Espolones, guerras y evangelios mal leídos: decir no a la violencia en tiempos de amenazas

La guerra no es un tablero geopolítico ni una partida de ajedrez. Es sangre, miedo, gritos, silencio.

Donald Trump
Donald Trump

Un líder que evadió la guerra habla de guerras como si fueran inevitables. Invoca a Dios mientras normaliza la amenaza y encuentra aplauso en quienes deberían incomodarse. No es una contradicción: es el síntoma.

Hay algo profundamente revelador —y peligrosamente seductor— en la ligereza con la que algunos líderes hablan de la guerra. No es una anécdota, es una señal de época. No es solo una cuestión de estilo, ni siquiera de ideología: es una forma de situarse en el mundo, de colocarse por encima del dolor ajeno. Cuando alguien responde que no siente miedo ante la posibilidad de “otro Vietnam”, lo que está diciendo en realidad no es valentía, sino distancia. Distancia moral. Distancia humana. Distancia del sufrimiento, de los cuerpos destrozados, de las familias que esperan llamadas que nunca llegan. Como advierte el Evangelio: “Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6,21). Y cuando el corazón no está en las víctimas, la guerra se convierte en espectáculo.

Porque la historia no es abstracta. Vietnam no fue una metáfora ni un error táctico: fue una tragedia humana. Murieron más de 50.000 soldados estadounidenses y más de un millón de vietnamitas. Nombres, rostros, vidas truncadas. Y hablar de ello con frivolidad no es solo ignorancia: es una forma de desprecio moral. “Afilan su lengua como espada” (Sal 64,4). Y con esas espadas verbales empiezan muchas guerras.

Muertos por la guerra
Muertos por la guerra
Vietnam no fue una metáfora ni un error táctico: fue una tragedia humana. Murieron más de 50.000 soldados estadounidenses y más de un millón de vietnamitas. Nombres, rostros, vidas truncadas.

Aquí es donde la historia deja de ser incómoda y empieza a ser reveladora. Sobre el pasado militar de Donald Trump hay elementos documentados y otros discutidos. Recibió prórrogas por estudios durante la guerra de Vietnam. Fue declarado no apto por problemas en los pies —los conocidos espolones calcáreos—. Décadas después, investigaciones periodísticas cuestionaron las circunstancias de aquel diagnóstico, sugiriendo posibles favores, sin pruebas concluyentes. Lo que sí es indiscutible es esto: no fue a Vietnam. Y más tarde ofreció versiones contradictorias sobre las razones. “La verdad os hará libres” (Jn 8,32) pero solo si se la deja entrar.

No es un caso único en su generación. Pero sí es especialmente significativo cuando quien evadió una guerra habla de ellas como si fueran inevitables o incluso deseables. Hay algo profundamente inquietante en esa combinación de privilegio y agresividad retórica. Qué cómodo resulta ser valiente cuando otros ponen el cuerpo. Valentía sin riesgo, coraje sin coste. “¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo?” (Mt 7,3).

Una forma de hablar del mundo como si fuera propio. Porque hay una diferencia abismal entre quienes han cargado un fusil y quienes convierten la guerra en eslogan. La guerra no es un tablero geopolítico ni una partida de ajedrez. Es sangre, miedo, gritos, silencio. “El que a hierro mata, a hierro muere” (Mt 26,52). Y, sin embargo, seguimos escuchando discursos que juegan con el hierro como si fuera retórica.

Más inquietante aún es la deriva hacia un lenguaje de propiedad y dominación: una lógica casi infantil envuelta en poder real. Territorios que “son míos”, países que deben obedecer, aliados tratados como subordinados. Cuba, Groenlandia, Europa… todo reducido a piezas de un imaginario de poder. Una geopolítica de barra de bar con consecuencias muy reales. “Los jefes de las naciones las dominan… pero no será así entre vosotros” (Mt 20,25-26).

España tampoco ha escapado a ese tono de presión y amenaza en cuestiones militares. Pero conviene recordar algo esencial: la soberanía no es una concesión, es un derecho. Y las alianzas no se sostienen sobre el miedo, sino sobre el respeto. O al menos así era antes de que algunos confundieran diplomacia con chantaje. “Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra” (Mt 5,5). No los que la reclaman como botín.

El punto más grave no es político. Es moral. Invocar el Evangelio mientras se normaliza la confrontación es una forma de manipulación espiritual. Porque el mensaje de Jesús no admite ambigüedades en este punto: está del lado de la paz, de los pobres, de las víctimas. “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36). Y, sin embargo, asistimos a un fenómeno inquietante: una alianza que debería incomodar a cualquier creyente mínimamente atento. Sectores ultracatólicos que no solo toleran este discurso, sino que lo celebran, lo justifican, lo bendicen. Se envuelven en símbolos religiosos mientras legitiman políticas de fuerza. Fe de pancarta y Evangelio de usar y tirar. Es difícil imaginar una contradicción mayor. “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos” (Mt 7,21).

Paz
Paz
“Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra” (Mt 5,5). No los que la reclaman como botín.

Mucho ruido religioso, poca sustancia evangélica. No se trata de una diferencia política. Es algo más profundo: una distorsión del mensaje cristiano hasta hacerlo irreconocible. Mucho incienso, mucha bandera, mucha consigna… y muy poco Evangelio. Porque el Evangelio no es compatible con la glorificación de la violencia. “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen” (Mt 5,44). No es una metáfora. Es una exigencia incómoda. “Bienaventurados los que trabajan por la paz”. No los que amenazan, no los que humillan, no los que convierten la dureza en virtud política. La paz no es debilidad: es la forma más exigente de la justicia. “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).

Porque todo empieza mucho antes del primer disparo. La guerra empieza en el lenguaje, en la banalización, en la risa fuera de lugar, en la desmemoria. Y termina en silencio, el silencio de los que ya no están. “De toda palabra ociosa darán cuenta” (Mt 12,36).

No como gesto simbólico, sino como obligación ética. Hace falta recuperar una voz distinta. Una voz incómoda, crítica, profundamente humana. Una voz que diga sin matices: no a la guerra. No al cinismo disfrazado de realismo. No a la política del miedo. “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14,27). Esa voz existe. Está en el Evangelio, pero también en quienes lo viven sin instrumentalizarlo. Está en las víctimas, en los que resisten, en los que se niegan a aceptar que la violencia sea inevitable. “Lo que queráis que hagan los demás con vosotros, hacedlo vosotros con ellos” (Mt 7,12).

Tal vez el verdadero problema no es que algunos líderes no tengan miedo. Es que han dejado de escuchar. Han dejado de mirar. Han dejado de sentir. “Tuve hambre y no me disteis de comer… estuve en la cárcel y no me visitasteis” (Mt 25,42-43). El juicio del Evangelio no es ideológico: es humano.

Porque ya no estamos hablando solo de política, sino de humanidad. Hablar de paz hoy no es ingenuo. Es urgente. Es contracultural. Es necesario. Y también es profundamente cristiano. “No os dejéis vencer por el mal; al contrario, venced el mal con el bien” (Rom 12,21). Vietnam no debería ser un recurso retórico. Debería ser una advertencia, una memoria incómoda que nos obligue a pensar antes de hablar, a escuchar antes de decidir, a cuidar antes de destruir. Porque cada vez que alguien banaliza la guerra, el mundo se acerca un poco más a repetirla.

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