Cuando el poder deja de servir: Ketty Garat y la política que hemos perdido
En una sociedad necesitada de referentes, la honradez y la valentía de quienes no se rinden ante el poder son un verdadero servicio a la verdad. Ketty Garat nos recuerda que, cuando todo parece tener un precio, todavía hay personas dispuestas a defender sus principios y a pagar el precio de ser fieles a ellos.
Hay entrevistas que van mucho más allá de las respuestas de quien las protagoniza y terminan convirtiéndose en una reflexión sobre la sociedad en la que vivimos. La entrevista de Ketty Garat en Vida Nueva es una de ellas. No solo por las cuestiones políticas que aborda y por sus investigaciones sobre el poder, sino porque, cuando le preguntan qué la ha sostenido después de años de presiones, amenazas y coacciones, responde con una palabra que hoy adquiere un significado extraordinario: la fe. Fe en Dios y en la verdad. Una fe que, según sus propias palabras, guía sus decisiones, orienta sus pasos y da sentido a su trabajo.
Hay que reconocer, por tanto, la valentía de Ketty Garat. Investigar al poder nunca ha sido sencillo, pero hacerlo cuando aparecen presiones, campañas de descrédito y amenazas exige algo más que preparación profesional: exige convicciones, fortaleza moral y la voluntad firme de no rendirse ante el miedo. En una sociedad donde tantas veces parece que todo tiene un precio, resulta reconfortante encontrar a una periodista que afirma que su trabajo está sostenido por la fe y por la búsqueda de la verdad.
Pablo Iglesias Posse fue un hombre de origen humilde y de vida austera. Se recuerda de él aquella imagen de sencillez en la que, cuando se reunía con compañeros que podían permitirse bebidas más costosas, él pedía agua y unos azucarillos. Más allá de la anécdota, la imagen representa una manera de entender la política desde la austeridad y la entrega. El político no estaba llamado a vivir por encima de aquellos a quienes representaba, sino a ponerse al servicio de ellos.
En la entrevista le preguntan qué pensaría Pablo Iglesias Posse, fundador del PSOE, si pudiera contemplar los casos de corrupción y el deterioro político que estamos viviendo. Garat responde que probablemente se escandalizaría ante determinadas actuaciones del partido que fundó y ante el deterioro institucional que observa. Y esa pregunta nos permite hacer otra más amplia: ¿qué pensarían hoy los fundadores de nuestros partidos al contemplar en qué se ha convertido, demasiadas veces, la política?
Pablo Iglesias Posse fue un hombre de origen humilde y de vida austera. Se recuerda de él aquella imagen de sencillez en la que, cuando se reunía con compañeros que podían permitirse bebidas más costosas, él pedía agua y unos azucarillos. Más allá de la anécdota, la imagen representa una manera de entender la política desde la austeridad y la entrega. El político no estaba llamado a vivir por encima de aquellos a quienes representaba, sino a ponerse al servicio de ellos.
Pero sería injusto convertir esta reflexión en una acusación exclusiva contra el Partido Socialista. La corrupción no tiene ideología, ni color, ni carné político. España ha conocido graves casos vinculados al PSOE, pero también al Partido Popular y a otras formaciones. Los nombres de Rato, Bárcenas, Gürtel y tantos otros episodios forman parte de una historia demasiado larga de decepciones. El problema no es, por tanto, una sigla concreta, sino cuando la política deja de entenderse como servicio y empieza a entenderse como poder, privilegio o beneficio personal.
Los nombres de Rato, Bárcenas, Gürtel y tantos otros episodios forman parte de una historia demasiado larga de decepciones. El problema no es, por tanto, una sigla concreta, sino cuando la política deja de entenderse como servicio y empieza a entenderse como poder, privilegio o beneficio personal.
A propósito de todo ello, me parece oportuno traer a esta reflexión la figura de Pepe Mujica, expresidente de Uruguay. Con todas las diferencias ideológicas que podamos tener con él y desde su agnosticismo, Mujica representó una manera de entender la política marcada por la austeridad, el desprendimiento y una vida alejada de los lujos del poder. Su forma de vivir nos recordaba que el dinero no puede comprar la vida, porque para conseguirlo entregamos algo que no vuelve: nuestro tiempo, esos días y esos años que Dios nos concede.
A propósito de todo ello, me parece oportuno traer a esta reflexión la figura de Pepe Mujica, expresidente de Uruguay. Con todas las diferencias ideológicas que podamos tener con él y desde su agnosticismo, Mujica representó una manera de entender la política marcada por la austeridad, el desprendimiento y una vida alejada de los lujos del poder. Su forma de vivir nos recordaba que el dinero no puede comprar la vida, porque para conseguirlo entregamos algo que no vuelve: nuestro tiempo, esos días y esos años que Dios nos concede.
Fue una figura política singular, capaz de convertir su propia austeridad en parte de su mensaje público. La coherencia entre lo que se predica y la manera en que se vive debería ser una exigencia para cualquier persona que ejerza responsabilidades públicas, tenga la ideología que tenga.
También merece la pena recordar otra imagen de nuestra propia tierra. Manuel Fraga, presidente del Partido Popular, y Xosé Manuel Beiras, uno de los grandes referentes del Bloque Nacionalista Galego, representaban dos formas de entender Galicia, España y la política prácticamente en las antípodas. Eran hombres de opiniones fuertes y, en muchos asuntos, radicalmente enfrentados. Sin embargo, fueron capaces de sentarse juntos a comer y conversar. No dejaron de discrepar, pero entendieron que el adversario político no tenía por qué convertirse en enemigo personal. Dos hombres muy diferentes en sus ideas, pero que supieron mantener el respeto y cuya trayectoria política muchos recuerdan también desde la perspectiva de la austeridad y la honradez.
