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Feijóo y Abascal: la política migratoria ante el grito evangélico del forastero

Entre el mar y la política se está jugando la dignidad humana.

Decenas de personas han muerto intentando llegar a Canarias, entre ellas un bebé.

Mientras tanto, el debate público oscila entre el dolor real y el lenguaje de la “invasión”.

Abascal y Feijóo se desmarcan del Papa

Las recientes protestas en torno a Ceuta han evidenciado hasta qué punto el debate migratorio en España se está deslizando hacia posiciones cada vez más duras. En este contexto, Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal han coincidido en consolidar un discurso que define la llegada de personas migrantes como una “invasión”. No es una palabra inocente. Es un término que deshumaniza, que simplifica y que, sobre todo, alimenta el miedo como herramienta política.

En la plaza de Cibeles, el alcalde José Luis Martínez-Almeida hablóde “entrada irregular”, pero los asistentes respondieron con gritos de “invasión, invasión”. Poco después, Feijóo asumió ese mismo término. El mensaje es claro: se construye un relato donde el migrante deja de ser persona para convertirse en amenaza. Y en ese relato, el sufrimiento desaparece.

Las recientes protestas en torno a Ceuta han evidenciado hasta qué punto el debate migratorio en España se está deslizando hacia posiciones cada vez más duras. En este contexto, Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal han coincidido en consolidar un discurso que define la llegada de personas migrantes como una “invasión”. No es una palabra inocente. Es un término que deshumaniza, que simplifica y que, sobre todo, alimenta el miedo como herramienta política.

Sin embargo, la realidad golpea con una crudeza imposible de ocultar. Más de 80 personas han muerto, entre ellas una bebé, en un cayuco que partió desde Gambia hacia Canarias. Tras 26 días a la deriva, los supervivientes fueron encontrados en condiciones extremas, al borde de la muerte. Este drama no encaja en el lenguaje de la “invasión”. No hay invasión en quien huye del hambre, sino desesperación en quien no tiene otra salida.

El Evangelio interpela directamente esta realidad. “Fui forastero y me acogisteis” (Mateo 25,35). No es una sugerencia, es una exigencia moral. Y también advierte: “Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mateo 25,40). A la luz de estas palabras, el debate político actual resulta profundamente inquietante. Porque no se trata solo de gestionar fronteras, sino de cómo tratamos al ser humano que llama a nuestra puerta.

Los sucesos recientes en Ceuta agravan aún más esta reflexión. La quema de pertenencias en los asentamientos de migrantes no fue obra de quienes vivían allí, sino de manifestantes que, en un clima de tensión creciente, bloquearon la ayuda humanitaria y destruyeron sus escasos bienes. Impedir que alguien reciba alimento o refugio no es una respuesta política: es un fracaso moral. Es la materialización de un discurso que ha dejado de ver personas para ver enemigos.

Quema de los centros de acogida
La quema de pertenencias en los asentamientos de migrantes no fue obra de quienes vivían allí, sino de manifestantes que, en un clima de tensión creciente, bloquearon la ayuda humanitaria y destruyeron sus escasos bienes. Impedir que alguien reciba alimento o refugio no es una respuesta política: es un fracaso moral. Es la materialización de un discurso que ha dejado de ver personas para ver enemigos.

Aquí es donde la responsabilidad política se vuelve ineludible. Cuando líderes como Feijóo y Abascal insisten en términos como “invasión”, no solo describen una situación: la moldean. Generan un marco mental que legitima el rechazo, que normaliza la dureza y que, en última instancia, puede derivar en comportamientos como los vistos en Ceuta.

El Evangelio vuelve a ser claro: “Amad a vuestros enemigos” (Mateo 5,44). Si esta exigencia se aplica incluso al enemigo, ¿cómo justificar el rechazo al pobre, al extranjero, al que no tiene nada? La distancia entre este mensaje y el discurso político dominante es abismal.

Es cierto que existen factores geopolíticos complejos, como la posible instrumentalización de los flujos migratorios por parte de Marruecos. Pero incluso si eso es así, los que llegan en cayucos no son estrategias, son personas. Y la cuerda, como tantas veces en la historia, termina rompiéndose por el lado más débil.

La raíz del problema es más profunda: desigualdad global, explotación de recursos, pobreza estructural. Durante décadas, muchas regiones han sido privadas de oportunidades mientras otras acumulaban riqueza. Pretender ahora cerrar los ojos ante las consecuencias es, como mínimo, una incoherencia histórica.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5,7). Esta bienaventuranza contrasta con un clima político donde la dureza parece premiarse más que la compasión. Pero una sociedad que renuncia a la misericordia corre el riesgo de perder su propia humanidad.

La suplica de un niño a los soldados españoles.
Porque al final, la cuestión no es solo política. Es profundamente humana. Y también espiritual. ¿Responderemos con miedo o con dignidad? ¿Con rechazo o con acogida? El Evangelio no deja mucho margen para la ambigüedad.

En definitiva, el contraste es evidente. Por un lado, un discurso político que habla de invasión; por otro, una realidad de muerte, sufrimiento y desesperación. Entre ambos, una sociedad que debe decidir qué camino tomar.

Porque al final, la cuestión no es solo política. Es profundamente humana. Y también espiritual. ¿Responderemos con miedo o con dignidad? ¿Con rechazo o con acogida? El Evangelio no deja mucho margen para la ambigüedad.

Y mientras tanto, se discute si son una “invasión” quienes llegan sin nada, mientras se ignora el hecho de que mueren en el mar, de hambre, de sed y de abandono. Resulta más fácil levantar consignas que asumir responsabilidades. Más cómodo señalar al débil que cuestionar un sistema que genera desigualdad y expulsa vidas hacia la muerte.

Papa León XIV a favor del trato humano al Inmigrante
Y mientras tanto, se discute si son una “invasión” quienes llegan sin nada, mientras se ignora el hecho de que mueren en el mar, de hambre, de sed y de abandono. Resulta más fácil levantar consignas que asumir responsabilidades. Más cómodo señalar al débil que cuestionar un sistema que genera desigualdad y expulsa vidas hacia la muerte.

Porque llamar “invasión” a quien huye es, en el fondo, una forma de justificar la indiferencia. Y la indiferencia, cuando se traduce en hambre, en rechazo o en muerte, deja de ser neutral: se convierte en complicidad.

No es solo un error político. Es algo más grave: una renuncia consciente a la dignidad humana. Y frente a eso, no caben medias tintas.

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