Hazte socio/a
Última hora:
El Mundial y las religiones: una cuestión de fe

El abrazo que va por delante: una forma distinta de entender el perdón

Pensamos el perdón como una meta a la que se llega después de hacerlo todo bien.

Pero en el Evangelio el perdón no está al final del camino: es el abrazo que ya está esperándonos antes de dar el primer paso.

El regreso del hijo pródigo

En la forma tradicional de entender la religión, el perdón de Dios funciona como el final de un camino: primero hacemos algo mal, después sentimos culpa, luego pedimos perdón y, por último, Dios nos perdona. Es un esquema claro, ordenado y bastante lógico. Pero cuando uno se acerca al Evangelio con calma, ese orden empieza a tambalearse: no es que Dios nos perdone porque nos arrepentimos, sino que nos arrepentimos porque ya hemos sido perdonados.

A veces pensamos que lo que hacemos puede cambiar el modo en que Dios nos mira. Como si el pecado le hiciera querernos menos y el arrepentimiento le hiciera volver a querernos más. Pero eso supone un Dios muy parecido a nosotros, que cambia según lo que pasa. Y la fe cristiana, en su raíz, dice otra cosa: Dios no cambia de actitud, Dios es amor y lo es siempre.

Dios es amor
A veces pensamos que lo que hacemos puede cambiar el modo en que Dios nos mira. Como si el pecado le hiciera querernos menos y el arrepentimiento le hiciera volver a querernos más. Pero eso supone un Dios muy parecido a nosotros, que cambia según lo que pasa. Y la fe cristiana, en su raíz, dice otra cosa: Dios no cambia de actitud, Dios es amor y lo es siempre.

Desde aquí, el perdón no es algo que Dios “da” solo cuando ve que estamos arrepentidos. Es algo que ya está ahí desde el principio. No empieza cuando lo pedimos. No aparece después de la confesión. Dios no empieza a perdonar cuando se lo pedimos; su perdón ya nos está esperando antes.

Esto, claro, a algunos les puede preocupar. Porque parece que entonces da igual lo que hagamos. Pero en realidad ocurre lo contrario. El amor que no depende de lo que hacemos no quita responsabilidad, la cambia por dentro.

Hace poco escuchaba a un sacerdote decir a su gente que quienes van a misa todos los días y se confiesan con frecuencia pueden comulgar con tranquilidad, mientras que a los demás, casi sin decirlo, se les sugería que mejor no lo hicieran. Y aquí surge una pregunta sencilla: ¿ser cristiano es solo ir a misa y confesarse? ¿Y el resto de la semana, cuando trabajamos, convivimos, discutimos, ayudamos o hacemos daño sin darnos cuenta?

Aquí aparece lo que muchas veces se llama los “cristianos de domingo”: personas que cumplen con la misa semanal, pero cuya vida diaria no parece muy distinta de la de cualquiera. Y no se trata de juzgar a nadie, sino de pensar algo importante: si la fe no toca la vida de cada día, ¿qué sentido tiene que se quede solo en un momento puntual?

Si Dios ya nos ama y ya nos perdona, entonces la fe no puede ser solo un trámite de fin de semana. No se trata de ir a “ponerse al día” con Dios, sino de vivir cada día desde esa relación que ya existe.

Confesión
Al final, la pregunta no es si Dios nos perdona después de que nos arrepentimos. La pregunta es otra, mucho más directa: ¿somos capaces de creer que ya estamos perdonados? Porque solo desde esa seguridad puede nacer un cambio real. Y solo desde ese abrazo que va por delante puede empezar una vida nueva.

La historia del hijo pródigo lo muestra muy bien. El hijo se va, lo pierde todo y decide volver a casa con un discurso preparado. Pero el padre no espera a escuchar explicaciones. Sale corriendo, lo abraza y lo acoge antes de que diga nada. No le pide pruebas, no le exige condiciones. Simplemente lo recibe.

Eso cambia la manera de entender el perdón. No es la recompensa al arrepentimiento, sino lo que hace posible que el hijo vuelva.

Por eso, muchas veces nos cuesta creer en un amor así. Como dice Andrés Torres Queiruga, tendemos a pensar el perdón como si fuera una cuenta: algo que se da en función de lo que hacemos bien o mal. Pero la fe cristiana va en otra dirección: el amor de Dios no funciona con medidas ni con balances.

Recuperar la creación. Andrés Torres Queiruga
Como dice Andrés Torres Queiruga, tendemos a pensar el perdón como si fuera una cuenta: algo que se da en función de lo que hacemos bien o mal. Pero la fe cristiana va en otra dirección: el amor de Dios no funciona con medidas ni con balances.

Y cuando uno empieza a entender esto de verdad, algo cambia dentro. Cuando alguien se sabe querido y perdonado de antemano, empieza a vivir de otra manera. Ya no actúa por miedo, sino desde la confianza. Ya no intenta “ganarse” el amor, sino responder a él.

Entonces también cambia la forma de pedir perdón. Decir “perdóname” no es convencer a Dios de nada. Es más bien reconocer algo que ya está pasando: abrir los ojos a un amor que no se ha ido nunca.

Y la vida espiritual deja de ser una especie de control de errores, como si fuera una lista que hay que ir marcando. Se convierte en un camino de transformación desde la seguridad de ser aceptado. No cambiamos para que Dios nos quiera. Cambiamos porque descubrimos que ya nos quiere.

Esto tiene consecuencias muy profundas. Quita el miedo del centro de la fe y lo sustituye por la confianza. Cambia la imagen de un Dios vigilante por la de un Dios que acompaña. Y hace que la moral no sea una carga, sino una respuesta.

Por eso la misericordia de Dios siempre nos supera. No funciona como nuestras ideas de justicia o de merecer cosas. Va mucho más allá.

Al final, la pregunta no es si Dios nos perdona después de que nos arrepentimos. La pregunta es otra, mucho más directa: ¿somos capaces de creer que ya estamos perdonados? Porque solo desde esa seguridad puede nacer un cambio real. Y solo desde ese abrazo que va por delante puede empezar una vida nueva.

 

También te puede interesar

Lo último