Va por el pasillo con la bandeja en la mano como una bailarina sobre pista de hielo. Casi nadie le habla, casi no habla con nadie. Es como la sombra del ángel que se siente pasar sin verlo. Se acerca, pone los cafés sobre la mesa con el mismo arte que un pianista sus dedos sobre las teclas de un piano y se aleja. Su sonrisa rompe las paredes de la cafetería, arranca a los clientes del lado fangoso del mundo y, por momentos, los transporta a la otra orilla donde hablan tranquilamente al calor de un café. Porque no da que hablar, solo que ver, casi nadie sabe cómo se llama la chica de la cafetería.