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Diálogo no es justicia: cuando la Iglesia escucha, pero no responde

Escuchar a las víctimas no es hacer justicia. Ante la cita en Lourdes, la Iglesia se juega su credibilidad: o desmonta la cultura del encubrimiento o sus gestos de acogida se convertirán en una nueva forma de aplazamiento.

Abusos en la Iglesia francesa. captura de pantalla

La reunión anunciada en Lourdes entre víctimas de abusos sexuales y el Papa León XIV no es irrelevante, pero tampoco puede presentarse como un punto de llegada. Las propias víctimas lo han dicho con claridad: dialogar no es condonar. Y conviene añadir algo más incómodo aún: escuchar tampoco es hacer justicia. Durante demasiado tiempo, la Iglesia ha convertido el gesto en sustituto de la transformación, la acogida en reemplazo de la reparación, y el perdón en coartada para evitar cambios profundos.El problema no es la falta de palabras, sino la escasez de decisiones que cambien de verdad la realidad de quienes han sufrido.

El Evangelio no deja margen para ambigüedades en este asunto. En Mateo 18,6, Jesús pronuncia una de las frases más duras de todo el Nuevo Testamento: “Al que escandalice a uno de estos pequeños… más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar”. No es una exageración retórica. Es una advertencia directa, brutal, contra quienes abusan de los vulnerables. No hay en esas palabras espacio para matices institucionales ni para estrategias de comunicación. La radicalidad del mensaje evangélico contrasta con la prudencia calculada de muchas respuestas oficiales.

En Mateo 18,6, Jesús pronuncia una de las frases más duras de todo el Nuevo Testamento: “Al que escandalice a uno de estos pequeños… más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar”. No es una exageración retórica. Es una advertencia directa, brutal, contra quienes abusan de los vulnerables. No hay en esas palabras espacio para matices institucionales ni para estrategias de comunicación.

Y, sin embargo, la distancia entre ese mensaje y la práctica de la institución ha sido, en demasiadas ocasiones, escandalosa. Durante décadas, los abusos no solo ocurrieron: fueron ocultados. Se trasladó a agresores, se silenció a víctimas, se protegió la reputación por encima de la verdad. No hablamos de errores puntuales, sino de un patrón repetido, sostenido por una cultura que priorizó la institución sobre las personas. Ese patrón no se desmonta con encuentros puntuales ni con declaraciones bien formuladas.

Jesús también fue implacable con la hipocresía religiosa. En Mateo 23,27, denuncia: “¡Ay de vosotros… que sois como sepulcros blanqueados!”. La acusación es clara: cuidar la apariencia mientras se ignora la justicia es corrupción moral. Y cuando una institución se preocupa más por su imagen que por las víctimas, esa crítica deja de ser histórica para volverse presente. La cuestión no es si la Iglesia quiere parecer justa, sino si está dispuesta a serlo cuando eso implica asumir costes reales.

El problema no es solo lo que se hizo, sino cómo se hizo posible. Una estructura donde la autoridad no se cuestiona y la obediencia se absolutiza crea el terreno perfecto para el abuso. Cuando el poder se concentra y no rinde cuentas, cuando el silencio se considera virtud y la denuncia se percibe como amenaza, el resultado es previsible. El propio Jesús lo advirtió en Marcos 10,42-43: “No ha de ser así entre vosotros; el que quiera ser grande, que sea vuestro servidor”. El modelo evangélico no es poder, es servicio. Todo lo que se aleje de eso, traiciona su raíz más profunda.

Por eso resulta insuficiente que las víctimas sean recibidas en encuentros individuales, en formatos controlados y con criterios poco transparentes. Si el problema es sistémico, la respuesta no puede ser fragmentaria. Si el daño ha sido estructural, la reparación no puede limitarse a gestos simbólicos. Las víctimas no necesitan solo ser escuchadas; necesitan ver que aquello que permitió su sufrimiento está siendo desmantelado.

Abusos de menores en la Iglesia
Cuando la institución se protege a sí misma por encima de las personas, todo se distorsiona. La prioridad deja de ser el sufrimiento concreto de las víctimas y pasa a ser la estabilidad del sistema. Y entonces aparecen justificaciones, silencios, dilaciones. No porque falten normas, sino porque falta voluntad de aplicarlas sin excepciones.

Hay además un punto especialmente delicado: la relación con la justicia civil. Durante años, algunos sectores eclesiales actuaron como si sus normas internas fueran suficientes, como si la institución pudiera autorregularse al margen de las leyes comunes. Pero el Evangelio no respalda esa lógica. En Mateo 5,37 se insiste: “Que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no”. No hay espacio para dobles discursos ni para verdades a medias. La transparencia no es una opción estratégica; es una exigencia ética.

La raíz del problema no es solo moral, sino cultural. Cuando la institución se protege a sí misma por encima de las personas, todo se distorsiona. La prioridad deja de ser el sufrimiento concreto de las víctimas y pasa a ser la estabilidad del sistema. Y entonces aparecen justificaciones, silencios, dilaciones. No porque falten normas, sino porque falta voluntad de aplicarlas sin excepciones.

En Lucas 12,1, Jesús advierte: “Guardaos de la levadura… que es la hipocresía”. Esa levadura actúa en silencio, pero lo impregna todo. La hipocresía no estalla: se normaliza, se justifica, se vuelve cultura. Y cuando eso ocurre, incluso las buenas intenciones quedan atrapadas en una lógica que termina protegiendo al fuerte y dejando solo al vulnerable.

El dolor de las victimas
¿la Iglesia está dispuesta a dejar de protegerse a sí misma para proteger de verdad a los más vulnerables? Si la respuesta no se traduce en hechos concretos, el diálogo seguirá siendo solo eso: palabras que no tocan la realidad ni cambian las estructuras que han permitido el daño. Y entonces el problema deja de ser la falta de información o de conciencia para convertirse en una cuestión de voluntad.

El encuentro en Lourdes puede ser un paso, pero no basta. Las víctimas no piden gestos: piden justicia. No buscan palabras: exigen cambios. Piden procesos claros, responsabilidades asumidas, colaboración plena con la justicia civil y reparación efectiva. Piden, en definitiva, que lo que ocurrió no vuelva a repetirse bajo ningún pretexto.

Porque, al final, la pregunta es inevitable y profundamente incómoda: ¿la Iglesia está dispuesta a dejar de protegerse a sí misma para proteger de verdad a los más vulnerables? Si la respuesta no se traduce en hechos concretos, el diálogo seguirá siendo solo eso: palabras que no tocan la realidad ni cambian las estructuras que han permitido el daño. Y entonces el problema deja de ser la falta de información o de conciencia para convertirse en una cuestión de voluntad. No basta con escuchar mejor ni con expresar mayor sensibilidad; lo decisivo es romper con dinámicas de encubrimiento, asumir responsabilidades reales y someterse sin reservas a la verdad, aunque esa verdad resulte incómoda. Porque mientras eso no ocurra, cada gesto corre el riesgo de convertirse en una forma más sofisticada de aplazamiento, y el tiempo, en este asunto, no neutraliza el dolor: lo agrava.

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