Fernando García Cadiñanos: defender al migrante es defender el Evangelio, aunque incomode a los poderosos
Defender al migrante no es una concesión ideológica, sino una exigencia del Evangelio. Mientras algunos convierten la fe en trinchera política, monseñor Fernando García Cadiñanos recuerda que la Iglesia no está llamada a bendecir el miedo, sino a ponerse del lado de la dignidad humana, aunque incomode a los poderosos.
La entrevista de monseñor Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol y responsable episcopal de Migraciones, ha provocado críticas en Infovaticana que merecen una respuesta firme. No porque un obispo esté por encima de cualquier cuestionamiento, sino porque tampoco se puede desacreditar a un pastor por atreverse a poner en el centro a quienes nuestra sociedad prefiere mantener en los márgenes. Lo que está en juego es mucho más que una entrevista: es el papel profético de la Iglesia en una sociedad donde el miedo, los bulos y la confrontación política amenazan con desplazar a la compasión.
García Cadiñanos ha señalado una realidad incómoda: detrás de las migraciones hay guerras, hambre, persecución, desigualdad, intereses económicos y decisiones políticas que empujan a miles de personas a abandonar su hogar. ¿Acaso es ilegítimo preguntarse por esas causas? ¿Debe la Iglesia limitarse a hablar de fronteras sin preguntarse por qué tantas personas se juegan la vida para cruzarlas? Un obispo que recuerda el sufrimiento de los migrantes no está traicionando su misión: está ejerciéndola.
No utilicemos los bulos como cortina de humo para dejar de hablar de las guerras, la pobreza y las responsabilidades políticas que también están detrás de los desplazamientos humanos.
El Evangelio no deja demasiado margen para la indiferencia. «Fui forastero y me acogisteis» (Mateo 25,35). Jesús no condiciona la dignidad humana al pasaporte, la procedencia o la utilidad económica de una persona. Y en la parábola del buen samaritano, quien cumple con el prójimo es precisamente quien se detiene ante el herido, en lugar de pasar de largo. La acogida no elimina la necesidad de gestionar responsablemente las fronteras, pero impide convertir esa gestión en una excusa para olvidar a las personas. La seguridad puede ser una responsabilidad legítima del Estado; la indiferencia ante el sufrimiento nunca puede convertirse en virtud cristiana.
Se reprocha también a García Cadiñanos que no mencionara los rumores difundidos en redes sociales sobre la posibilidad de quedarse en España después de llegar a Ceuta. Si esos mensajes circularon y pudieron confundir a personas vulnerables, deben aclararse y combatirse. Pero ¿qué tiene que ver eso con el derecho del obispo a hablar de las causas profundas de la migración? Que existan rumores no demuestra que su análisis sea equivocado, del mismo modo que denunciar el sufrimiento humano no significa justificar la desinformación. No utilicemos los bulos como cortina de humo para dejar de hablar de las guerras, la pobreza y las responsabilidades políticas que también están detrás de los desplazamientos humanos. Y no atribuyamos a esos mensajes consecuencias concretas sin pruebas.
Fernando García Cadiñanos merece una defensa clara porque su llamada a mirar a los inmigrantes como seres humanos pertenece al corazón de la misión cristiana. Eso no lo hace infalible, pero sí convierte su preocupación en una voz que merece ser escuchada, no caricaturizada. Frente a quienes convierten la política en una batalla permanente, la Iglesia debe recordar que el Evangelio no fue entregado para bendecir trincheras, sino para abrir caminos de justicia, paz y fraternidad.
Lo mismo cabe decir de las referencias a los intereses geopolíticos. Las hipótesis deben distinguirse de los hechos demostrados, y también un obispo está obligado a fundamentar sus afirmaciones. Pero investigar las relaciones de poder que influyen en las crisis migratorias es legítimo. Lo contrario sería fingir que las decisiones de los Estados, los conflictos y los intereses económicos no tienen consecuencias sobre la vida de millones de personas.
