“No tenemos gente”. Es cierto: hoy día casi nadie (congregación, diócesis, organización) dispone de una comunidad, y a menudo ni siquiera de una persona, para enviar a estas periferias eclesiales.
Creo que el lenguaje onírico metabolizaba la tristeza que me causa el hecho de que a casi nadie le importa la misión. La misión ad gentes sirve para enfatizar lo comprometida que está “la Iglesia” con los más pobres o con la Amazonía. Nos ponen las correspondientes medallas cuando llega el DOMUND, pero no aprecio voluntad decidida por parte de las autoridades de resolver la situación de los vicariatos apostólicos, de ofrecerles fórmulas de estabilidad económica y en personal.
Cada día, tras la adoración, los monjes oran maitines y laudes, y nosotros con ellos. Salvo las lecturas del oficio y del Evangelio, absolutamente todo es cantado: himnos, antífonas, salmos, responsorios… Las melodías son suaves, pausadas, compuestas con gusto, bellísimas, pensadas para la contemplación. No hay prisa, se trata de alabar y agradecer al comienzo del día, con serenidad, delicadeza y amor. Es un encanto.
La he conocido ya difunta, hoy ha sido la primera vez que la he visto. Nunca he hablado con ella, no sé cómo es el tono su voz, ni su gesto, ni la forma de su sonrisa. Pero acá estamos los dos. Noto que hay una presencia en el cuerpo muerto, un potente vestigio de la identidad de la persona que fue; puesto que lo físico nos constituye de raíz cada día de nuestra existencia, el cuerpo es como una bitácora que registra nuestras edades y avatares. Tenemos pues un vínculo Rita y yo, hemos compartido algo de nosotros, algo espiritual. No puedo dejarla sola.
Pocas cosas hay tan explosivas y cómicas como pandillar bajo la umisha; y para mí, pocas satisfacciones se comparan a revolcarme en esta cultura, amar estas gentes, pringarme por este pueblo y sentirme, aunque sea gracias a una capa de barro, un poquito más amazónico.
Contrariamente a lo que con frecuencia constatamos, a veces Dios se sale con la suya y los mejores son escogidos para servicios de responsabilidad en la Iglesia. Personas como Fernando, que no buscan notoriedad, sino que tratan de vivir su vocación, en medio de todas nuestras contradicciones, con fidelidad. ¡Gracias Señor, gracias Fernando, y felicidades a los dos y a los jóvenes!
Alguien comete un error de bulto o toma una mala decisión, sin que pueda haber dudas al respecto. Cuando se le reclama, la persona reconoce que sí, que ha hecho eso; pero no solo no admite su evidente error ni pide disculpas, sino que construye un edificio de justificaciones e incluso se enoja y ataca a quien le cuestiona, y acude a una instancia superior para quejarse del supuesto abuso del que es víctima.
Los jóvenes de nuestros puestos de misión que se marchan a Iquitos a estudiar sufren. Pasan de una vida abierta, libre, rural, afectivamente segura y completa a la gran ciudad, anónima, enorme y peligrosa. De pronto se quedan solos y pierden todas sus referencias. En la facultad encuentran dificultades para hacer amigos; y tampoco tienen ya un ámbito donde vivir la fe.
Esta iniciativa, ideada y hecha por ellos, quiere responder a esa necesidad. No sé por dónde discurrirá esta nueva peripecia. Pero estoy seguro de que proviene de la originalidad y el dinamismo de Dios+los jóvenes, me dejo llevar y me dispongo a disfrutar de cuanto de bueno nos depara, y a aprender lo que en este momento me hace falta.
Hay momentos en que me parece que estoy viviendo dentro de una película, uno de esos westerns con despiadados forajidos que campan a sus anchas con total impunidad por territorios lejanos e inhóspitos, donde las pobres gentes sufren las consecuencias de su codicia y su crueldad: asesinato del sheriff, robos masivos, asalto a la diligencia, falsificaciones de documentos...
Un país en llamas, descompuesto, espantado, pero sobre todo pesaroso y agotado. Cansado de la impunidad de sus políticos, de las mentiras, del imperio de los intereses particulares, de la arbitrariedad y el pelotazo. El Perú necesita una esperanza firme, una luz grande, una promesa. Este país no es estéril, el amanecer está en sus hombres y mujeres, ciertamente capaces de forjar un provenir mejor.
El bebé no sabe hablar, pero es la más elocuente Palabra que Dios grita, y hoy más que nunca, en esta tierra: calma, escucha, diálogo; pero también conciencia, integridad, veracidad; comprensión, encuentro, paz. Pero ante todo justicia.
