Covadonga, fe y política: cuando el púlpito expulsa en lugar de acoger

La ausencia de Adrián Barbón en Covadonga ya no es un gesto puntual, sino el síntoma de una Iglesia que divide donde debería unir.

Cuando el púlpito se usa para confrontar, la fe corre el riesgo de quedarse sin pueblo.

Homilías de Jesús Sanz propias de Vox, Afirmaba el gobierno asturiano
Homilías de Jesús Sanz propias de Vox, Afirmaba el gobierno asturiano

La ausencia del presidente del Principado de Asturias, Adrián Barbón, en la misa de hoy en Covadonga no es ya una anécdota puntual, sino un síntoma persistente de una fractura incómoda entre una parte de la jerarquía eclesial y una sociedad plural. Por tercer año consecutivo, Barbón ha optado por acudir a otro santuario mariano del occidente asturiano, manteniendo su práctica religiosa, pero alejándose deliberadamente de un escenario que, lejos de unir, se ha convertido en foco de tensión.

El propio presidente lo ha dejado claro: no renuncia a la fe ni a la tradición, sino a un contexto donde su presencia podría alimentar la crispación. Es una decisión que, guste más o menos, interpela directamente a la Iglesia asturiana. ¿Cómo se ha llegado a que un creyente practicante, que reivindica su compromiso cristiano, decida apartarse del principal acto religioso del Día de Asturias?

La respuesta hay que buscarla en el tono y contenido de algunas homilías del arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes. Sus palabras en años recientes, con descalificaciones al feminismo, caricaturizaciones del ecologismo y advertencias políticas de fuerte carga ideológica, han configurado un discurso que muchos perciben como ideologizado, combativo y ajeno a la prudencia pastoral exigible desde el púlpito. No se trata de negar el derecho de la Iglesia a opinar, sino de subrayar que convertir la homilía en altavoz de confrontación partidista desnaturaliza su sentido y erosiona la autoridad moral de quien la pronuncia.

Actos religiosos en Covadonga
Actos religiosos en Covadonga
La crítica a Jesús Sanz Montes no es un ataque personal, sino una llamada a la responsabilidad. El púlpito no puede convertirse en un espacio de agitación ideológica sin coste para la credibilidad de la Iglesia. La autoridad moral no se impone, se gana; y se pierde cuando el mensaje evangélico queda eclipsado por discursos de confrontación.

Porque el problema de fondo no es solo institucional o político, sino profundamente pastoral. Cuando el lenguaje eclesial excluye, caricaturiza o hiere, deja de ser buena noticia. El Evangelio no es un arma arrojadiza, sino un mensaje de acogida. Jesús de Nazaret no construyó comunidades desde el reproche, sino desde la cercanía. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28). Difícilmente encaja este mensaje con discursos que levantan muros morales o sitúan a colectivos enteros bajo sospecha.

En este contexto, la decisión de Barbón puede leerse también como un gesto simbólico: la fe no pertenece a ningún sector ideológico ni puede ser patrimonializada por una determinada lectura política. Dentro del Partido Socialista, como en tantos otros espacios, hay creyentes que viven su fe con coherencia y compromiso social. Movimientos como Cristianos por el Socialismo o figuras como Carlos García de Andoin —teólogo, laico comprometido y referente del cristianismo social en España, con una larga trayectoria de reflexión sobre fe y democracia— recuerdan que la tradición cristiana está profundamente vinculada a la justicia social, la dignidad humana y la construcción del bien común.

Carlos García de Andoin
Carlos García de Andoin
En este contexto, la decisión de Barbón puede leerse también como un gesto simbólico: la fe no pertenece a ningún sector ideológico ni puede ser patrimonializada por una determinada lectura política. Dentro del Partido Socialista, como en tantos otros espacios, hay creyentes que viven su fe con coherencia y compromiso social. Movimientos como Cristianos por el Socialismo o figuras como Carlos García de Andoin —teólogo, laico comprometido y referente del cristianismo social en España, con una larga trayectoria de reflexión sobre fe y democracia— recuerdan que la tradición cristiana está profundamente vinculada a la justicia social, la dignidad humana y la construcción del bien común.

Reducir el cristianismo a una agenda cultural concreta no solo empobrece su riqueza, sino que lo convierte en un instrumento excluyente. Y, lo que es más preocupante, puede resultar expulsivo. Muchos creyentes se sienten desplazados cuando desde instancias eclesiales se proyecta una visión estrecha que no reconoce la pluralidad legítima dentro de la propia Iglesia. El resultado es un distanciamiento silencioso, pero constante.

La Santina de Covadonga
La Santina de Covadonga
La Santina no es patrimonio de una ideología, sino un referente espiritual compartido. Por eso, instrumentalizar ese espacio con mensajes que dividen o provocan es un error pastoral grave, especialmente en una jornada que debería ser de encuentro y comunión.

El caso de Covadonga es paradigmático porque se trata de un lugar cargado de simbolismo para Asturias. La Santina no es patrimonio de una ideología, sino un referente espiritual compartido. Por eso, instrumentalizar ese espacio con mensajes que dividen o provocan es un error pastoral grave, especialmente en una jornada que debería ser de encuentro y comunión.

No deja de ser significativo que Barbón haya reivindicado la figura del papa Francisco en este contexto. El pontífice argentino insistió en una Iglesia en salida, capaz de dialogar con el mundo contemporáneo sin caer en condenas simplistas. Francisco defendió una Iglesia que escucha, que acompaña y que evita erigirse en tribunal permanente de la sociedad, recordando que la misión principal no es señalar, sino sanar.

Frente a esta visión, determinadas homilías de Sanz Montes parecen situarse en un registro opuesto: más centradas en marcar fronteras que en tender puentes, más preocupadas por combatir que por comprender. En un contexto social ya de por sí polarizado, este tipo de intervenciones no solo no ayudan, sino que contribuyen a agravar la fractura.

La cuestión, por tanto, no es si un presidente debe o no asistir a una misa concreta, sino qué tipo de Iglesia se proyecta en ese acto. ¿Una Iglesia que acoge la diversidad de sus fieles o una que delimita quién encaja y quién no? ¿Una Iglesia que dialoga con la realidad o que la interpela desde posiciones rígidas y poco matizadas?

Papa Francisco
Papa Francisco

Las palabras importan. Y en contextos como el del Día de Asturias, aún más. Porque no se trata de un acto cualquiera, sino de una celebración que debería reforzar la convivencia. Sembrar polémica desde el púlpito en un día así no es solo inoportuno: es pastoralmente imprudente y eclesialmente empobrecedor.

La crítica a Jesús Sanz Montes no es un ataque personal, sino una llamada a la responsabilidad. El púlpito no puede convertirse en un espacio de agitación ideológica sin coste para la credibilidad de la Iglesia. La autoridad moral no se impone, se gana; y se pierde cuando el mensaje evangélico queda eclipsado por discursos de confrontación.

Quizá este episodio debería servir para abrir un diálogo más profundo dentro de la Iglesia asturiana y española. Un diálogo sobre el tono, el lenguaje y la misión en una sociedad plural.

Porque, al final, la pregunta es sencilla pero decisiva: ¿queremos una Iglesia que invite a entrar o una que, consciente o inconscientemente, empuje a salir? La respuesta no se juega en los documentos, sino en cada homilía. Y también, como demuestra el caso de Barbón, en cada ausencia que termina siendo un mensaje en sí misma.

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