Destino Manifiesto. USA y Apocalipsis

«Es nuestro destino manifiesto extendernos por el continente que la Providencia nos ha asignado para el libre desarrollo de nuestros millones que crecen cada año».

John L. O’Sullivan (1845)

Donald Trump
Donald Trump

Desde sus orígenes, Estados Unidos ha construido su identidad política sobre una convicción que roza lo religioso: la certeza de haber sido elegido por Dios para una misión histórica única. El llamado Destino Manifiesto no fue solo una doctrina de expansión territorial, sino una teología civil, una fe secular que identifica la voluntad divina con los intereses de un Estado concreto. Bajo esa lógica, la conquista, la imposición económica y la intervención militar dejaron de percibirse como pecado para presentarse como obediencia. No es una novedad en la historia: los imperios antiguos se creían bendecidos por sus dioses, y el cristianismo, cuando se alía con el poder, corre siempre el riesgo de traicionar el Evangelio en nombre de Dios.

Jesús de Nazaret fue radicalmente claro frente a esta tentación. Rechazó el poder político cuando se le ofreció como atajo mesiánico —“todo esto te daré si te postras y me adoras”— y respondió con una frase decisiva: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo servirás” (Mt 4,10). El Evangelio no legitima imperios; los desenmascara. No sacraliza la fuerza; la pone en crisis. Sin embargo, el Destino Manifiesto invirtió esta lógica y convirtió la expansión en sacramento, la economía en signo de bendición y el éxito en prueba de elección divina.

Esta idea de elección divina se ha repetido a lo largo de las últimas décadas. Presidentes y líderes religiosos han insistido en que Estados Unidos es un país excepcional, imprescindible para la humanidad, casi una condición de posibilidad para que el mundo exista. Cuando una nación se atribuye ese lugar, el resto queda degradado. Ya no son hermanos, sino objetos de tutela; no pueblos con dignidad propia, sino escenarios donde desplegar la misión del elegido. El Evangelio, sin embargo, afirma exactamente lo contrario: “Todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8), y ninguno puede colocarse en el lugar de Dios sin caer en idolatría.

Libro Destino Manifiesto
Libro Destino Manifiesto

La Doctrina Monroe, formulada en el siglo XIX, fue la traducción política de esta mentalidad. Bajo el lema “América para los americanos”, se estableció una zona de influencia que, en la práctica, negó a América Latina la posibilidad de una soberanía plena. Se habló de protección, pero se ejerció control; se invocó la libertad, pero se impuso dependencia. Jesús había advertido a sus discípulos: “Los jefes de las naciones las oprimen… no será así entre vosotros” (Mt 20,25-26). Sin embargo, el modelo imperial ignoró esta palabra y organizó el continente según una lógica centro–periferia que convirtió a millones de personas en medios para un fin ajeno.

Aquí resulta especialmente iluminadora la lectura del Apocalipsis propuesta por Xabier Pikaza. Para él, la Bestia no es una figura fantasiosa ni una profecía de terror, sino una estructura histórica de poder que se absolutiza. El mal no se presenta siempre como caos, sino como orden injusto; no como violencia descontrolada, sino como sistema eficaz que exige adhesión total. La Bestia política necesita una segunda Bestia que la legitime, que la haga hablar, que le dé un lenguaje moral o religioso. Cuando eso ocurre, el dominio deja de parecer violento y pasa a presentarse como necesario.

X.Pikaza subraya un rasgo central del Apocalipsisla idolatría. La Bestia exige adoración porque ha ocupado el lugar de Dios. En este punto, el texto bíblico utiliza una de las imágenes más duras: la prostituta. No como insulto moral, sino como símbolo de un sistema que mercantiliza la vida, que vende cuerpos, pueblos y conciencias. La prostitución de la que habla el Apocalipsis es social, económica y política. Es la expresión de una falta radical de amor que se traduce en opresión, violencia y desigualdad estructural. Los reyes de la tierra —dice el texto— se embriagan con la sangre que ellos mismos derraman, celebrando su riqueza mientras destruyen la vida.

Apocalipsis X. Pikaza
Pikaza insiste en que el Apocalipsis no es un libro de miedo, sino de esperanza para los crucificados de la historia. La Bestia parece invencible, pero su poder es limitado.

Esta clave permite leer críticamente tanto el pasado imperial como el presente. Donald Trump no inventa esta lógica; la explicita. Su discurso sin disimulos, sus amenazas abiertas a América Latina, su reivindicación directa de la Doctrina Monroe y su manera de entender la política como imposición revelan una concepción del mundo profundamente anti-evangélica. No hay espacio para la fraternidad, solo para la fuerza. No hay reconocimiento del otro como prójimo, sino cálculo estratégico. El Evangelio pregunta: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mc 8,36). El imperialismo responde con mercados, sanciones y amenazas.

En este marco se entiende también su insistencia en tratar territorios como mercancía,como ahora, al plantear la posibilidad de hacerse con Groenlandia. Más allá de lo anecdótico, este gesto revela una mentalidad donde todo tiene precio: la tierra, los recursos y la soberanía de los pueblos. Groenlandia, la isla más grande del mundo, posee un enorme valor geoestratégico y cuenta con minerales como litio, níquel, cobalto y tierras raras, esenciales para la economía global y la transición tecnológica. Además, la apertura de nuevas rutas marítimas en el Ártico la convierte en una pieza central del control estratégico del hemisferio. La insistencia de Trump en adquirir la isla, ignorando la soberanía de sus habitantes y la negativa del gobierno danés, es un ejemplo vivo de cómo el poder absolutizado se cree autorizado a comprar y vender lo que pertenece a otros. Es la lógica de la Bestia económica que describe el Apocalipsis: nadie puede comprar ni vender si no acepta su marca. Jesús, en cambio, expulsó a los mercaderes del templo porque habían convertido lo sagrado en negocio. El sistema actual hace lo contrario: convierte el negocio en sagrado.

Pikaza insiste en que el Apocalipsis no es un libro de miedo, sino de esperanza para los crucificados de la historia. La Bestia parece invencible, pero su poder es limitado. Se sostiene sobre la injusticia y, por eso mismo, está condenado a caer. La resistencia de los pueblos, especialmente en América Latina, no es solo política: es profundamente espiritual. Es una negativa a adorar al ídolo del capital, del poder absoluto y del progreso sin límites. Es un eco de aquella palabra de los Hechos de los Apóstoles: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29).

Frente a la soberbia imperial que se cree bendecida por Dios, el Evangelio propone otro camino: el del servicio, la humildad y la justicia. El Apocalipsis anuncia que la última palabra no la tiene la Bestia, sino el Cordero. No el que domina, sino el que entrega la vida. En un tiempo en que vuelven los lenguajes de amenaza, ocupación y elección divina excluyente, esta esperanza no es ingenuidad: es fe crítica, memoria evangélica y compromiso con la dignidad de todos los pueblos. La Bestia pasa, la vida permanece.

Pikaza
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