¡Krisare no guarda silencio!
Sin necesidad de estridencias o descalificaciones, el clima vivido en el Foro dejó entrever una sensibilidad ampliamente compartida hacia quienes, desde dentro de la comunidad eclesial, han expresado públicamente su dolor y preocupación por la creciente fractura que atraviesa la diócesis
El pasado fin de semana, 8 y 9 de mayo, Vitoria-Gasteiz volvió a convertirse en un espacio de pensamiento crítico, espiritualidad comprometida y diálogo social gracias a una nueva edición del Foro Krisare, bajo un lema tan incómodo como necesario: “El silencio que condena”. Antes incluso del inicio oficial del encuentro, el Foro quiso abrir una puerta a las generaciones más jóvenes mediante la celebración de Gazte Foroa, una iniciativa que reunió a cerca de 250 jóvenes de cinco centros educativos para reflexionar sobre los silencios que atraviesan sus vidas y, de forma particular, sobre una realidad que conocen demasiado bien: el bullying. Fue una manera lúcida de recordar que el silencio no es nunca neutral y que, muchas veces, comienza en las pequeñas violencias cotidianas que terminamos normalizando.
Durante dos intensas jornadas, voces provenientes del ámbito de la sociología, la teología, el periodismo, la justicia, la memoria democrática y la defensa de los derechos humanos fueron dibujando un diagnóstico común: vivimos en sociedades saturadas de ruido pero profundamente incapaces de escuchar. Un tiempo marcado por la aceleración, la polarización y la anestesia moral. Un tiempo en el que callar ante el sufrimiento ajeno termina convirtiéndose en una forma de colaboración con la injusticia.
El sociólogo Imanol Zubero abrió el viernes proponiendo una reflexión sobre la diferencia entre el silencio fecundo y el silencio culpable. A partir de pensadores contemporáneos y de la tradición crítica, señaló cómo el sistema actual no necesita prohibir la palabra para neutralizar la conciencia: le basta con mantenernos distraídos, acelerados y emocionalmente agotados. El verdadero problema no sería tanto la censura como la incapacidad de escuchar y de dejarnos afectar por el dolor de los demás. Su análisis apuntó directamente a una cultura de la desatención que convierte el sufrimiento humano en una imagen más entre miles de estímulos consumidos sin tiempo para la compasión ni la responsabilidad.
A continuación, el teólogo Carlos Gil realizó un recorrido por los orígenes del cristianismo y por la figura de Francisco de Asís para plantear una pregunta radicalmente actual: cómo mantenerse fiel al Evangelio sin renunciar a denunciar la injusticia, incluso cuando esta nace dentro de las propias estructuras eclesiales. A través del célebre episodio entre Francisco y el dominico que le interpela sobre la obligación de denunciar al malvado, Carlos Gil mostró las tensiones permanentes entre profecía e institución, entre prudencia y verdad. Su intervención fue, en el fondo, una defensa de una Iglesia capaz de transformarse desde dentro sin renunciar a la fraternidad ni al coraje evangélico.
El sábado comenzó con la intervención de la teóloga Pepa Torres, que situó el debate en el marco de un mundo atravesado por la “pedagogía de la crueldad”, el capitalismo de guerra y el crecimiento de los fundamentalismos políticos y religiosos. Su análisis fue especialmente incisivo al denunciar una economía global que produce vidas descartables y alimenta la indiferencia social. Frente a ello, defendió la necesidad de construir comunidades capaces de resistir la lógica del individualismo y de recuperar la centralidad de los cuidados, la justicia social y la dignidad de las personas excluidas. Su mirada, profundamente arraigada en los barrios populares y en las periferias humanas, recordó que el Evangelio no puede separarse de la defensa concreta de quienes sufren.
El forense Paco Etxeberria aportó después una reflexión imprescindible sobre memoria, verdad y reconocimiento de las víctimas. Desde su experiencia en exhumaciones y procesos de memoria democrática, insistió en la diferencia entre indicio, evidencia y prueba, subrayando cómo muchas personas siguen siendo invisibles porque sus sufrimientos no han sido todavía reconocidos institucionalmente. Recordó que “sin memoria no hay futuro” y defendió la importancia ética y política de nombrar a las víctimas, identificarlas y devolverles dignidad. En tiempos donde algunos intentan banalizar la memoria democrática, su intervención fue una reivindicación de la verdad como condición indispensable para la convivencia.
