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Virxe da Veiga

Los chiringuitos han llegado cuando despertaba el alba. Los peregrinos llegan más tarde a pie o en coche. Desde lejos, los fuegos artificiales y los sones casi imperceptibles de los metales anuncian la procesión que viene buscando el santuario. Al poco, los ramos, los pendones y los estandartes, como un arroyo de canciones, de creencias, de deseos, asoman venciendo la última curva. Misas y la misa solemne.Cada peregrino, todos los peregrinos, guarda en su corazón algo tan profundo e íntimo que solo comparte con la Señora, como un hilo tenue y fuerte, que los une a todos. Algunos de los cientos de rostros parecían esculturas labradas a cincel. Luego meriendas y comidas a la sombra de los toldos y de los robles centenarios. Todo es un cuadro claro y apacible, tal vez primitivo, que se pierde en la inmensidad como la lluvia sobre el mar. Cuando la cima de A Aguioncha empieza a apagarse, todo empieza a levantarse y a acabarse. “La vida es un camino lleno de experiencias. La de hoy es la participación en la peregrinación de la Virxe da Veiga”, me dijo un hombre cargado de peregrinaciones a Virxe.

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