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El “Cura Tinder” y el Evangelio filtrado: cuando el amor necesita permiso para existir

El sacerdote Fernando Cuevas presiona el botón de filtrado: si no vas a misa los domingos, no entras en su lista. Lo que el «Cura Tinder» presenta como pragmatismo pastoral es un peaje espiritual que exige un pasaporte religioso para conceder el derecho a amar.

Fernando Cuevas. Cura Tinder

El padre Fernando Cuevas, sacerdote de más de 70 años, ha desarrollado durante los últimos tres lustros un apostolado singular que algunos ya han bautizado sin demasiada ceremonia como el “Cura Tinder”. Su método —basado en WhatsApp, cuestionarios personales y discernimiento de perfiles— ha llegado a unir, según sus propios datos, a más de 1.200 parejas.

La historia se presenta como un éxito pastoral en medio de la crisis afectiva contemporánea. Su propuesta combina tecnología, acompañamiento espiritual y un sistema de selección muy definido. Y precisamente ahí aparece el problema: cuando el acompañamiento pastoral se convierte en un mecanismo de filtrado del amor, la cuestión deja de ser organizativa y se vuelve evangélica.

El método es claro: mayores de edad, residencia cercana, cuestionario personal y, sobre todo, una práctica religiosa concreta, incluida la asistencia a misa dominical como requisito explícito. A partir de ahí, el sacerdote cruza perfiles, propone encuentros y facilita contactos. El resultado, según sus propias afirmaciones, sería extraordinario: cientos de matrimonios y ausencia de rupturas registradas.

Sacramento del matrimonio
En los Evangelios, Jesús no levanta barreras de entrada basadas en la práctica religiosa como condición de acceso al amor o a la verdad de las personas. Al contrario, su movimiento es otro: rompe los perímetros establecidos, incomoda los centros de poder religioso y desplaza constantemente el foco hacia los márgenes. “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos” (Marcos 2,17) no es una metáfora piadosa, sino una inversión radical del criterio de pertenencia.

La cifra impresiona. Pero la pregunta incómoda permanece intacta: qué idea del amor y de Dios se está construyendo cuando una práctica central de la vida cristiana como la misa dominical se convierte en condición previa para considerar a alguien apto para amar o ser amado.

Porque el riesgo no está en ayudar a las personas a encontrarse. Está en otra operación más sutil: convertir la fe en un filtro de acceso al amor legítimo, como si el vínculo humano necesitara una acreditación religiosa para ser verdadero. Ahí el problema deja de ser metodológico y se vuelve teológico.

En los Evangelios, Jesús no levanta barreras de entrada basadas en la práctica religiosa como condición de acceso al amor o a la verdad de las personas. Al contrario, su movimiento es otro: rompe los perímetros establecidos, incomoda los centros de poder religioso y desplaza constantemente el foco hacia los márgenes. “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos” (Marcos 2,17) no es una metáfora piadosa, sino una inversión radical del criterio de pertenencia. Y cuando la religión se endurece en forma de frontera, el propio texto se vuelve incómodo: “¡Ay de vosotros… que cerráis a los hombres el Reino de los cielos!” (Mateo 23,13).

El problema no es la misa dominical en sí —que en la tradición cristiana es central—, sino su uso como filtro previo que decide quién entra en el terreno del amor “válido”. Ahí se produce un desplazamiento silencioso: lo que es fuente de vida espiritual se convierte en mecanismo de selección humana.

Papeles en el matrimonio
El fenómeno del “Cura Tinder” revela algo real: hay hambre de vínculos estables, de compromiso, de amor que dure. Pero la respuesta no puede construirse sobre una reducción del amor a compatibilidades filtradas por práctica religiosa previa. Porque cuando eso ocurre, el efecto es claro: se gana orden, pero se pierde profundidad; se gana control, pero se pierde reconocimiento; se gana sistema, pero se pierde Evangelio.

La vida, sin embargo, no se deja encerrar en esquemas tan limpios.

Conozco personalmente una pareja que desmonta cualquier lógica de ese tipo. No estaban casados ni por la Iglesia ni por lo civil. No compartían práctica religiosa ni respondían a ningún marco eclesial. Y, sin embargo, su vida en común fue un testimonio difícil de relativizar. Los he conocido, he compartido con ellos tiempo suficiente para afirmar que lo suyo no era una teoría del amor, sino una realidad vivida: cuidado cotidiano, fidelidad constante, una forma de presencia mutua que no dependía de validación externa para existir.