La exalcaldesa y jurista Manuela Carmena aportó una mirada marcada por la experiencia de la dictadura y la transición democrática. Reivindicó la libertad de expresión como “el oxígeno de la democracia” y alertó sobre el progresivo debilitamiento de los valores democráticos, la expansión de discursos crueles y el empobrecimiento del debate público. Carmena expresó una preocupación compartida por muchas personas presentes: la sensación de que la ciudadanía solidaria y compasiva existe, pero no encuentra espacios ni cauces para hacerse escuchar frente al ruido polarizador y el espectáculo político permanente. Frente a ello, llamó a “cuidar la democracia” como una tarea cotidiana y colectiva.
La abogada Patricia Fernández Rodríguez —conocida como Patuca Fernández— profundizó precisamente en el poder del lenguaje. Desde su experiencia acompañando a víctimas en contextos migratorios y de exclusión, mostró cómo las palabras pueden ocultar la realidad o revelar la injusticia. Denunció expresiones que deshumanizan —“menores extranjeros no acompañados”, “frontera sur”, “ilegales”— y defendió la obligación ética de nombrar correctamente las cosas para no incrementar el sufrimiento de quienes ya padecen la violencia. Su intervención recordó que el lenguaje nunca es inocente y que nombrar bien es ya una forma de justicia.
Cerró el Foro la periodista Teresa Aranguren con un estremecedor recorrido por décadas de conflictos en Oriente Medio y, especialmente, por la tragedia palestina. Su intervención fue un alegato contra el silencio mediático y la manipulación informativa que convierte las guerras en acontecimientos deshumanizados. Recordó cómo impedir la presencia de testigos y periodistas es una forma de garantizar la impunidad de la violencia. Frente a ello, defendió el deber ético del periodismo de identificar las fuentes, contextualizar los relatos y seguir hablando de Palestina para impedir que el silencio termine normalizando el horror.
De todas las ponencias emergió una convicción común: el silencio nunca es simplemente ausencia de palabras. Hay silencios que protegen, que permiten escuchar y comprender; pero hay otros que condenan porque legitiman la injusticia, invisibilizan a las víctimas y fragmentan la convivencia. El Foro Krisare quiso precisamente situarse frente a esos silencios culpables, reivindicando la necesidad de una palabra honesta, dialogante y profundamente humana.
El gran desafío que dejó planteado el Foro Krisare es precisamente ese: cómo seguir construyendo humanidad en medio del ruido, cómo mantener viva la compasión en tiempos de indiferencia y cómo recuperar una palabra que no sirva para herir o dividir, sino para sanar, denunciar la injusticia y abrir caminos de esperanza compartida
Y quizá esa reflexión tenga hoy una resonancia especialmente cercana en la propia Iglesia de Vitoria. Sin necesidad de estridencias o descalificaciones, el clima vivido en el Foro dejó entrever una sensibilidad ampliamente compartida hacia quienes, desde dentro de la comunidad eclesial, han expresado públicamente su dolor y preocupación por la creciente fractura que atraviesa la diócesis. La carta firmada recientemente por 52 sacerdotes, reclamando caminos de escucha, diálogo y restauración de la comunión, conecta profundamente con el espíritu que atravesó estas jornadas: la convicción de que el Evangelio no puede vivirse desde el miedo, el silencio impuesto o la descalificación mutua, sino desde la escucha sincera y la búsqueda humilde de encuentro.
Porque, al final, el gran desafío que dejó planteado el Foro Krisare es precisamente ese: cómo seguir construyendo humanidad en medio del ruido, cómo mantener viva la compasión en tiempos de indiferencia y cómo recuperar una palabra que no sirva para herir o dividir, sino para sanar, denunciar la injusticia y abrir caminos de esperanza compartida.
