Feijóo aplaude el Evangelio en el Congreso, pero legisla contra los migrantes
La propuesta de Feijóo para facilitar las devoluciones de migrantes evidencia una contradicción difícil de ocultar: aplaudir al Papa cuando defiende a los extranjeros y legislar después en sentido contrario.
Hay imágenes que retratan una contradicción mejor que cualquier discurso. Una de ellas se produjo hace apenas unas semanas en el Congreso de los Diputados. El papa León XIV fue recibido con una de las mayores ovaciones que se recuerdan cuando defendió la dignidad de las personas migrantes y denunció su criminalización. Sus palabras fueron claras: «Allí donde una persona es discriminada por su origen se vulnera gravemente el principio de igual y dignidad de todos los seres humanos». Todos aplaudieron. ¡También el Partido Popular!
Sin embargo, los aplausos duraron mucho menos que el compromiso con esas palabras. Apenas unos días después, el PP advierte que impulsará una proposición no de ley para modificar la Ley de Extranjería con el objetivo de facilitar las devoluciones de los migrantes que llegan por mar a Ceuta y Melilla, endureciendo todavía más un discurso que, desde hace tiempo, ha convertido la inmigración en un problema político antes que en una cuestión de derechos humanos.
Hay imágenes que retratan una contradicción mejor que cualquier discurso. Una de ellas se produjo hace apenas unas semanas en el Congreso de los Diputados. El papa León XIV fue recibido con una de las mayores ovaciones que se recuerdan cuando defendió la dignidad de las personas migrantes y denunció su criminalización. Sus palabras fueron claras: «Allí donde una persona es discriminada por su origen se vulnera gravemente el principio de igual y dignidad de todos los seres humanos». Todos aplaudieron. ¡También el Partido Popular! Sin embargo, los aplausos duraron mucho menos que el compromiso con esas palabras.
Con esta iniciativa, Alberto Núñez Feijóo da un paso más hacia el marco político que durante años ha impulsado Vox. La inmigración deja de presentarse como un desafío humanitario y social que requiere soluciones integrales para convertirse, casi exclusivamente, en un problema de orden público y control de fronteras. La propuesta de facilitar las devoluciones de migrantes llegados por mar encaja plenamente en esa estrategia de endurecimiento del discurso.
Pero esa estrategia tiene un precio. Cuando la política convierte a las personas en un problema, termina despojándolas de su condición de personas. Y ese es precisamente el riesgo que hoy recorre buena parte del debate público español.
Resulta especialmente llamativo que quienes aplaudieron con entusiasmo el discurso del Papa impulsen ahora medidas que chocan frontalmente con el núcleo de ese mensaje. Porque León XIV no habló únicamente de solidaridad. Habló de justicia. Recordó que la dignidad humana no depende del lugar de nacimiento, de la nacionalidad ni de la situación administrativa de una persona. Recordó, en definitiva, uno de los principios más elementales del humanismo cristiano.
Ese mismo principio lo ha reiterado también el obispo de Mondoñedo-Ferrol, Fernando García Cadiñanos, al recordar que «ya no hay judío ni gentil», sino una humanidad llamada a convivir desde la riqueza de su diversidad. El obispo insiste en que ninguna condición política, social o administrativa puede situarse por encima de la dignidad de la persona, y recuerda que los pobres, los excluidos y quienes viven en los márgenes no son un asunto secundario, sino el punto de partida desde el que construir una sociedad verdaderamente humana.
La voz de pastores como Fernando García Cadiñanos resulta especialmente necesaria. Porque recuerda que la identidad cristiana no se mide por la defensa de símbolos culturales, sino por la capacidad de reconocer en el extranjero el rostro de Cristo.
Ese planteamiento no responde a una ideología política concreta. Es, sencillamente, el corazón del Evangelio.
Jesús nunca construyó su mensaje desde el miedo al extranjero. Todo lo contrario. En el capítulo 25 del Evangelio de Mateo identifica su propia persona con quien pasa hambre, con quien está desnudo, con quien está preso y con quien es extranjero: «Fui forastero y no me acogisteis». No se trata de una recomendación piadosa. Es un criterio de juicio.
