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Embarguen a Estados Unidos

Si el mundo aplicara a Estados Unidos la misma vara de medir que este impone a otros, quizá hoy hablaríamos de sanciones contra Washington.

Entre deuda desbocada y lecciones morales, la ironía revela una pregunta incómoda: quién debería corregir a quién.

¿Bancarrota en EEUU?

Hay algo profundamente enternecedor —y también inquietante— en la manera en que Estados Unidos reparte lecciones al resto del mundo. Con la solemnidad de un predicador antiguo y la seguridad de quien se cree dueño del púlpito global, decide quién merece sanciones, quién debe ser castigado y qué país necesita un correctivo moral en forma de embargo. Cuba, sin ir más lejos, lleva décadas siendo el ejemplo práctico de esa pedagogía del castigo. Todo en nombre de la libertad, la democracia y el bien común. Pero, como diría el Evangelio, hay una vieja tentación en todo esto: ver la paja en el ojo ajeno sin reparar en la viga en el propio.

Porque mientras Washington señala con el dedo, sus propias cuentas cuentan una historia bastante menos edificante. Con una deuda que supera los 37 billones de dólares y una trayectoria que algunos ya ven desbocada hacia los 150 billones, Estados Unidos se comporta como ese hijo pródigo que no solo ha dilapidado la herencia, sino que además pide más crédito mientras da consejos de austeridad a sus vecinos. Y lo más sorprendente no es el endeudamiento en sí, sino la naturalidad con la que se asume, como si las leyes de la aritmética fueran opcionales cuando uno imprime la moneda en la que se endeuda.

Donald Trump y sus amenazas
¿qué pasaría si las reglas fueran iguales para todos? ¿Qué ocurriría si la responsabilidad fiscal no dependiera del tamaño de la bandera?

Aquí es donde la ironía deja de ser un recurso literario para convertirse en una exigencia moral. Si un país pequeño incurre en desequilibrios, se le exige disciplina, sacrificio y reformas estructurales. Si lo hace la primera potencia mundial, se le llama “política económica expansiva” y se celebra su audacia. Es una especie de milagro moderno: unos tienen que apretarse el cinturón y otros pueden fabricar cinturones nuevos cada vez que los necesitan. Porque cuando Estados Unidos gasta lo que no tiene, no solo compromete su futuro, sino que exporta las consecuencias al resto del planeta, diluyendo el valor del dinero, tensionando mercados y jugando con el equilibrio global como quien mueve fichas en un tablero que considera propio.

Y, sin embargo, seguimos aceptándolo como si fuera lo normal. Como si no supiéramos ya —también por tradición evangélica— que no se puede servir a Dios y al dinero, aunque en este caso el dinero lleve inscrito un piadoso In God We Trust. La contradicción no puede ser más elocuente: una economía que se presenta como garante del orden mundial mientras descansa sobre un déficit estructural que exige fe… pero no precisamente en Dios, sino en que nadie dejará de comprar su deuda.

Por eso la propuesta, que suena provocadora pero no deja de tener una lógica incómoda, sería sencilla: aplicar un embargo a Estados Unidos. No un embargo de odio, ni una corrección sin misericordia, sino una especie de cuarentena ética o un correctivo educativo en la misma línea que ellos han defendido durante décadas. Imaginemos por un momento que los países que producen bienes reales —energía, alimentos, tecnología— decidieran dejar de aceptar deuda estadounidense como forma infinita de pago. Que alguien, con una mezcla de paciencia y firmeza, le dijera al gran hermano: hasta aquí, ordena primero tu casa.

La idea puede parecer absurda, pero no lo es más que muchas de las decisiones que se han tomado en nombre de la estabilidad internacional. Porque, en el fondo, lo que está en juego no es solo una cifra astronómica, sino un modelo que permite a un país vivir por encima de sus posibilidades mientras exige responsabilidad al resto. Y eso, más que una anomalía económica, es una forma refinada de dominio. No hace falta invadir territorios si se puede influir en el valor del dinero global; no hace falta imponer gobiernos si se puede condicionar economías enteras desde la política monetaria.

La paradoja alcanza tintes casi evangélicos cuando recordamos que se mantienen embargos históricos contra países como Cuba mientras se tolera que la mayor economía del mundo actúe como generador constante de desequilibrios. Es como si el problema no fuese el comportamiento, sino quién lo ejerce. Y mientras tanto, se deslizan discursos en los que se insinúa la compra de Groenlandia, o se actúa como si “esto es mío” pudiera extenderse también a Cuba u otros territorios, o incluso se lanzan advertencias a aliados —como España cuando no cede en cuestiones de bases militares— insinuando represalias. Por sus frutos los conoceréis, dice el Evangelio, y los frutos aquí no son precisamente modestia ni contención.

Mientras Washington señala con el dedo, sus propias cuentas cuentan una historia bastante menos edificante. Con una deuda que supera los 37 billones de dólares y una trayectoria que algunos ya ven desbocada hacia los 150 billones, Estados Unidos se comporta como ese hijo pródigo que no solo ha dilapidado la herencia, sino que además pide más crédito mientras da consejos de austeridad a sus vecinos.

Pero incluso lo imprescindible tiene límites, o debería tenerlos. En cualquier tradición moral, el exceso sin propósito de enmienda no se celebra, se corrige. Y aquí es donde la ironía del embargo adquiere su sentido más profundo: no como castigo, sino como espejo. Como una forma de obligar a quien dicta normas a someterse, aunque sea por un instante, a ellas. Porque tal vez el problema no sea que Estados Unidos tenga deuda, sino que haya convertido la deuda en sistema y la excepción en norma permanente, en una suerte de privilegio que el resto del mundo financia en silencio.

Nadie espera, por supuesto, que el mundo se ponga de acuerdo para aislar a la primera potencia. Eso pertenece más al terreno de la parábola que al de la geopolítica. Pero las parábolas no están para cumplirse literalmente, sino para incomodar. Y esta incomoda bastante: ¿qué pasaría si las reglas fueran iguales para todos? ¿Qué ocurriría si la responsabilidad fiscal no dependiera del tamaño de la bandera?

Quizá no haya que embargar a Estados Unidos. Quizá baste con dejar de mirar hacia otro lado cuando hace exactamente aquello que sanciona en otros. Porque al final, más allá de cifras y discursos, lo que está en juego es algo mucho más simple: la credibilidad de un sistema que predica disciplina mientras practica el exceso. Y eso, incluso en el lenguaje más diplomático —y también en el evangélico—, tiene un nombre bastante claro: hipocresía.

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