Un momento único en mi vida: mi audiencia privada con el Papa León
Pude reemplazar a mi obispo en la visita ad limina y también en su cita personal con el Papa
“¿Y cómo está Mons. Javier?” – me pregunta, y ese es el primer punto de la conversación. A partir de ahí, yo hablo mucho y él escucha mucho. Me hace algunas preguntas sobre las cosas que le cuento, y también acerca de mí: de dónde soy, si soy religioso o diocesano, cuántos años llevo en el Vicariato y en el Perú, en qué lugares he trabajado… Su mirada clara, apacible, perspicaz. Le recuerdo que nos conocimos en Indiana y me ubica en aquel día de fiesta y viaje; algunas de las historias que van saliendo le arrancan sonrisas. Así es este hombre: discreto, silencioso, prudente, experto en escuchar
Estoy sentado en una estancia contigua a la Sala Clementina, en el Palacio Apostólico, ciudad del Vaticano, Roma. El silencio está apenas ribeteado por pasos lejanos y algunas tenues voces, tras las puertas ante mí. Respiro. La emoción que siento planea entre el asombro, la gratitud y sí, algo de nervios: en unos instantes voy a tener un encuentro personal con el Papa León XIV.
Todavía no me lo creo: ¡me va a recibir el Papa en audiencia privada! ¿Cómo es posible? Si a eso solo acceden los cardenales, obispos, jefes de estado, embajadores, María Corina Machado y gente importante… Pues la explicación es simple: mi obispo, Mons. Javier Travieso, había solicitado audiencia y se la habían concedido el 26 de enero a las 9 de la mañana. Como él no pudo ir a Roma a la visita ad limina de los obispos del Perú, yo le reemplacé; y también en esta audiencia, a la que me permitieron ir en su lugar. El Papa mostró una gran generosidad en acoger a este pichiruchi.
Así que acá estoy, esperando nomás a que me digan que pase. La ceremonia de la audiencia exige una etiqueta que al parecer yo no cumplo: el Monseñor asistente me hace notar que no llevo sotana. Le explico que en mi selva no tanto la usamos por el calor, y al ver que hablo español, se relaja -es argentino- y entablamos una breve conversa que me apacigua. “Hemos tenido dificultades porque ha venido usted y no su obispo, pero ya se clarificó y solo hay que aguardar un poco más”.
Por fin se abre la puerta y paso. Detrás está León, le estrecho la mano, me coloco a su lado y el fotógrafo nos saca varias fotos parados juntos. Luego le entrego su regalo, un pequeño bufeo en madera de palisangre, un pedacito de Amazonía. Me parece más alto que la última vez que lo vi, le llamo “Papa León” y en seguida nos quedamos solos, sentados a ambos lados de su escritorio.
Hay un momento de indecisión, parece que prefiere que yo comience el diálogo, y le expreso el saludo de muchas personas: mi obispo, los misioneros del Vicariato, mi familia, las agustinas de la avenida Brasil, las carmelitas de Fuente de Cantos, y tantísima gente que me ha encargado dar un abrazo al Papa de su parte, “incluso la señora que me ha arreglado los bajos de los pantalones del terno”, le suelto, y ahí se ha reído. Cuando le he mencionado la reclamación por mi indumentaria: “No te preocupes, son las cosas de acá”.
“¿Y cómo está Mons. Javier?” – me pregunta, y ese es el primer punto de la conversación. A partir de ahí, yo hablo mucho y él escucha mucho, intercalando de vez en cuando alguna pregunta. Y le cuento la situación del Vicariato y la Amazonía, los problemas que sufrimos (las economías ilegales, la deforestación, la pobreza extrema, las violaciones de los derechos humanos, la invasión de las dragas, etc.), cómo tratamos de acompañar a los pueblos indígenas, las necesidades que tenemos, que nos faltan misioneros, que la economía es inestable, las distancias enormes…
Así es este hombre: discreto, silencioso, prudente, experto en escuchar. Me hace algunas preguntas acerca de mí: de dónde soy, si soy religioso o diocesano, cuántos años llevo en el Vicariato y en el Perú, en qué lugares he trabajado… Su mirada clara, apacible, perspicaz. Le recuerdo que nos conocimos en Indiana y me ubica en aquel día de fiesta y viaje; algunas de las historias que van saliendo le arrancan sonrisas, y en un momento dado, a algo que yo digo él responde con un “Madre mía”. Jeje.
Sigo platicando hasta que considero que he podido exponer todo lo que quería, y hasta le entrego una carta con lo más esencial, por si tiene la bondad de leerla más tarde. De pronto me doy cuenta de que no le he preguntado cómo se encuentra él. – “¿Y usted cómo está?” – “¿Tú cómo me ves?” – “Yo le veo bastante bien; tranquilo” – “Sí, estoy tranquilo. Casi cada día hago la oración de Juan XXIII, ¿la conoces? Dice: ´Señor, yo me voy a dormir. La Iglesia es tuya; cuida Tú de ella´. Y duermo”.
Su media sonrisa se mantiene mientras le digo: “Habrá que irse, ¿no?” – “Sí, será mejor”. El tiempo (¡25 minutos!) se ha pasado volando, me he sentido muy cómodo, sereno y confiado, he abierto mi corazón con total sinceridad. Antes de entrar, notaba a mi mamá sosegándome; al salir, también estaba ella, como aroma de satisfacción y felicidad. Y yo conmocionado, abrumado, agradecido, estremecido, maravillado.
El argentino se despidió: “Misionero, tiene usted una vocación muy bonita”. Cierto. Y es tuya, Señor. Cuida de ella. Así fue el lunes 26 de enero de 2026, cumpleaños de Mariana y de Tessy, un día que no olvidaré el resto de mi vida. Gracias gracias gracias.