Fernando García Cadiñanos: valentía evangélica ante la frontera del sufrimiento
La crisis vivida en Ceuta vuelve a poner en el centro una pregunta incómoda: ¿estamos ante un problema de fronteras o ante un drama humano? En una entrevista en el Diario de Burgos, el obispo Fernando García Cadiñanos ofrece una mirada valiente y profundamente evangélica que interpela a la conciencia colectiva y denuncia la indiferencia ante el sufrimiento de quienes migran por pura supervivencia.
En una reciente entrevista concedida al Diario de Burgos, el obispo D. Fernando García Cadiñanos ha puesto palabras a una realidad que muchos prefieren ignorar o simplificar: lo ocurrido en Ceuta no puede entenderse únicamente como una crisis migratoria, sino como una auténtica crisis de supervivencia humana. Sus declaraciones, lejos de caer en la comodidad de los discursos políticamente calculados, se sitúan en una línea profundamente evangélica que interpela tanto a creyentes como a la sociedad en su conjunto.
Es significativo nombrar las cosas por su verdadero nombre. Cuando el obispo habla de “personas que no tienen lo mínimo para vivir”, está despojando el debate de cifras, titulares y estrategias geopolíticas para devolverle su rostro humano. Y es precisamente ahí donde el Evangelio resuena con más fuerza. “Fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35) no es una metáfora ni una sugerencia opcional: es un criterio de juicio. En esa clave, las palabras de García Cadiñanos no son solo una opinión, sino un recordatorio incómodo de lo esencial.
En definitiva, la voz de Fernando García Cadiñanos se alza como un testimonio necesario en medio de un debate muchas veces contaminado por el ruido y la simplificación. Su valentía no radica solo en lo que dice, sino en cómo lo dice: desde la cercanía a las víctimas, desde la fidelidad al Evangelio y desde un profundo sentido de humanidad. En tiempos de polarización, su palabra invita a recuperar lo esencial: mirar al otro no como una amenaza, sino como un hermano.
Resulta especialmente significativa su denuncia de los intereses que se esconden tras estos episodios: intereses económicos, políticos y estratégicos que instrumentalizan a los más vulnerables. Esta mirada crítica no es ideológica, sino profundamente moral. El Evangelio también desenmascara estas lógicas cuando Jesús denuncia a quienes “atan cargas pesadas y las echan sobre los hombros de los demás” (Mt 23,4). Hoy esas cargas tienen nombre: pobreza estructural, desigualdad global, conflictos olvidados. Y quienes las padecen no son números, sino vidas concretas.
La valentía del obispo no se limita a señalar las causas, sino que se adentra en un terreno aún más delicado: la responsabilidad compartida. Habla de la necesidad de equilibrar el derecho a migrar con el derecho de los Estados a controlar sus fronteras. No se trata de un planteamiento ingenuo, sino de una propuesta realista que busca conjugar justicia y orden. En términos evangélicos, podríamos decir que se trata de “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21), sin olvidar que la dignidad humana nunca puede quedar subordinada a intereses administrativos.
La valentía del obispo no se limita a señalar las causas, sino que se adentra en un terreno aún más delicado: la responsabilidad compartida. Habla de la necesidad de equilibrar el derecho a migrar con el derecho de los Estados a controlar sus fronteras. No se trata de un planteamiento ingenuo, sino de una propuesta realista que busca conjugar justicia y orden. En términos evangélicos, podríamos decir que se trata de “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”
Sin embargo, donde su discurso alcanza mayor profundidad es en la llamada a la compasión activa. La imagen del “hospital de campaña”, tan recurrente en el magisterio del papa Francisco, aparece aquí como una clave interpretativa decisiva. En una sociedad herida, no se puede seleccionar a quién cuidar en función de su origen. El Evangelio del buen samaritano (Lc 10,25-37) rompe precisamente con esa lógica excluyente: el prójimo no es el que pertenece a mi grupo, sino el que necesita mi ayuda. Y ese prójimo, hoy, tiene muchas veces rostro migrante.
Frente a esta visión, resulta preocupante la proliferación de discursos que apelan al miedo, a la exclusión o incluso al rechazo abierto de los inmigrantes. No solo son éticamente cuestionables, sino que contradicen frontalmente el núcleo del mensaje cristiano. Negarse a acoger, o hacerlo de manera selectiva y condicionada, es olvidar que todos somos, en algún momento, extranjeros. Como recuerda el libro del Éxodo: “No maltratarás ni oprimirás al extranjero, porque extranjeros fuisteis vosotros en Egipto” (Ex 22,21).
Frente a esta visión, resulta preocupante la proliferación de discursos que apelan al miedo, a la exclusión o incluso al rechazo abierto de los inmigrantes. No solo son éticamente cuestionables, sino que contradicen frontalmente el núcleo del mensaje cristiano. Negarse a acoger, o hacerlo de manera selectiva y condicionada, es olvidar que todos somos, en algún momento, extranjeros. Como recuerda el libro del Éxodo: “No maltratarás ni oprimirás al extranjero, porque extranjeros fuisteis vosotros en Egipto”
La crítica a quienes no quieren atender a los inmigrantes no debe entenderse como un ataque, sino como una llamada a la coherencia. No se puede reivindicar una identidad cristiana y, al mismo tiempo, cerrar los ojos ante el sufrimiento del otro. La fe, si es auténtica, se traduce en obras. Y entre esas obras, la acogida ocupa un lugar central. No se trata de una cuestión ideológica, sino evangélica.
García Cadiñanos también subraya un aspecto fundamental: la integración como tarea compartida. No basta con acoger; es necesario construir espacios de convivencia donde todos puedan desarrollarse plenamente. Esto implica esfuerzo, diálogo y, sobre todo, apertura. El Evangelio no propone una uniformidad, sino una comunión en la diversidad. Pentecostés (Hch 2,1-11) es, en este sentido, una imagen poderosa: personas de diferentes lenguas y culturas que se entienden porque comparten un mismo espíritu.
Especial mención merece su preocupación por los menores migrantes, los más vulnerables entre los vulnerables. Aquí el Evangelio vuelve a ser claro: “El que acoge a un niño como este en mi nombre, a mí me acoge” (Mt 18,5). No hay ambigüedad posible. La manera en que tratamos a estos niños y adolescentes define el tipo de sociedad que somos y el tipo de Iglesia que queremos ser.
En definitiva, la voz de Fernando García Cadiñanos se alza como un testimonio necesario en medio de un debate muchas veces contaminado por el ruido y la simplificación. Su valentía no radica solo en lo que dice, sino en cómo lo dice: desde la cercanía a las víctimas, desde la fidelidad al Evangelio y desde un profundo sentido de humanidad. En tiempos de polarización, su palabra invita a recuperar lo esencial: mirar al otro no como una amenaza, sino como un hermano.
Quizá esa sea la mayor enseñanza de esta entrevista: que la verdadera frontera no está en Ceuta, sino en el corazón de cada uno. Y que cruzarla, para encontrarnos con el otro, es el primer paso hacia una sociedad más justa y más fiel al Evangelio.