Evaristo Villar y la igualdad amputada: nacionalidad sin voto, bautismo sin voz

Ciudadanía sin voto y bautismo sin voz. Inspirados por Evaristo Villar, analizamos la esquizofrenia de unas instituciones que abren la puerta principal, pero cierran el derecho a decidir.

Evaristo Villar
Evaristo Villar

El artículo de Evaristo Villar en Redes Cristianas acierta al señalar una paradoja difícil de justificar: personas que han sido reconocidas legalmente como españolas, pero a las que se les niega uno de los derechos fundamentales de esa condición, el voto. La llamada Ley de Nietos nació como un intento de reparar una injusticia histórica —la del exilio provocado por la guerra y la dictadura—, pero hoy se encuentra con una limitación que desvirtúa su propio sentido. Se concede la nacionalidad, pero se pone en duda la plenitud de sus efectos. Se reconoce la pertenencia, pero se restringe la participación. En definitiva, ciudadanía sin soberanía.

Esta situación no es solo una anomalía jurídica; es también una contradicción ética. Porque si una persona es española, lo es con todas sus consecuencias. El Evangelio ilumina con fuerza este tipo de incoherencias. Jesús no reconoce a nadie “a medias”. Cuando llama, lo hace plenamente. «Id a los cruces de los caminos y llamad a todos los que encontréis» (Mt 22,9). No hay una segunda evaluación para decidir quién merece sentarse a la mesa. La dignidad no se concede por partes.

La llamada Ley de Nietos nació como un intento de reparar una injusticia histórica —la del exilio provocado por la guerra y la dictadura—, pero hoy se encuentra con una limitación que desvirtúa su propio sentido. Se concede la nacionalidad, pero se pone en duda la plenitud de sus efectos. Se reconoce la pertenencia, pero se restringe la participación. En definitiva, ciudadanía sin soberanía.

Sin embargo, lo que denuncia Villar es precisamente eso: una dignidad fragmentada. Personas válidas para tener pasaporte, pagar impuestos o ser contadas en las estadísticas, pero no lo bastante confiables como para votar. Subyace aquí una lógica preocupante: el miedo a las consecuencias políticas. Pero el Evangelio desmonta ese planteamiento. En la parábola de los obreros de la viña, el dueño responde a quienes protestan: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» (Mt 20,15). La justicia no puede depender del cálculo ni del temor, sino de la coherencia.

Este mismo esquema de inclusión limitada aparece, como bien apunta Villar, en el interior de la Iglesia. Se proclama que todas las personas tienen la misma dignidad por el bautismo, pero en la práctica esa igualdad encuentra límites muy claros. El caso de la mujer es el más evidente. Bautizadas, creyentes, mayoría en muchas comunidades… pero excluidas del acceso a los ministerios ordenados y de los espacios reales de decisión. Se reconoce su pertenencia, pero no su capacidad plena de participación. Es, en términos evangélicos, una contradicción difícil de sostener.

Jesús, sin embargo, rompió de manera constante con las barreras de su tiempo. Habló con mujeres en público, las puso como ejemplo de fe y las situó en el centro de su anuncio. Basta recordar que son ellas las primeras testigos de la resurrección. Frente a esto, resulta inevitable escuchar sus palabras: «Los reyes de las naciones las dominan… pero vosotros no hagáis así» (Lc 22,25-26). Cuando la autoridad se convierte en exclusión, deja de ser evangélica.

Ley de nietos
Ley de nietos
En el fondo, tanto en el ámbito civil como en el eclesial, aparece una misma tentación: proclamar la igualdad, pero administrar el poder con cautela. Y esa cautela suele traducirse en exclusión. Se teme el voto de quienes llegan de fuera; se teme la voz de quienes no encajan en los esquemas tradicionales. Pero el miedo nunca ha sido un criterio evangélico. La parábola de los talentos lo deja claro: quien actúa por miedo termina perdiendo lo recibido (cf. Mt 25,25).

