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Cuando el extranjero llama: fe, justicia y vergüenza ante nuestra indiferencia

Nos escandaliza el hambre cuando aparece en pantalla, pero nos incomoda el hambriento cuando llama a nuestra puerta.

Hemos convertido el sufrimiento del migrante en espectáculo y nuestra indiferencia en norma: esa es nuestra mayor vergüenza

Menores migrantes

En este Día del Migrante celebrado en Mondoñedo-Ferrol, resuenan con fuerza las palabras del obispo D. Fernando García Cadiñanos, que no son solo una invitación, sino también una interpelación directa a nuestra conciencia. Porque hablar de migración hoy no es un ejercicio teórico ni un debate abstracto: es una cuestión moral urgente que pone en evidencia quiénes somos realmente como sociedad y como creyentes.

Vivimos tiempos en los que el miedo ha sustituido a la razón, y el prejuicio ha ocupado el lugar de la verdad. Se ha normalizado un discurso que deshumaniza al migrante, que lo convierte en sospechoso por defecto, en amenaza, en carga. Y lo más preocupante no es solo que ese discurso exista, sino que haya encontrado espacio incluso en corazones que se dicen cristianos.

El Evangelio, sin embargo, no deja lugar a interpretaciones cómodas. Es tajante. Es incómodo. Es radical. En el capítulo 25 del Evangelio de Mateo, Cristo no habla en metáforas ambiguas: “fui forastero y me acogisteis… ” (Mt 25,35.43). No hay términos medios. No hay excusas culturales, políticas o económicas que puedan diluir esta exigencia.

Feranado García Cadiñanos
En este Día del Migrante celebrado en Mondoñedo-Ferrol, resuenan con fuerza las palabras del obispo D. Fernando García Cadiñanos, que no son solo una invitación, sino también una interpelación directa a nuestra conciencia. Porque hablar de migración hoy no es un ejercicio teórico ni un debate abstracto: es una cuestión moral urgente que pone en evidencia quiénes somos realmente como sociedad y como creyentes.

Por eso resulta profundamente contradictorio —y hay que decirlo con claridad— que quienes participan en la Eucaristía, quienes rezan, quienes defienden tradiciones religiosas, puedan al mismo tiempo cerrar sus puertas, endurecer su corazón y justificar el rechazo al migrante. Nos escandaliza el hambre cuando aparece en pantalla, pero rechazamos al hambriento cuando llama a nuestra puerta.

Hemos hecho de la indiferencia una costumbre y del rechazo una excusa: esa es la verdad incómoda que nos delata. “Cuando extendéis las manos, aparto mis ojos de vosotros… vuestras manos están llenas de sangre” (Isaías 1,15).

No se trata solo de caridad. Se trata de justicia. Porque muchos de los migrantes que llegan a nuestras tierras no vienen por elección, sino empujados por la violencia, la miseria, el hambre o la desesperación. Y ante eso, cualquier discurso que los criminalice o los reduzca a cifras es, en el fondo, una forma de violencia añadida.

Conviene decirlo sin rodeos: el rechazo al migrante es, en muchos casos, una forma encubierta de aporofobia, de desprecio al pobre. No molesta el extranjero rico, ni el turista, ni el inversor. Molesta el que necesita ayuda. Molesta el que interpela nuestra comodidad. Molesta el que nos recuerda que nuestro bienestar no es universal ni justo.

Nadie sin hogar
Conviene decirlo sin rodeos: el rechazo al migrante es, en muchos casos, una forma encubierta de aporofobia, de desprecio al pobre. No molesta el extranjero rico, ni el turista, ni el inversor. Molesta el que necesita ayuda. Molesta el que interpela nuestra comodidad. Molesta el que nos recuerda que nuestro bienestar no es universal ni justo.

Y aquí Europa, y también nuestra sociedad, tiene una responsabilidad que no puede seguir esquivando. Nos hemos acostumbrado a ver imágenes de dolor sin reaccionar, a escuchar tragedias sin conmovernos, a convertir el sufrimiento humano en ruido de fondo. Esa habituación es peligrosa, porque anestesia el alma.

Pero el problema no es solo externo. Es profundamente interior. Cuando empezamos a ver al otro como enemigo, como competidor, como amenaza, algo se ha roto dentro de nosotros. Y esa ruptura no la provocan los migrantes: la provocan nuestros miedos, nuestras inseguridades y, en muchos casos, la manipulación interesada de quienes alimentan el rechazo para obtener rédito político o social.

Migrantes
Por eso, en este Día del Migrante, no basta con sensibilizar: es necesario incomodar, cuestionar y sacudir conciencias. Porque hay actitudes que no pueden seguir siendo toleradas ni justificadas en nombre de la prudencia o del “realismo”. El miedo no puede ser la brújula moral de una sociedad que se pretende justa.

La fe cristiana no puede ser neutral ante esto. No puede quedarse en discursos suaves ni en gestos simbólicos. El seguimiento de Jesús implica tomar partido, y ese partido está claramente del lado del vulnerable, del excluido, del extranjero. Lo dice la Escritura con insistencia:

“No maltratarás ni oprimirás al extranjero, porque extranjeros fuisteis en Egipto” (Éxodo 22,21).

Quien ignora este mandato vacía de sentido su fe y la convierte en pura apariencia.

Por eso, en este Día del Migrante, no basta con sensibilizar: es necesario incomodar, cuestionar y sacudir conciencias. Porque hay actitudes que no pueden seguir siendo toleradas ni justificadas en nombre de la prudencia o del “realismo”. El miedo no puede ser la brújula moral de una sociedad que se pretende justa.

Por eso, en este Día del Migrante, no basta con sensibilizar: es necesario incomodar, cuestionar y sacudir conciencias. Porque hay actitudes que no pueden seguir siendo toleradas ni justificadas en nombre de la prudencia o del “realismo”. El miedo no puede ser la brújula moral de una sociedad que se pretende justa.

También dentro de la Iglesia hay un desafío pendiente. No basta con predicar la acogida: hay que practicarla de forma visible, concreta y comprometida. Hay que educar en la empatía, denunciar las injusticias, desmontar las mentiras y acompañar de verdad a quienes llegan con lo puesto y con la vida rota.

Porque, en el fondo, la pregunta es sencilla y brutal al mismo tiempo: ¿qué tipo de humanidad estamos construyendo? Una humanidad que levanta muros, que sospecha del débil y que protege su comodidad a toda costa, o una humanidad que reconoce en el otro un hermano.

Jesús Sanz
También dentro de la Iglesia hay un desafío pendiente. No basta con predicar la acogida: hay que practicarla de forma visible, concreta y comprometida. Hay que educar en la empatía, denunciar las injusticias, desmontar las mentiras y acompañar de verdad a quienes llegan con lo puesto y con la vida rota.

Jesús lo dejó claro en una de las parábolas más incisivas: la del buen samaritano (Lc 10,25-37). El problema no fue el desconocimiento del herido, sino la indiferencia de quienes pasaron de largo. Hoy, nosotros corremos el mismo riesgo.

Y no nos engañemos: pasar de largo también es una forma de violencia.

Que este día no sea un gesto vacío ni una fecha más en el calendario. Que sea, de verdad, un punto de inflexión. Que nos obligue a revisar nuestras palabras, nuestras actitudes y nuestras decisiones. Porque en cada migrante que llama a nuestra puerta, es Cristo mismo quien nos está juzgando en silencio.

Y esta vez, no podremos decir que no lo sabíamos.

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