Hazte socio/a
Última hora:
La dignidad de Pérez Pueyo en Torreciudad

Fernando García Cadiñanos: «Los migrantes no son una amenaza»

En tiempos recios, donde no siempre es fácil encontrar pastores con alma, la diócesis de Mondoñedo-Ferrol celebra cinco años de un obispo que escucha, acompaña y se deja la vida.

Fernando García Cadiñanos no solo guía: hace visible el Evangelio en lo cotidiano y se gana el cariño de su pueblo.

Fernando Gacía Cadiñanos

Cinco años no son solo una cifra. Son camino, rostros, heridas compartidas y esperanza sembrada. Hoy se cumple el quinto aniversario del ministerio episcopal de Don Fernando García Cadiñanos al frente de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol, y la ocasión no invita a una simple felicitación, sino a una contemplación agradecida. Porque hay pastores que pasan, y hay pastores que dejan huella. Y él, sin duda, pertenece a los segundos.

Él mismo lo expresa con hondura creyente al mirar atrás: reconocer “la huella de Dios en la sencillez de cada día” no es una frase hecha, sino un programa de vida. En esa mirada se condensa su forma de ser obispo: atento a lo pequeño, fiel en lo cotidiano, convencido de que “es en lo pequeño y en lo sencillo en lo que Dios va construyendo su Reino” (cf. Mt 13,31-32). No hay grandilocuencia, sino encarnación; no hay distancia, sino cercanía.

Fernando García cadiñanos en la visita del Papa
Cinco años no son solo una cifra. Son camino, rostros, heridas compartidas y esperanza sembrada. Hoy se cumple el quinto aniversario del ministerio episcopal de Don Fernando García Cadiñanos al frente de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol, y la ocasión no invita a una simple felicitación, sino a una contemplación agradecida. Porque hay pastores que pasan, y hay pastores que dejan huella. Y él, sin duda, pertenece a los segundos.

Quienes lo conocen saben que es un hombre que escucha. Y escuchar, en un tiempo de ruido, es ya una forma de amar. Como el Buen Pastor del Evangelio, “conoce a sus ovejas y las llama por su nombre” (Jn 10,3). Esa cercanía no es estrategia, sino Evangelio vivido. Un corazón sensible, compasivo, atento al sufrimiento, especialmente de los más vulnerables.

Y ahí es donde su voz se vuelve clara, valiente y —para algunos— incómoda.

Porque mientras crecen discursos que criminalizan, que expulsan, que deshumanizan, él responde con una afirmación rotunda: “Los migrantes no son una amenaza”. No lo dice desde la ingenuidad, sino desde la lucidez evangélica. Y añade algo aún más duro: que han sido “utilizados por oscuros intereses” y que se fomenta una “guerra entre pobres” para ocultar las verdaderas causas de los problemas.

Estas palabras no son neutras. Son proféticas.

Inmigrantes
Porque mientras crecen discursos que criminalizan, que expulsan, que deshumanizan, él responde con una afirmación rotunda: “Los migrantes no son una amenaza”. No lo dice desde la ingenuidad, sino desde la lucidez evangélica. Y añade algo aún más duro: que han sido “utilizados por oscuros intereses” y que se fomenta una “guerra entre pobres” para ocultar las verdaderas causas de los problemas.

Porque el Evangelio no admite medias tintas: “Fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). No dice: fui extranjero y me rechazasteis. No dice: fui migrante y me convertisteis en amenaza. Dice acogisteis. Y en esa palabra se decide todo.

Frente a quienes promueven el rechazo, él propone acogida. Frente a quienes alimentan el miedo, él siembra fraternidad. Frente a quienes endurecen el corazón, él insiste en la misericordia.

Y no desde un discurso fácil. También ha sabido mirar de frente la realidad compleja de Ceuta, reconociendo tensiones, miedos y límites. Pero sin ceder a la lógica del enfrentamiento. Por eso pide apoyo, reclama responsabilidad compartida y rechaza con firmeza “toda violencia y toda hostilidad”, apostando por el diálogo y la legalidad.

Eso es ser valiente. No gritar más alto, sino mantenerse firme en la verdad del Evangelio.

Porque —y aquí está el núcleo— “no seremos auténticamente humanos si no nos duelen” quienes mueren en las fronteras, quienes pierden la vida persiguiendo una esperanza, quienes quedan atrapados en decisiones ajenas. Y entonces resuena con fuerza la bienaventuranza: “Bienaventurados los misericordiosos” (Mt 5,7).

D. Fernando no se ha limitado a palabras. Ha impulsado gestos concretos: acogida real, proyectos sociales, espacios de integración, iniciativas como la casa de Alfoz, donde la vida se reconstruye desde la dignidad y la oportunidad. Porque la caridad verdadera no es ideología: es rostro, es nombre, es historia concreta.

D. Fernando en la rectoral de Alfoz
D. Fernando no se ha limitado a palabras. Ha impulsado gestos concretos: acogida real, proyectos sociales, espacios de integración, iniciativas como la casa de Alfoz, donde la vida se reconstruye desde la dignidad y la oportunidad. Porque la caridad verdadera no es ideología: es rostro, es nombre, es historia concreta.

Y aquí es donde su testimonio se vuelve aún más necesario. Porque vivimos tiempos en los que incluso algunos intentan utilizar la fe para justificar el rechazo. Frente a eso, su voz recuerda algo esencial: el Evangelio no se usa, el Evangelio se vive. Y cuando se vive de verdad, siempre conduce a la acogida, nunca a la exclusión.

Lo dice él mismo con claridad: el Evangelio es “provocador y contracorriente”. Y él ha elegido estar ahí: a contracorriente, pero fiel.

Cinco años después, su diócesis puede ser “humilde y sencilla”, pero está llena de vida, de entrega silenciosa, de voluntarios comprometidos, de comunidades que sostienen. Porque donde hay amor concreto, allí crece el Reino (cf. Lc 17,20-21), aunque no haga ruido.

Este aniversario es, por tanto, mucho más que una efeméride. Es una llamada a agradecer, sí, pero también a despertar. Porque el testimonio de un buen pastor no está para ser aplaudido desde la distancia, sino para ser seguido.

Fernando garcía Cadiñanos
Gracias, de corazón, por tu cercanía, tu entrega y tu valentía evangélica. Sigue caminando con nosotros: te necesitamos.

En un mundo que premia la dureza, D. Fernando García Cadiñanos ha elegido la ternura.

En una sociedad que levanta muros, ha apostado por el encuentro.

En una Iglesia tentada por la comodidad, ha optado por la fidelidad exigente al Evangelio.

¡Y eso incomoda! Pero también ilumina.!

Porque al final, solo hay una medida: “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16). Y los frutos de este pastor son claros: cercanía, valentía, compromiso, misericordia.

Y, sobre todo, Evangelio vivido. Porque, al final, no hay mayor elogio para un pastor que este: que su vida haga creíble el Evangelio que anuncia.

Gracias, de corazón, por tu cercanía, tu entrega y tu valentía evangélica.

Sigue caminando con nosotros: te necesitamos.

También te puede interesar

Lo último