Príncipes y enemigos de sus Víctimas
Los abusos en Colombia siguen encubiertos.
Han decidido insistir hasta el final en el encubrimiento sistemático y el ocultamiento.
La jerarquía de la Iglesia ha elegido cuidar y proteger su muy disminuido prestigio.
A un año de la decisión de la Corte Constitucional (SENTENCIA SU-184 DE 2025) de exigir a la Iglesia católica colombiana, en cabeza de sus obispos y los superiores o provinciales de congregaciones y comunidades, la entrega del Archivo Secreto con la información de los casos de abuso que han conocido o de los que han recibido denuncias, un generalizado bloque de estos 'sucesores de los apóstoles' han decidido insistir hasta el final en el encubrimiento sistemático y el ocultamiento, tanto a la justicia como a su feligresía, de datos que son de vital importancia para el cuidado de menores y personas vulnerables.
Ahora mismo, a lo largo y ancho del país, niñas y niños, adolescentes, personas en situaciones de riesgo en lo económico, lo relacional o lo afectivo, están en contacto directo con abusadores en sus parroquias, movimientos, colegios de curas y obras 'de iglesia'. No son cuidados ni protegidos porque la jerarquía de la Iglesia ha elegido cuidar y proteger su muy disminuido prestigio, sus aún considerables finanzas, y su hipócrita rol de guías de la moral pública. Y para hacerlo, están cuidando y protegiendo a pederastas, abusadores y depredadores en sus diócesis y arquidiócesis, sin importar a qué están exponiendo a su pueblo.
A través de distintas estrategias y narrativas, han intentado convencer a la gente de que su silencio respecto a los archivos y su negativa a darlos a conocer es una forma de resistencia ante algo injusto. Un engaño en toda regla. Su silencio es la más elocuente declaración de la rendición de su fe y de su compromiso pastoral ante la soberbia de su clericalismo y el pánico de las posibles denuncias y reparaciones si se conocieran los nombres de todos los que han hecho parte de este horrendo sistema de crímenes y omertá. Y mientras que dilatan la respuesta, a un año de la decisión, se sabe que han trasladado, modificado y destruido archivos. Como la mafia.
En lo público, consternados y afligidos, se han puesto ellos como víctimas, señalando una persecución desde el prejuicio e interpretando la decisión de la más alta instancia del poder judicial como una señal de asedio y martirio. Su nivel de cinismo les ha llevado a desplazar a las reales víctimas del lugar que les pertenece, para fingir ante las cámaras que tienen motivos para ser encubridores. En lo privado, han enviado mensajes, cartas, comunicados internos o han dado órdenes no escritas (tal como aquel famoso documento sin código de folio de Ratzinger, el incapaz) para hacer control de daños por instrucciones de asesores que cuestan muchas pero muchísimas limosnas del domingo. Y claro, han contactado a víctimas para persuadirlas de 'arrelgar por las buenas' como se dice en Colombia para sugerir evitar una agresión.
La Iglesia católica colombiana está en desobediencia a Cristo, que exige a todos los que tienen un cargo en la comunidad ser los últimos, los que se alejan de cualquier privilegio para poner en el centro a los simples y sufrientes.
Desobedece a Roma, que ha dado instrucciones precisas sobre los casos de abuso que son plenamente ignoradas por estos obispos.
Desobedece a la Corte, que reconoce que la protección de la niñez está por encima de los procedimientos burocráticos de la iglesia.
Y desobedece a su pueblo, cuerpo de su Señor, a quien debe rendir cuentas y ante quienes deben toda humildad, toda verdad, y toda conversión de sus prácticas ajenas al evangelio.