” del Estado,  su liturgia, se ejerce siempre con mediación de las armas y al amparo de una cruz que alardea poder y no muestra por ningún lado a un crucificado del Imperio; la guerra es su fiesta de pascua y en ella cantan sus aleluyas; los profetas de esta religión por la que muchos de nuestros cristianos están cambiando el evangelio en nuestra Colombia, hablan de seguridad no como de un bien laico, es decir del pueblo (laós, pueblo) y sí como un dios a su disposición, y ese dios, como todos los ídolos, necesita miedo como aura y sangre como sacrificio; Jesús, el maestro de Javier también pidió a Pedro, que quería usar el machete, que lo devolviera a su funda (Jn 18, 11) y se dispuso a cargar su cruz, prefirió ser víctima a convertirse en victimario, no dio culto a la seguridad, se entregó (Ef 5, 2; Gál 2,20); si hay algo que desafía el aparato diabólico de una religión de estado es la no violencia; ni la cruz que da el poder ni las armas como liturgia: si queremos seguir recibiendo la gracia de ser cristianos, vamos a necesitar en nuestra Colombia muchos otros iconoclastas como Javier.

Cuando Eliseo vio partir al profeta Elías, recogió su manto y siguió su obra (2 Re 2, 1-12); nos toca ahora recoger el manto de Javier y que su profecía siga en nosotros; una amiga de Javier, y también amiga mía, me decía al contarme la noticia de su muerte: “le pido al Señor, igual que Eliseo, que nos toque lo mejor de su Espíritu”, escribiéndolo así ella me hizo saber que el Espíritu de Javier es con mayúscula, era y será el Dios de los pobres moviéndolo; los que cargan la cruz con minúscula tienen el Espíritu con mayúscula.

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