Por eso resulta difícil comprender cómo partidos que se presentan como defensores de las raíces cristianas pueden asumir discursos que sitúan al migrante como sospechoso permanente. Más difícil aun cuando la propia tradición bíblica insiste una y otra vez en proteger al extranjero, a la viuda, al huérfano y al pobre como expresión concreta de la fidelidad a Dios.
Hace años, Juan Simarro lanzó una advertencia que hoy conserva toda su vigencia: «Nunca debemos ser sordos al grito de los refugiados, al grito de los migrantes que huyen con el fantasma de la violencia o del hambre pegados a sus talones». Simarro alertaba de que la sucesión constante de tragedias puede terminar adormeciendo nuestra conciencia hasta apagar la compasión y normalizar la indiferencia. Es precisamente esa anestesia moral la que permite que el miedo sustituya a la justicia y que el extranjero deje de ser visto como una persona para convertirse en un problema.
Hace años, Juan Simarro lanzó una advertencia que hoy conserva toda su vigencia: «Nunca debemos ser sordos al grito de los refugiados, al grito de los migrantes que huyen con el fantasma de la violencia o del hambre pegados a sus talones». Simarro alertaba de que la sucesión constante de tragedias puede terminar adormeciendo nuestra conciencia hasta apagar la compasión y normalizar la indiferencia.
Los profetas fueron especialmente contundentes en este punto. Cuando el pueblo ignoraba el sufrimiento de los vulnerables, Dios rechazaba incluso sus ceremonias religiosas. La fe sin justicia se convertía en un ritual vacío. Como recuerda el propio Simarro, «si nos hacemos los sordos ante el grito del sufriente, Dios se hará el sordo ante nuestros rituales». Una afirmación que resume con enorme fuerza la tradición profética del Antiguo Testamento y el mensaje de Jesús.
Porque el problema no consiste únicamente en endurecer una legislación migratoria. El verdadero peligro aparece cuando se normaliza un lenguaje que convierte el miedo en criterio político y la exclusión en propuesta electoral.
El Reino de Dios anunciado por Jesús invierte precisamente la lógica dominante. Coloca a los últimos en el centro, convierte al herido del camino en nuestro prójimo y prohíbe pasar de largo. Cuando una sociedad pasa de largo ante el sufrimiento, comienza a deshumanizarse. Cuando una comunidad cristiana lo hace, pierde credibilidad.
El Partido Popular haría bien en preguntarse qué aplaudía exactamente cuando el Papa habló desde la tribuna del Congreso. Porque si aquellas palabras merecían una ovación, también deberían inspirar las decisiones políticas posteriores. De lo contrario, los aplausos se convierten en un simple gesto vacío y el Evangelio acaba reducido a un decorado útil mientras no cuestione determinadas estrategias partidistas.
Por eso la voz de pastores como Fernando García Cadiñanos resulta especialmente necesaria. Porque recuerda que la identidad cristiana no se mide por la defensa de símbolos culturales, sino por la capacidad de reconocer en el extranjero el rostro de Cristo.
El Partido Popular haría bien en preguntarse qué aplaudía exactamente cuando el Papa habló desde la tribuna del Congreso. Porque si aquellas palabras merecían una ovación, también deberían inspirar las decisiones políticas posteriores.
De lo contrario, los aplausos se convierten en un simple gesto vacío y el Evangelio acaba reducido a un decorado útil mientras no cuestione determinadas estrategias partidistas.
La historia demuestra que las sociedades no se engrandecen levantando muros contra los más débiles, sino ampliando el espacio de la justicia y de la dignidad humana. La inmigración exige políticas responsables, sí, pero también humanidad, verdad y memoria. Porque detrás de cada patera no hay una amenaza: hay personas. Y el modo en que una sociedad trata a las personas más vulnerables sigue siendo el mejor indicador de su calidad moral.