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Cardenal Cobo: "La paz nace de un amor que cambia la forma de mirarlo todo"

En el II Domingo de Pascua, el arzobispo de Madrid presidió la celebración eucarística en la Catedral de la Almudena recordando la Jornada de Oración por la Paz convocada por el Papa y la colecta para colaborar con los gastos de la visita del Santo Padre 

El arzobispo de Madrid en la misa del II domingo de Pascua

(Archimadrid).- En el II Domingo de Pascua, fiesta de la Divina Misericordia, el arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo, presidió la celebración eucarística en la Catedral de la Almudena. Lo hizo recordando la Jornada de Oración por la Paz convocada por el Papa León XIV este sábado 11 de abril y la colecta que la diócesis de Madrid realiza este domingo para colaborar con los gastos de la visita del Santo Padre en el mes de junio.

No seas incrédulo, sino creyente

En su homilía, el arzobispo inició su reflexión recordando las palabras del pasaje del evangelio de Juan que recoge la Liturgia de la Palabra en este día: «No seas incrédulo, sino creyente», una actitud que considera fundamental y que «hoy de forma renovada se nos pide», que hace posible «volver a situarnos hacia lo esencial de la fe», subrayó el arzobispo de Madrid.

El cardenal Cobo enfatizó que la Pascua es un tiempo «para ser creyente en Jesús hoy, para descubrir dónde está Jesús hoy, por dónde pasa Jesús hoy y cómo se hace presente en nuestra vida concreta». Como sucedió con los discípulos, también hoy nos preguntamos dónde está Jesús hoy, algo que nos ayuda a responder el evangelio del II Domingo de Pascua, que muestra que no son los discípulos, que están desconcertados, quienes se ponen a buscar a Jesús, «es Jesús el que sale en busca de sus discípulos».

En sus palabras hizo ver la importancia de responder a la pregunta: «Señor, ¿dónde estás?», cuya respuesta ve como fundamento del ser creyente hoy, todavía más ante una cruz que descolocó a los discípulos y hace lo mismo con nosotros, «desorientados con lo que vemos, con lo que vivimos, con la experiencia de nuestro mundo». En esta situación, con los discípulos encerrados, mirándose a sí mismos, con las puertas cerradas, «allí es donde Jesús se hace presencia», dijo el arzobispo.

Una paz que cambia la forma de mirar

Desde ahí señaló que «Jesús no espera a que tengan todas las cosas claras. Jesús no espera a que todo esté en orden. Jesús no exige condiciones previas, no pide que se tenga una fe perfecta. Él va, entran como están, se coloca en medio, y les regala una palabra que no es un simple saludo, sino que es una experiencia que transita mi historia». El saludo de Jesús: «Paz a vosotros», muestra, según el cardenal, «la paz que nace de un amor que ha atravesado la muerte y que la ha vencido. Una paz que no elimina los problemas, pero cambia la forma de mirarlo todo».

Una actitud de los discípulos que continua presente hoy en la Iglesia, pues es en la fragilidad donde Jesús se hace presente. No lo hace «fuera de nuestra vida, no cuando todo está resuelto, sino en el mismo miedo y la misma dificultad de la que vivimos», afirmó. En ese sentido, destacó que «no basta con la fe de otros, con la que tuvimos hace unos años. No basta lo que hemos oído, cada uno de los que estamos aquí, necesitamos hacer nuestro propio camino. Con la historia concreta de cada uno, con el ritmo y la búsqueda de cada uno».

El arzobispo recordó distintas formas de descubrir dónde está Jesús presentes en el Evangelio. En el caso de Tomás destacó su experiencia de quiebra ante la cruz, el hecho de no creer en la fuerza del amor que sus compañeros le han dicho, en el testimonio de la comunidad. Tomás se había ido alejando de la experiencia que tuvo con Jesús y con la comunidad, señaló el cardenal Cobo. Una experiencia de la que en alguna medida participamos, con situaciones que «terminan alejándonos del lugar donde el Señor se hace presente».

La fe nunca es un camino solitario

Frente a ello, «Jesús no se desentiende nosotros, como tampoco se desentiende Tomás», resaltó el arzobispo. Jesús siempre sigue buscando, como busca a Tomás, a quien busca cuando está con la comunidad. De ahí dedujo que «la fe nunca es un camino solitario. Una fe que se vive al margen de los demás, construida sólo a través de nosotros mismos, a través de lo que yo pienso, a través de mis prácticas, corre el riesgo de perderse el encuentro real con el Resucitado».

Un Resucitado que se presenta con sus llagas, con «eso que no nos gusta ver», recordó el arzobispo. Lo hace porque «Jesús no borra la cruz, no elimina el sufrimiento, no ofrece una imagen idealizada, muestra las heridas que permanecen, pero que son transformadas, ya no son el signo de la derrota, sino la ventana para que descubrir dónde está Jesús en un mundo que oculta la divinidad, que maquilla las llagas».

Todo eso porque «el Señor nos revela que precisamente a través de esos lugares de sufrimiento, de esas entregas puestas con amor es el lugar donde él quiere presentarse». Lugares de misericordia, como dijo el arzobispo, que afirmó que para reconocer al Señor tenemos que mirar el amor que ha entregado. En la misma línea, señaló que «es un buen momento para valorar el calor de la comunidad», todavía más si tenemos en cuenta que todos llevamos un Tomás dentro, a quien Jesús no le reprocha nada, sino que «se pone delante de él, le invita a acercarse. Le ofrece la posibilidad de hacer un nuevo camino de fe y le da una nueva oportunidad».

El arzobispo insistió en la necesidad de ser trabajadores de paz, de asumir la misión que Jesús nos deja: construir la paz a partir del único poder que tenemos, el perdón. Y compartir aquello que creemos, compartir que «Cristo está con nosotros, que está en los lugares de misericordia». Desde ahí pidió que «podamos ser más creyentes», y que «podamos decir con el corazón: ¡Señor mío y Dios mío!».

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