También las personas laicas, en general, viven esa misma tensión. Se habla de sinodalidad, de escucha, de participación… pero cuando llega el momento de decidir, el proceso se cierra. El Evangelio ofrece otra lógica: «El que no está contra nosotros, está a favor nuestro» (Mc 9,40). Es una invitación a ampliar, no a restringir; a confiar, no a controlar.

En el fondo, tanto en el ámbito civil como en el eclesial, aparece una misma tentación: proclamar la igualdad, pero administrar el poder con cautela. Y esa cautela suele traducirse en exclusión. Se teme el voto de quienes llegan de fuera; se teme la voz de quienes no encajan en los esquemas tradicionales. Pero el miedo nunca ha sido un criterio evangélico. La parábola de los talentos lo deja claro: quien actúa por miedo termina perdiendo lo recibido (cf. Mt 25,25).

La consecuencia de todo esto es una pérdida de credibilidad. Jesús lo expresa con una advertencia que sigue siendo actual: «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el Reino, sino el que hace la voluntad del Padre» (Mt 7,21). No basta con afirmar principios; es necesario traducirlos en prácticas. Una igualdad que no se concreta en derechos efectivos es, en realidad, una igualdad vacía.

El clericalismo en la Iglesia
El clericalismo en la Iglesia

La Ley de Nietos, en su origen, contenía un gesto profundamente evangélico: reconocer a quienes habían quedado fuera, devolverles el lugar que nunca debieron perder. Pero ese gesto queda incompleto si no se acompaña de todos los derechos que implica la ciudadanía. Del mismo modo, la Iglesia pierde fuerza cuando proclama una igualdad bautismal que luego no se refleja en la vida real de la comunidad.

«La verdad os hará libres» (Jn 8,32), dice Jesús. Pero esa verdad no puede ser parcial. No puede reconocer y negar al mismo tiempo. No puede incluir simbólicamente y excluir en la práctica. Porque entonces deja de ser verdad y deja de liberar.

Al final, la pregunta es sencilla y decisiva: ¿puede haber verdadera comunidad cuando hay miembros de primera y de segunda? El Evangelio responde con rotundidad: no. Porque en la mesa del Reino no hay asientos reservados ni derechos recortados.

Por eso, la denuncia de Evaristo Villar no es solo oportuna, sino necesaria. Nos recuerda que la igualdad no puede quedarse en palabras, ni en leyes incompletas, ni en discursos bien intencionados. O es real, o no es.

Mujer silenciada en la Iglesia
Mujer silenciada en la Iglesia
Jesús, sin embargo, rompió de manera constante con las barreras de su tiempo. Habló con mujeres en público, las puso como ejemplo de fe y las situó en el centro de su anuncio. Basta recordar que son ellas las primeras testigos de la resurrección. Frente a esto, resulta inevitable escuchar sus palabras: «Los reyes de las naciones las dominan… pero vosotros no hagáis así» (Lc 22,25-26). Cuando la autoridad se convierte en exclusión, deja de ser evangélica.

Y mientras haya personas con nacionalidad sin voto o creyentes con bautismo sin voz, seguirá siendo imprescindible volver al Evangelio para recordar algo que nunca debería olvidarse: la dignidad no admite recortes.

Porque no se puede construir justicia con medidas a medias ni comunidad con puertas entreabiertas. Lo que sucede con la Ley de Nietos —reconocer la nacionalidad, pero recelar del voto— no es tan distinto de lo que ocurre en la Iglesia cuando se proclama la igualdad bautismal, pero se limita la participación real, especialmente de las mujeres. En ambos casos se acepta la pertenencia, pero se controla la voz. Y ahí es donde la igualdad se rompe.

El Evangelio no deja espacio para estas ambigüedades: o todos cuentan, o la igualdad es solo una palabra hermosa. Cuando se teme el voto de unos o la palabra de otras, lo que se pone en cuestión no es solo una norma, sino la confianza en la propia comunidad. Porque solo cuando nadie queda fuera de la decisión —ni en las urnas ni en la Iglesia— puede decirse con verdad que la igualdad no se proclama: se ejerce.

La polemica de la ley de nietos. Captura de pantalla
La polemica de la ley de nietos. Captura de pantalla

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