Cuando ella enfermó de cáncer con metástasis, él permaneció a su lado hasta el final, con una entrega sin fisuras. Y tras su muerte, él no ha rehecho su vida: permanece marcado por un duelo que habla de la densidad real de ese vínculo.

Y aquí aparece un punto clave que tensiona el discurso del propio sacerdote, cuando afirma la necesidad de “tener a Cristo en la vida” como condición del amor auténtico. Porque la experiencia de esta pareja obliga a matizar esa afirmación desde dentro de la tradición cristiana: no todo lo que no pasa por los cauces explícitos de la fe queda automáticamente fuera de la presencia de Dios.

En esta línea, la teología contemporánea ha explorado con libertad una intuición incómoda pero fecunda: la posibilidad de pensar el “ateísmo como experiencia cristiana de Dios”, título de un libro del monje benedictino ya fallecido Juan Antonio Pascual. La idea no banaliza la fe ni disuelve sus fronteras, pero sí introduce una afirmación decisiva: donde hay amor real, donde hay entrega, donde hay cuidado del otro hasta el extremo, allí hay una forma de presencia de Dios que desborda las etiquetas religiosas.

Libro de Juan Antonio Pascual
En esta línea, la teología contemporánea ha explorado con libertad una intuición incómoda pero fecunda: la posibilidad de pensar el “ateísmo como experiencia cristiana de Dios”, título de un libro del monje benedictino ya fallecido Juan Antonio Pascual. La idea no banaliza la fe ni disuelve sus fronteras, pero sí introduce una afirmación decisiva: donde hay amor real, donde hay entrega, donde hay cuidado del otro hasta el extremo, allí hay una forma de presencia de Dios que desborda las etiquetas religiosas.

Desde ahí, la historia de esta pareja deja de ser una excepción sentimental para convertirse en una pregunta teológica seria: si allí donde hay amor hay entrega, y allí donde hay entrega el Evangelio reconoce huellas del Reino, ¿con qué derecho se establece un filtro previo que decide qué amores son “aptos” para ser reconocidos?

El Evangelio responde con una lógica que desactiva cualquier sistema cerrado: “por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7,16). No por los requisitos previos. No por la casilla cumplida. Por los frutos.

Y los frutos, cuando son reales, no necesitan defensa: fidelidad, cuidado, permanencia, entrega. Pablo lo expresa sin condiciones ni filtros: “el amor es paciente, es bondadoso… todo lo soporta, todo lo espera, todo lo aguanta” (1 Corintios 13).

El problema aparece cuando la fe deja de ser apertura y se convierte en frontera. Cuando lo central del cristianismo se usa como criterio de selección humana. Ahí ocurre algo más profundo que un error pastoral: se reorganiza la realidad como si Dios solo pudiera actuar dentro de los límites que hemos trazado para Él.

Ritos de casamiento
El problema es cuando los filtros empiezan a decidir qué amor merece ser visto y cuál no. Y en ese momento, lo que se pierde no es el amor… es la capacidad de reconocerlo.

Pero el propio Evangelio resiste esa tentación con una frase que desarma cualquier cierre: “el viento sopla donde quiere” (Juan 3,8). No donde se le autoriza. No donde se le encuadra. Donde quiere.

Y aquí se abre una cuestión que la Iglesia ya no puede esquivar. Frente a los modelos de selección previa, el impulso eclesial reciente —desde la «Iglesia hospital de campaña» hasta la sinodalidad— apunta en otra dirección: no a una comunidad que clasifica antes de mirar, sino a una que discierne caminando y acompaña antes de exigir.

El fenómeno del “Cura Tinder” revela algo real: hay hambre de vínculos estables, de compromiso, de amor que dure. Pero la respuesta no puede construirse sobre una reducción del amor a compatibilidades filtradas por práctica religiosa previa. Porque cuando eso ocurre, el efecto es claro: se gana orden, pero se pierde profundidad; se gana control, pero se pierde reconocimiento; se gana sistema, pero se pierde Evangelio.

Porque el verdadero problema no es que el amor falle fuera de los filtros.

El problema es cuando los filtros empiezan a decidir qué amor merece ser visto y cuál no. Y en ese momento, lo que se pierde no es el amor… es la capacidad de reconocerlo.

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