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Del “cáncer” de Feijóo al silencio de las horas extra: la doble vara de medir con el trabajador

Feijóo habla de absentismo como si el problema fueran los trabajadores.

Pero quizá el verdadero abuso no está en quien falta, sino en quien señala.

Feijóo. Captura

Las declaraciones de Alberto Núñez Feijóo sobre el absentismo laboral no son un simple diagnóstico equivocado: son una construcción política interesada. Al hablar de personas que “no van a trabajar” y siguen cobrando, y al calificar el fenómeno como “un cáncer que no podemos pagar”, el líder del PP no distingue entre situaciones muy diferentes, sino que las mete deliberadamente en el mismo saco. Y en esa simplificación está el problema.

Porque no todo el absentismo es fraude, ni mucho menos. Bajo ese término conviven realidades muy distintas: bajas médicas justificadas, permisos legales, situaciones de desgaste físico y emocional, enfermedades invisibles o conflictos laborales. Sin embargo, el discurso político dominante —compartido también por Vox— opta por una lectura interesada: presentar al trabajador como sospechoso por defecto.

Este intento de criminalizar al enfermo o al desgastado no es solo una estrategia política; es una manifestación flagrante de lo que el Papa Francisco denominó la “cultura del descarte”, donde las personas solo valen en la medida de su productividad y rendimiento económico. Desde esta lógica, quien no produce queda bajo sospecha, como si su dignidad dependiera de su rendimiento.

Derecho a trabajo digno
La Doctrina Social de la Iglesia siempre ha recordado que el salario justo y el respeto a las condiciones pactadas son una exigencia de justicia elemental. Robar el tiempo y el descanso del trabajador mediante horas extra no remuneradas mientras se baten récords de beneficios no es solo un incumplimiento legal; es, éticamente, una injusticia clamorosa.

Y aquí conviene recordar un principio fundamental de la Doctrina Social de la Iglesia, formulado con claridad en la encíclica Laborem Exercens de Juan Pablo II: el trabajo está al servicio de la persona, y no la persona al servicio del trabajo. Culpar sistemáticamente al trabajador, especialmente cuando está enfermo o agotado, choca frontalmente con este principio.

Ese marco no es inocente: sirve para desviar el foco. Mientras se habla de absentismo como problema central, se evita abordar cuestiones mucho más incómodas. Por ejemplo, el hecho de que en España millones de horas extra no se pagan cada año. En 2025, se realizaron unos 130 millones de horas extraordinarias no remuneradas. Casi la mitad de quienes las hicieron no recibieron ni dinero ni descanso compensatorio.

La Doctrina Social de la Iglesia siempre ha recordado queel salario justo y el respeto a las condiciones pactadas son una exigencia de justicia elemental. Robar el tiempo y el descanso del trabajador mediante horas extra no remuneradas mientras se baten récords de beneficios no es solo un incumplimiento legal; es, éticamente, una injusticia clamorosa.

La patronal, encabezada por Antonio Garamendi, habla de un coste de 33.000 millones por las bajas. Pero guarda silencio sobre ese ahorro multimillonario que obtienen muchas empresas incumpliendo la ley. Y esto ocurre, además, en un contexto donde los beneficios empresariales han alcanzado cifras récord, superando los 71.000 millones de euros en 2025.

Por tanto, la pregunta es inevitable: ¿realmente el problema es que la gente no va a trabajar… o que se está construyendo un relato conveniente?

Cuando se habla de absentismo sin matices, se genera una idea peligrosa: que hay un número significativo de personas aprovechándose del sistema. Pero los datos comparados en Europa muestran que el aumento de ausencias laborales es un fenómeno generalizado, ligado a factores como el envejecimiento de la población, el aumento de problemas de salud mental o el desgaste en determinados sectores.

Reducir todo eso a “gente que no quiere trabajar” no es solo una simplificación, es una distorsión.

Es desafortunado llamar cáncer a las bajas laborales
Porque cuando se habla de absentismo en estos términos, lo que viene después es previsible: más dificultades para justificar ausencias, más presión sobre el trabajador y menos protección. Y eso no elimina el problema, lo desplaza y lo agrava.

Además, este discurso tiene consecuencias reales. Introduce sospecha en los centros de trabajo, endurece las relaciones laborales y legitima propuestas que van en una dirección muy clara: recortar derechos y aumentar el control sobre los trabajadores.

Porque cuando se habla de absentismo en estos términos, lo que viene después es previsible: más dificultades para justificar ausencias, más presión sobre el trabajador y menos protección. Y eso no elimina el problema, lo desplaza y lo agrava.

De hecho, puede provocar justo lo contrario de lo que se dice querer evitar. El presentismo —acudir a trabajar en malas condiciones físicas o mentales— aumenta, con consecuencias negativas para la productividad, la salud y el propio sistema sanitario.

Mientras tanto, los conflictos laborales reales siguen creciendo. En Galicia, los trabajadores de los supermercados Gadis han salido a la calle por salarios por debajo del SMI, pérdida de poder adquisitivo y condiciones que consideran inaceptables.

¿De verdad es creíble que el principal problema sea que la gente no quiere trabajar?

Supermercados Gadis y Froiz en huelga por convenio digno
En el fondo, lo que plantea el discurso de Feijóo y Vox no es tanto una solución como una narrativa. Una narrativa que simplifica la realidad para señalar al eslabón más débil y que olvida un principio esencial: la centralidad de la persona. Abordar el absentismo con rigor exige mirar a la persona en su totalidad. Un mercado laboral sano no se construye bajo la sospecha y el miedo, sino desde la dignidad, la justicia y el cuidado mutuo.

Lo que muestran estos ejemplos es otra cosa: un mercado laboral con tensiones, precariedad y desgaste acumulado. Y en ese contexto, las ausencias no son la causa, sino muchas veces la consecuencia.

Hay otro elemento que rara vez se menciona: la culpa del trabajador. Este tipo de discursos la refuerza. Hace que cualquier persona que falte al trabajo —por el motivo que sea— sienta que tiene que justificarse constantemente, que está bajo sospecha. Esto impacta directamente en la salud mental, en el clima laboral y en la dignidad de las personas.

En el fondo, lo que plantea el discurso de Feijóo y Vox no es tanto una solución como una narrativa. Una narrativa que simplifica la realidad para señalar al eslabón más débil y que olvida un principio esencial: la centralidad de la persona.

Abordar el absentismo con rigor exige mirar a la persona en su totalidad.Un mercado laboral sano no se construye bajo la sospecha y el miedo, sino desde la dignidad, la justicia y el cuidado mutuo.

Todo lo demás no es diagnóstico.

¡Es propaganda deshumanizadora!

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