Argüello: cuando el púlpito se aleja del Evangelio
Llama la atención que quienes más invocan el Evangelio lo utilicen para juzgar, señalar y tomar partido político. Tal vez el problema no sea la sociedad, sino una fe convertida en altavoz ideológico que ha olvidado a quién debía escuchar primero.
Cuando quien predica el Evangelio lo convierte en un arma para juzgar y recortar derechos, ya no habla en nombre de Dios, sino del poder. Y entonces el problema no es la sociedad: es una jerarquía que ha decidido traicionar el mensaje que dice defender.
Las recientes declaraciones de Luis Argüello no solo resultan profundamente polémicas, sino que evidencian una preocupante desconexión entre cierto sector de la jerarquía eclesiástica y la realidad social, así como con el propio mensaje evangélico que dicen representar. Calificar al Estado como “una cueva de ladrones” mientras se deslizan discursos que cuestionan derechos fundamentales no es un ejercicio de ética, sino de simplificación ideológica y confrontación interesada. Porque si algo enseña el Evangelio es precisamente lo contrario: “No juzguéis y no seréis juzgados” (Lucas 6:37).
Resulta especialmente grave su insistencia en vincular los avances en derechos LGTBIQ+ con una supuesta “deconstrucción antropológica”. Este tipo de afirmaciones no solo carecen de base científica, sino que perpetúan una visión profundamente estigmatizadora y deshumanizante de las personas homosexuales o trans. Hablar de “acompañamiento” como eufemismo de prácticas que buscan corregir la orientación o identidad de las personas no es pastoral: es una forma encubierta de intolerancia que choca frontalmente con el respeto a la dignidad humana. Frente a ello, el mensaje de Jesús es claro: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Juan 13:34). No hay condiciones, no hay excepciones.
“El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Marcos 2:27). Es decir, las normas deben estar al servicio del ser humano, no al revés. Convertir la sexualidad en un campo permanente de culpa y vigilancia es, precisamente, lo contrario de esa enseñanza.
Pero estas declaraciones no surgen en el vacío. Se insertan en una tradición histórica de la Iglesia Católica que durante siglos ha promovido una visión restrictiva del cuerpo, del placer y de la sexualidad. La exaltación de la castidad como virtud suprema y la desconfianza hacia los sentidos han construido una moral basada más en la represión que en la comprensión del ser humano. El placer, aun siendo parte de la experiencia humana y de la propia creación, ha sido frecuentemente tratado como sospechoso o directamente pecaminoso, salvo cuando se subordinaba estrictamente a la procreación.
Sin embargo, esta interpretación contrasta con la actitud de Jesús hacia la vida y las personas. Él no predicó una obsesión por el control del cuerpo, sino una ética del corazón: “El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Marcos 2:27). Es decir, las normas deben estar al servicio del ser humano, no al revés. Convertir la sexualidad en un campo permanente de culpa y vigilancia es, precisamente, lo contrario de esa enseñanza.
Lo paradójico es que mientras se insiste en condenar aspectos íntimos de la vida de las personas, se observa un silencio mucho más tibio —cuando no inexistente— frente a problemas sociales de enorme gravedad. ¿Dónde está la contundencia contra la falta de vivienda, la pobreza estructural o la exclusión social? El propio Evangelio marca la prioridad sin ambigüedades: “Tuve hambre y me disteis de comer, estuve sin casa y me acogisteis” (Mateo 25:35). Este es el criterio central, no la vigilancia de la vida privada.
Luis Argüello no solo llegó a pedir públicamente la convocatoria de elecciones, sino que ha participado en actos junto a Santiago Abascal, alineándose de facto con una determinada opción ideológica. No es extraño, por tanto, que el ministro Félix Bolaños le reclamara “neutralidad política de la Iglesia” tras insinuar su preferencia por ciertos interlocutores políticos. Cuando la jerarquía eclesiástica abandona la equidistancia y entra en la arena partidista, deja de ser referencia moral común para convertirse en un actor más del conflicto político, erosionando aún más su credibilidad ante una sociedad plural que no se siente representada por ese posicionamiento.
