Los Herodes de nuestro tiempo: poder, petróleo y el miedo a la estrella
La lógica del Herodes contemporáneo no se limita a un solo país. En el continente americano, Donald Trump volvió a mostrarla con crudeza. En su discurso sobre Venezuela, no pronunció ni una sola vez la palabra “democracia”, pero repitió 27 veces la palabra “petróleo”. El mensaje fue inequívoco: lo que está en juego no son valores universales, sino recursos estratégicos y control geopolítico.
Mañana es Día de Reyes. Y como entonces, también hoy hay quienes temen a la estrella.
En el Ángelus del 28 de diciembre de 2025, el papa León XIV recordó que el mundo no ha dejado atrás a Herodes. Sigue produciendo sus figuras, encarnaciones del éxito a cualquier precio, del poder sin escrúpulos y del bienestar vacío y superficial que, lejos de traer estabilidad, generan soledad, desesperación, divisiones y violencia. No hablaba solo del pasado bíblico, sino de una lógica que atraviesa nuestro presente político.
Herodes el Grande fue un gobernante sostenido por Roma, obsesionado con la autopreservación. Supo maniobrar dentro del poder imperial, pero reaccionó con brutalidad cada vez que creyó ver una amenaza a su trono. Mandó ejecutar a su esposa Mariamne, a tres de sus hijos y a otros miembros de su familia. El poder, para Herodes, no tenía límites morales. Cuando escucha hablar de un niño que podía ser llamado rey, no busca comprender ni verificar: intenta instrumentalizar a los magos para eliminarlo. No guía, manipula; no protege, destruye.
Ese mismo patrón se reproduce hoy en distintos escenarios, con otros discursos y otras herramientas. En Oriente Próximo, el gobierno de Benjamín Netanyahu ha tomado una decisión que ha generado una fuerte alarma internacional. Según el Ministerio israelí para los Asuntos de la Diáspora, las ONG que no hayan satisfecho los requisitos impuestos por las autoridades verán expirar sus permisos y deberán cesar todas sus actividades en la Franja de Gaza antes del 1 de marzo de 2026. La medida afecta directamente a 37 organizaciones humanitarias, entre ellas Médicos Sin Fronteras, el Norwegian Refugee Council, Care International, Oxfam, ActionAid y Cáritas Jerusalén.
Numerosas organizaciones internacionales han rechazado esta decisión por considerar que agravará una crisis humanitaria ya extrema, en un enclave donde el acceso a atención médica, alimentos y agua potable sigue siendo dramáticamente insuficiente. La expulsión de quienes sostienen los mínimos vitales para la población civil no es un gesto técnico ni burocrático: es una forma de ejercer poder castigando a los más vulnerables, una lógica que recuerda inquietantemente a la de Herodes, cuando la preservación del trono justificaba cualquier daño colateral.
La lógica del Herodes contemporáneo no se limita a un solo país. En el continente americano, Donald Trump volvió a mostrarla con crudeza.
La lógica del Herodes contemporáneo no se limita a un solo país. En el continente americano, Donald Trump volvió a mostrarla con crudeza. En su discurso sobre Venezuela, no pronunció ni una sola vez la palabra “democracia”, pero repitió 27 veces la palabra “petróleo”. El mensaje fue inequívoco: lo que está en juego no son valores universales, sino recursos estratégicos y control geopolítico.
Ese mismo día, Trump amplió el campo de amenazas. Gustavo Petro fue acusado de ser un “líder narco”, sin aportar ninguna prueba, pese a que había moderado su tono frente a Washington. Cuba fue directamente amedrentada por el secretario de Estado, Marco Rubio, y horas después el propio Trump afirmó que “Cuba está a punto de caer”. No se trata de diplomacia, sino de intimidación pública, de la exhibición del poder como advertencia.
La respuesta no tardó en llegar. Lula da Silva denunció que estas acciones han traspasado una línea inaceptable, que constituyen una flagrante violación del derecho internacional y que sientan un precedente extremadamente peligroso para toda la comunidad internacional. Advirtió además que este tipo de conductas recuerdan los peores episodios de injerencia en América Latina y amenazan la región como zona de paz. Pedro Sánchez, por su parte, afirmó que España no reconocerá el ataque estadounidense, señalando que empuja a la región hacia un horizonte de belicismo e incertidumbre.
Mientras tanto, analistas como Richard Werner advierten que este tipo de golpes de fuerza pueden tener efectos contrarios a los buscados. Lejos de consolidar el dominio estadounidense, aceleran el hartazgo del Sur Global, refuerzan alianzas alternativas y pueden contribuir al declive del petrodólar. La coerción ya no garantiza obediencia en un mundo multipolar.
El patrón se repite con una regularidad casi mecánica. Estados Unidos identifica gobiernos que no se alinean con sus intereses, impone sanciones, financia oposiciones, apoya golpes o amenazas abiertas. El resultado suele ser el mismo: fracaso o efectos inversos. Cuba tras más de seis décadas de embargo, Nicaragua tras años de presión, Bolivia después del golpe de 2019 y el retorno electoral del MAS. Cada intento de aplastamiento empuja a esos países hacia otros aliados y reduce la influencia de quien pretende mandar.
Como en tiempos de Herodes, el miedo a perder el poder conduce a decisiones cada vez más duras, que terminan debilitando al propio poder que buscan preservar. Ayer fueron los niños de Belén; hoy son pueblos asfixiados, poblaciones civiles abandonadas, organizaciones humanitarias expulsadas y países enteros tratados como piezas de un tablero.
En el relato evangélico, Herodes fracasa. La estrella no se deja controlar, los magos no regresan por el camino impuesto y la vida encuentra rutas inesperadas para sobrevivir. En vísperas de Reyes, la pregunta sigue siendo tan actual como incómoda: ¿seguiremos aceptando a los Herodes de nuestro tiempo como garantes del orden, o aprenderemos a reconocer que su violencia es el síntoma de un poder que ya no sabe convencer?
Porque entonces y ahora, no es la fuerza la que sostiene la historia, sino la vida que el poder intenta, sin éxito, apagar.