Los miedos del padre Javier
Estamos orando por el padre Javier Giraldo Moreno, SJ.
El padre Javier Giraldo está en delicado estado de salud, en una unidad de cuidados intensivos, y muchos en Colombia lo estamos rodeando unidos en oración por él. Javier, discípulo de Jesús, estaba en la mente de su maestro cuando proclamaba bienaventurados a los que trabajan por la paz y tienen hambre de justicia; desafortunadamente, en este país de cristianos, trabajar por la paz y la justicia parece más bien una malaventuranza, tan lejos está nuestra religión del evangelio, y por eso Javier ha sido muchas veces amenazado de muerte, ha visto asesinados a muchos de sus allegados, ha sido llevado a los tribunales con falsas acusaciones, señalado por los poderosos de las armas, de la políticay de la economía como terrorista y criminal, puesto en la picota pública del odio con que unos señalan a los otros.Javier, pues, así lo veamos tan sereno y confiado, así haya siempre rehusado tener escoltas, nos confesó, en un reciente encuentro de la Iglesia de los Pobres en Buenaventura, que ha tenido miedo; ahora que velamos junto a su cama de hospital, les comparto su confesión, la que digité para ustedes; les anuncio el evangelio según Javier:
El padre Javier Giraldo está en delicado estado de salud, en una unidad de cuidados intensivos, y muchos en Colombia lo estamos rodeando unidos en oración por él. Javier, discípulo de Jesús, estaba en la mente de su maestro cuando proclamaba bienaventurados a los que trabajan por la paz y tienen hambre de justicia; desafortunadamente, en este país de cristianos, trabajar por la paz y la justicia parece más bien una malaventuranza, tan lejos está nuestra religión del evangelio, y por eso Javier ha sido muchas veces amenazado de muerte, ha visto asesinados a muchos de sus allegados, ha sido llevado a los tribunales con falsas acusaciones, señalado por los poderosos de las armas, de la políticay de la economía como terrorista y criminal, puesto en la picota pública del odio con que unos señalan a los otros.Javier, pues, así lo veamos tan sereno y confiado, así haya siempre rehusado tener escoltas, nos confesó, en un reciente encuentro de la Iglesia de los Pobres en Buenaventura, que ha tenido miedo; ahora que velamos junto a su cama de hospital, les comparto su confesión, la que digité para ustedes; les anuncio el evangelio según Javier:
“No podríamos encontrar un trozo del evangelio (la tempestad calmada, Mt 8, 23-27) que llegue más a nuestro momento histórico; estamos viviendo realmente esa convulsión, ese aparente naufragio, y el sentimiento que predomina es el del miedo; creo que en la vida de cada unode nosotros podemos apelar a esos momentos en que hemos vivido el miedo profundamente… desde tiempos muy antiguos, cuando monseñor Valencia existía y le tocó vivir esos momentos de confrontación terrible y de amenazas; y los movimientos que siguieron, el movimiento de Golconda, el movimiento de SAL, las Comunidades Eclesiales de Base; se han vivido situaciones de miedo muy intensas, que se fueron concretando en muchas muertes, muchos martirios.
Creo que cada uno de ustedes puede apelar en su misma historia a momentos en que ha sentido ese miedo; porque siempre hemos sido grupos pequeños, grupos frágiles, perseguidos dentro y fuera de la Iglesia; y ¿qué nos dice el evangelio frente a esto? Despiertan a Jesús y le dicen: - estamos a punto de perecer-, y Jesús se levanta y dice: - ¿por qué tienen tanto miedo? hombres de poca fe, ¿por qué temen? - Y se enfrenta a los oleajes que los están hundiendo y estos se van calmando.
Quisiera recordar en mi propia vida esos miedos y realmente yo nunca he vivido un año tan terrible como el año 92, estaba coordinando la Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz; y todos los grupos que estábamos acompañando estaban sometidos a amenazas terribles; tuvimos que sepultar a muchos hermanos nuestros; y en particular pues, se me empezó a juzgar de muchas cosas; había por lo menos tres generales y líderes políticos que no pasaba semana en que escribieron en la prensa artículos llenos de calumnias. Llegó un momento en que yo perdí el sueño, no podía dormir y empecé a pensar en la posibilidad de renunciar al cargo de la coordinación de la comisión, porque realmente ya me sentía desbordado; pero, antes de presentar la renuncia, quise hacer un discernimiento a fondo y apelé a nuestra tradición de los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola.