En este contexto, resulta también preocupante la crítica al absentismo laboral. Equiparar las bajas médicas con abusos generalizados es profundamente injusto. Una persona enferma no es un privilegiado, sino alguien que atraviesa una situación de vulnerabilidad. Y nuevamente el Evangelio interpela con claridad: “Estuve enfermo y me visitasteis” (Mateo 25:36). No dice “sospechasteis de mí”, ni “me fiscalizasteis”, sino que habla de cuidado y compasión.
A todo ello se suma un elemento especialmente preocupante: la creciente implicación política de quien debería mantener una posición institucional de neutralidad. Luis Argüello no solo llegó a pedir públicamente la convocatoria de elecciones, sino que ha participado en actos junto a Santiago Abascal, alineándose de facto con una determinada opción ideológica. No es extraño, por tanto, que el ministro Félix Bolaños le reclamara “neutralidad política de la Iglesia” tras insinuar su preferencia por ciertos interlocutores políticos. Cuando la jerarquía eclesiástica abandona la equidistancia y entra en la arena partidista, deja de ser referencia moral común para convertirse en un actor más del conflicto político, erosionando aún más su credibilidad ante una sociedad plural que no se siente representada por ese posicionamiento.
En este contexto, resulta también preocupante la crítica al absentismo laboral. Equiparar las bajas médicas con abusos generalizados es profundamente injusto. Una persona enferma no es un privilegiado, sino alguien que atraviesa una situación de vulnerabilidad. Y nuevamente el Evangelio interpela con claridad: “Estuve enfermo y me visitasteis” (Mateo 25:36). No dice “sospechasteis de mí”, ni “me fiscalizasteis”, sino que habla de cuidado y compasión.
Las palabras de Argüello revelan además una cercanía inquietante con determinados planteamientos políticos. El énfasis en la crítica a derechos sociales y civiles coincide con narrativas propias de sectores conservadores y de la ultraderecha, lo que compromete la credibilidad de una institución que debería situarse por encima de las luchas partidistas. Jesús, sin embargo, fue tajante frente al poder cuando este oprimía: “Sabéis que los jefes de las naciones las dominan… No ha de ser así entre vosotros” (Mateo 20:25-26).
No es casualidad que cada vez más personas se distancien de la Iglesia. No lo hacen por rechazo espiritual, sino por rechazo a una institución que perciben como rígida, moralizante y desconectada de los problemas reales. Cuando el discurso religioso se centra en limitar libertades en lugar de ampliarlas, pierde su capacidad de inspirar. Y entonces resuena con fuerza otra advertencia evangélica: “Quitáis cargas pesadas y las ponéis sobre los hombros de los demás” (Mateo 23:4).
El cristianismo, en su esencia, no nació como un sistema de control moral, sino como un mensaje radical de amor, inclusión y justicia. Jesús no señaló a quienes vivían su identidad de forma diferente; señaló la hipocresía: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Juan 8:7). Recuperar ese espíritu implicaría poner en el centro a las personas vulnerables, no fiscalizar la intimidad de los demás.
Por eso, más que una defensa de la ética, las palabras de Argüello parecen reflejar una nostalgia de control sobre la sociedad que ya no existe. Y frente a eso, el Evangelio vuelve a ofrecer una guía sencilla y contundente: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). Y los frutos del juicio constante, la exclusión y la dureza rara vez son justicia o amor.
Lo que resulta inaceptable no es solo el contenido de estas declaraciones, sino la profunda incoherencia que revelan. Quienes dicen hablar en nombre del Evangelio parecen haber olvidado su núcleo: la compasión, la justicia y la dignidad de toda persona. Convertir la fe en un instrumento de control moral y político es traicionar su esencia. No es la sociedad la que se ha alejado del cristianismo, sino una parte de la Iglesia la que se ha alejado de Cristo. Y mientras eso no se reconozca, su palabra seguirá perdiendo autoridad moral.