Donde sí hace falta una crítica especialmente seria es en el uso de la autoridad episcopal para alimentar la confrontación política. El arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, publicó en julio de 2023 su carta De incendios y elecciones generales, en plena campaña electoral. Su lenguaje sobre los «verdaderos bomberos» y los «pirómanos mendaces», junto con sus críticas al Gobierno y sus alusiones a los llamados «ultracatólicos», fue interpretado por diversos medios como un guiño político a Vox. En septiembre de ese mismo año, sus intervenciones en Covadonga volvieron a suscitar polémica por sus ataques al feminismo y al ecologismo. No estamos, por tanto, ante una sospecha inventada, sino ante declaraciones públicas que pueden y deben examinarse.
Un arzobispo tiene derecho a expresar sus opiniones, pero no puede pretender que sus palabras queden exentas de crítica por el hecho de pronunciarlas desde una posición religiosa. Cuando el lenguaje de un pastor se parece más al de una trinchera política que al de quien anuncia la reconciliación, resulta legítimo preguntarse a quién sirve ese discurso y qué frutos produce. La Iglesia no debería ser percibida como el altavoz religioso de una formación política ni como un espacio donde quienes discrepan se sienten señalados o expulsados simbólicamente.
Si se exige rigor a García Cadiñanos, hay que exigirlo también a Sanz Montes; si se cuestiona a uno por sus declaraciones, no se puede blindar al otro por afinidad ideológica.
Y sí, ese estilo partidista aleja de la Iglesia a infinidad de personas que esperan de ella misericordia, diálogo y esperanza, no una prolongación de las guerras culturales. No hace falta esperar a que nuestros templos se vacíen aún más para advertir el daño pastoral que puede producir ese discurso: la fe no se edifica expulsando al diferente, y un lenguaje de trinchera solo cosecha alejamiento, desengaño y fractura en el pueblo de Dios. La autoridad moral de un obispo no se mide por su capacidad para incendiar el debate público, sino por su capacidad para anunciar el Evangelio sin convertir al discrepante en enemigo. Si se exige rigor a García Cadiñanos, hay que exigirlo también a Sanz Montes; si se cuestiona a uno por sus declaraciones, no se puede blindar al otro por afinidad ideológica.
El Catecismo, en su número 2241, reconoce el derecho de las autoridades a regular la inmigración, pero recuerda igualmente el deber de las naciones prósperas de acoger, en la medida de sus posibilidades, a quienes buscan seguridad y medios de vida. Utilizar solo la primera parte para cerrar el debate es ofrecer una lectura incompleta de la doctrina católica. La justicia exige normas; el Evangelio exige que esas normas no nos hagan olvidar la dignidad de quienes llaman a la puerta.
Jesús denunció la hipocresía de quienes cuidaban las apariencias religiosas mientras descuidaban «la justicia, la misericordia y la fidelidad» (Mateo 23,23). Hoy también debemos preguntarnos qué significa defender la vida si no nos conmueven quienes mueren en las guerras, huyen del hambre o perecen en el mar. La defensa de la vida no puede ser selectiva ni depender de la ideología de quien sufre.
Fernando García Cadiñanos merece una defensa clara porque su llamada a mirar a los inmigrantes como seres humanos pertenece al corazón de la misión cristiana. Eso no lo hace infalible, pero sí convierte su preocupación en una voz que merece ser escuchada, no caricaturizada. Frente a quienes convierten la política en una batalla permanente, la Iglesia debe recordar que el Evangelio no fue entregado para bendecir trincheras, sino para abrir caminos de justicia, paz y fraternidad.
Defender al migrante no es negar los problemas. Defender a García Cadiñanos no es impedir la crítica. Es recordar que la crítica debe ser honesta y que la Iglesia pierde su voz profética cuando el miedo pesa más que la misericordia. Y es exigir a todos sus pastores, sin excepciones ni privilegios ideológicos, que midan sus palabras no por los aplausos que provocan, sino por su fidelidad a Jesucristo y por la dignidad humana que ayudan a proteger.