Finales de agosto.

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Las calles se vacían, las bicicletas cuelgan de las paredes de los graneros, los pájaros se pasean a sus anchas en los patios, las sillas de la terraza de O Pareiro ya sobran. Para venir hay que marcharse, dice la gente. En otro tiempo, también algunos de nosotros nos fuimos, volvimos, volvimos a irnos y volvimos. Entre los que aquí estamos, jugamos con las mismas cartas la partida con quien juegue con nosotros, hacemos las mismas señas y las mismas trampas, bebemos el mismo vino, nos encontramos en el camino con las mismas personas y nos arrodillamos en los mismos bancos en la iglesia. Hemos asistido a un montón de cambios, de idas y venidas. Yo peregrino sin santuario, vine a pasar unos días, me cogió aquí la pandemia y aquí estoy, ya soy uno de los del invierno, y como la mayoría de éstos, casi seguro que de aquí no me moveré hasta que, vestido con un traje de pino, me lleven, con los pies para delante, a reunirme con los míos. Me dijo y se fue con el último sorbo en la boca.

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