Me fui a un centro de ejercicios y puse como centro de reflexión de todos esos ocho días la renuncia; Y en ese momento, empecé a ver en profundidad el sentido de toda esa persecución y comprendí que lo que estábamos haciendo era algo bueno, algo necesario en medio de esa coyuntura social y política; pero que eso tenía un precio, un precio que había que pagar, y ese precio incluía renunciar prácticamente al buen nombre; renunciar a la autoestima prácticamente; aceptar que se me tratara como un delincuente y, de hecho, en ese periodo me pusieron tres demandas penales de calumnias; era el momento de decidir si aceptaba esa destrucción de mi imagen, de mi autoestima y pagar ese precio. Y todo el discernimiento de esos ejercicios pues concluyó en que debía pagar ese precio y tenía que acostumbrarme a esa destrucción de mi buen nombre. Pero, ese precio debía pagarse sin angustia, porque realmente yo sentía que me estaba destruyendo, pero esto exigía renunciar a esa angustia y aceptar ese precio en cierto modo de una manera alegre.
No fue fácil en los meses siguientes aceptar eso; pero, poco a poco, me fui acostumbrando y fui haciendo ese ejercicio de pensar que en el momento en que, por ejemplo, ordenaran mi captura, mi encarcelamiento, ya habían varios procesos en curso, debía ser un momento alegre, porque estaba pagando un precio por algo que lo merecía, fue como ir cambiando en cierto modo esos valores; me tocó ir a varias indagatorias y yo estaba seguro que de ellas se seguía una orden de captura; durante año y medio tuve en mi cuarto un maletín con un par de mudas de ropa y una colección de libros para leer en la cárcel; me fui acostumbrando a que eso lo debía aceptar alegremente como el precio normal dentro de la situación que estábamos viviendo, precio que había que pagar para poder seguir denunciando. Y fue un proceso largo de ir cambiando esos sentimientos, el sentimiento de temor por un sentimiento en cierto modo de alegría.
Cuando acompañaba a los campesinos de la Comunidad de Paz, se volvió común y corriente que cuando cogía los carros chiveros para subir de Apartadó a San José teníamos que pasar por varios retener militares y siempre nos pedían entregar los cédulas; y en pocos minutos le devolvían las cédulas a todos los campesinos menos la mía; y me mantenían un buen rato y con la imagen de lo que habíamos vivido como una rutina en esos años allí: obligaban al chivero a seguir y dejaban a los detenidos y luego aparecían los cadáveres en la carretera; sin embargo, pude escaparme de todo eso.
Me pareció que el miedo es el instrumento para destruir todos estos procesos y por eso tenemos que encontrar guías para superar el miedo, porque si no, fracasan todos esos procesos que son muy hermosos, los procesos de búsqueda de justicia, búsqueda de verdad; y esto implica todo un ejercicio sicológico de acostumbrarse incluso a perder la autoestima y aceptar que ese mundo en el que vivimos, ese mundo construido sobre antivalores terribles que mantienen la injusticia, la violencia, la corrupción, se apoya en ese miedo. En la comunidad de Paz de San José hemos contabilizado 320 muertos; no muertos como han querido calificarlos los organismos incluso de justicia de nuestro país, como “muertos en el conflicto armado”, no, allí no hemos vivido el conflicto armado, porque para un conflicto armado se necesitan dos fuerzas enfrentadas y aquí solamente ha habido una; la fuerza del estado que llega a destruir vidas. Y solamente venciendo ese miedo, o aceptando ese miedo, viviéndolo de una manera no angustiosa, incluso alegre, con la convicción de que hay precios que hay que pagar, y si no se pagan esos precios, pues todo nuestro trabajo de búsqueda de justicia fracasa.
Para mucha gente y muchos cristianos, esto no es aceptable, pero creo que es una de las dimensiones que debemos descubrir en nuestro trabajo.Seguramente en la vida de cada uno de ustedes hay situaciones muy parecidas y esta toda esa experiencia de lo que ha sido el miedo en la vida de cada uno y qué maneras ha habido de vencer el miedo. Y volvemos a la palabra de Jesús en el evangelio; - ¿por qué tienen miedo? Hombres de poca fe-. Y la fe, el sentido de la fe es precisamente la decisión de actuar; no es aceptar unas verdades, unos dogmas sino comprometernos, comprometernos a actuar y pasando por encima de estos obstáculos que hoy día se nos anuncian con cierta incertidumbre; se nos anuncia un período en el que el miedo va a ser muy grande, tenemos que encontrar una manera de vencer el miedo, como nos lo dice Jesús”.
Sigamos orando junto al padre Javier, él siempre nos ha acompañado, es la hora de acompañarlo.