Qué falta nos hace hoy esa actitud. Hemos confundido la discrepancia con el odio y la defensa de las propias ideas con la obligación de destruir al que piensa diferente. Una democracia necesita confrontación, pero confrontación de ideas; necesita partidos diferentes, pero capaces de comprender que por encima de las siglas está el bien común.
La Doctrina Social de la Iglesia ofrece aquí una enseñanza extraordinariamente actual. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia afirma que «el bien común es la razón de ser de la autoridad política». El poder encuentra su justificación en aquello que hace por el conjunto de la sociedad, no en los beneficios que pueda proporcionar a quienes lo ejercen. La autoridad debe entenderse como servicio y orientarse hacia el bien de todos.
Manuel Fraga, presidente del Partido Popular, y Xosé Manuel Beiras, uno de los grandes referentes del Bloque Nacionalista Galego, representaban dos formas de entender Galicia, España y la política prácticamente en las antípodas. Eran hombres de opiniones fuertes y, en muchos asuntos, radicalmente enfrentados. Sin embargo, fueron capaces de sentarse juntos a comer y conversar. No dejaron de discrepar, pero entendieron que el adversario político no tenía por qué convertirse en enemigo personal.
Por eso resulta tan grave cuando el político utiliza el cargo para sí mismo, para su partido o para su círculo de intereses. La Doctrina Social de la Iglesia insiste en que quienes ejercen responsabilidades públicas deben hacerlo con espíritu de servicio, buscando el bien común y respetando la dignidad de cada persona. Y advierte de que la corrupción política destruye la confianza de los ciudadanos en las instituciones.
¿No es eso precisamente lo que estamos viendo? Cuando alguien comete una irregularidad y, en lugar de asumir responsabilidades, parece encontrar una nueva salida, aparece esa amarga expresión popular: en política algunos no caen, sino que caen para arriba. Cambian de despacho, de organismo o de responsabilidad, mientras la ciudadanía observa con creciente desconfianza. Y esto no es patrimonio de un partido: cuando se instala el partidismo, todos corren el riesgo de aplicar una vara de medir para los propios y otra para los adversarios.
Y aquí el Evangelio vuelve a hablarnos con una claridad impresionante. Jesucristo dice: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor». Para un cristiano, el poder no es un privilegio: es una responsabilidad y un servicio. Cristo nos ofrece también una regla de oro para la vida pública cuando nos pide hacer a los demás lo que queramos que ellos nos hagan. Y cuando habla de la verdad, su enseñanza es todavía más radical: «la verdad os hará libres».
Aplicado a la política, el mensaje es de una enorme exigencia: no puede haber una verdad para los nuestros y otra para los demás, ni una justicia que aplaudimos cuando persigue al adversario y cuestionamos cuando nos afecta. La honestidad tiene que ser la misma para todos. Si condenamos la corrupción del adversario, debemos condenarla con la misma firmeza cuando aparece entre los nuestros.
Su testimonio en Vida Nueva no habla solamente de periodismo. Habla de una manera de entender la vida. La fe en Dios y en la verdad como fundamento para no rendirse ante las amenazas es un testimonio que merece ser escuchado. Y este fin de semana, en Cabañas, en Galicia, presentó su libro ante una sala completamente repleta, con más de quinientas personas, una muestra del interés que despierta su trabajo y de que existe una ciudadanía que quiere conocer, preguntar y comprender.
Por eso necesitamos menos políticos que quieran servirse del poder y más servidores públicos que entiendan el poder como servicio. Necesitamos periodistas que investiguen a todos, sin importar el color político del investigado. La verdad no puede ser de izquierdas ni de derechas. La corrupción tampoco puede indignarnos solamente cuando afecta al adversario y parecernos disculpable cuando afecta a los nuestros.
Por eso merece especial reconocimiento Ketty Garat. Su testimonio en Vida Nueva no habla solamente de periodismo. Habla de una manera de entender la vida. La fe en Dios y en la verdad como fundamento para no rendirse ante las amenazas es un testimonio que merece ser escuchado. Y este fin de semana, en Cabañas, en Galicia, presentó su libro " Todos los hombres de Sanchez" ante una sala completamente repleta, con más de quinientas personas, una muestra del interés que despierta su trabajo y de que existe una ciudadanía que quiere conocer, preguntar y comprender.
Quizá esa sea la lección que podemos extraer de Ketty Garat, Pablo Iglesias Posse, Mujica, Fraga y Beiras, cada uno desde su propia historia y desde posiciones muy diferentes: la política necesita recuperar la austeridad, la ejemplaridad, el diálogo y el sentido del servicio.
Gracias, Ketty Garat, por recordarnos, desde tu fe y desde tu profesión, que buscar la verdad también es una forma de servir a la sociedad. Y gracias por recordarnos algo que nuestra política parece haber olvidado: que una democracia no se salva solamente con elecciones y partidos, sino también recuperando la honradez, la ejemplaridad, el diálogo y la conciencia de que gobernar es servir.
Porque el poder pasa. Los cargos pasan. Las siglas pasan. Lo que permanece es el bien que hayamos hecho a los demás.
Y al final, Evangelio y Doctrina Social de la Iglesia coinciden en algo esencial: quien recibe autoridad recibe una responsabilidad; quien tiene poder debe ponerlo al servicio de los demás.
Gracias, Ketty Garat, por recordarnos, desde tu fe y desde tu profesión, que buscar la verdad también es una forma de servir a la sociedad. Y gracias por recordarnos algo que nuestra política parece haber olvidado: que una democracia no se salva solamente con elecciones y partidos, sino también recuperando la honradez, la ejemplaridad, el diálogo y la conciencia de que gobernar es servir.