En general hablamos demasiado. Nos propasamos y quedamos expuestos, desprotegidos y rendidos a lo irremediable. Es esencial para el equilibrio y la felicidad saber callar. Entrenar la sobriedad verbal y la prudencia; practicar la raíz cuadrada a todo lo que pugna por salir por nuestra boca, y que proviene de diferentes regiones de nuestro yo consciente e inconsciente
O catástrofe. O despropósito. O descalabro absoluto. Todos estos sustantivos valen para describir la educación en nuestra querida región Loreto, y acaso en todo el Perú. Este desastre viola groseramente el derecho a la educación, comienza a cerrar puertas a las personas ya desde niños, les cercena oportunidades de desarrollo, los arrincona en los márgenes de la desventura y condena a los pueblos, al país entero, a la mediocridad.
Diría que remonta dentro de mí, como un tenue amanecer lento y lejano, la fascinación por este pueblo y su silencio. Es el lugar del Vicariato donde la inculturación verdaderamente se sustanció, es acá que asoma una Iglesia con shungo indígena. Para mí, la posibilidad de realizar el sueño misionero original: vivir como ellos, hablar como ellos, comer como ellos, ser como ellos.
No hicimos nada: cero resultados; no hubo reunión, ni misa, ni bautismos. Pero me he pasado de extensión y me han quedado cosas por contar… Tal vez no hacer nada sea condición para abrir los ojos, prestar atención y conocer para amar. Quizás sean necesarios muchos días como este para que, dentro de veinte años, hayamos descubierto por dónde y cómo caminar juntos.
Un hombre humilde, de abajo, que está con el pueblo, que pertenece a la gente. Un franciscano genuinamente pobre y coherente; un misionero al que hace dieciocho años sobresaltaron proponiéndole ir a un rincón de la Amazonía para ser obispo.
No sé si lo de obispo era para él, al menos no con esa connotación de poder y grandeza que tiene adosada inevitablemente. Pero si se trata de acompañar al pueblo con la cercanía del Buen Pastor; si consiste en escuchar más que hablar, en compartir y no tanto dar, en caminar manchándote los pies con el mismo barro que tus hermanos, entonces pienso que Juan ha sido y es un excelente sucesor de Jesús.
Hombre de entre 30 y 55 años, muchas veces con mujer e hijos, y que ostenta una posición de poder o autoridad, hostiga a una adolescente o joven con el objetivo de tener relaciones sexuales. La sangre me hierve con más virulencia cuando se trata de profesores. Les envían whatsapps a las chicas (algunos los he visto), les piden “ser amigos”, las invitan a salir, a comer algo; les pasan el brazo por el hombro o les tocan la rodilla, la espalda, el pelo; les dan plata, les ofrecen comprarles un celular…
Tal vez no haya definición más rigurosa de la misión como aquello que afecta a tu vida hasta el punto de trastocarla, voltearla, levantarla y enrollarla (Is 38, 12), cambiarla por completo e impelerte a que la entregues entera. La misión la vivo ahora, también, en estas faenas burocráticas; trato de dar lo mejor. No es ninguna aventura apasionante, pero hoy es lo que tengo para compartir.
Por primera vez en mi vida regreso a una ex-parroquia no de paso o anecdóticamente, sino para involucrarme y participar en la misión de otra manera. Es un gusto comprobar cómo procesos que se iniciaron cuando yo estaba no se han estancado, sino que surcan y mejoran. Con su ritmo y estilo propio, que no es necesariamente el que yo habría elegido, pero caminan.
Incluso en los momentos más desesperados, aceptando que no hay salida, se puede reconocer a Dios su bondad y aclamarle por la vida que nos ha dado con toda su belleza, aunque sepamos que está acabándose. Para ello hay que tener mucho temple, gran serenidad… pero ante todo una fe robusta y arraigada en la ternura.
En ese “santo” escuchamos el trasunto sonoro de la fe de Neoyorkina, la melodía del amor que se encarna en el sufrimiento y en las caricias. La vida, como el río, no se detiene. Pero si estamos atentos nos muestra cómo navegar en la olada y cómo sentir la felicidad con el rostro vuelto hacia la lluvia.
El Vicariato siempre ha estado muy comprometido con las pobrezas de nuestra gente, especialmente en el rubro de salud; pero últimamente creo que el interés y el esfuerzo han ido virando hacia “lo específicamente evangelizador”: catequesis, formación de animadores, preparación a los sacramentos.
Asoma acá la patita un equívoco que se ha filtrado en la mentalidad de más de un misionero y agente de pastoral: involucrarnos decididamente en las luchas del pueblo, especialmente de los más vulnerables, no es propiamente evangelizar, sino una especie de yapa para los más “progresistas”.