Hijas e hijos de un arameo errante: migración, fe e identidad cristiana
Cristo sigue llegando como extranjero. La pregunta no es si caben todos, sino si todavía somos Iglesia.
Hay frases que no buscan aplausos, sino conversión. Cuando D. Fernando García Cadiñanos afirma que “o somos una Iglesia acogedora y misionera, o no seremos”, no está formulando una opción pastoral entre otras posibles. Está señalando un lugar decisivo de discernimiento. El modo en que la Iglesia se sitúe hoy ante la migración dirá mucho —quizá todo— sobre su fidelidad al Evangelio y sobre su futuro como comunidad creyente.
Vivimos en un tiempo atravesado por el miedo. Miedo a perder lo propio, a que el otro“venga a imponer su cultura”, a que cambie nuestras costumbres, nuestra manera de vivir la fe. Frente a ese relato defensivo, la palabra del obispo abre una grieta luminosa: la diversidad cultural no es una amenaza para la identidad, sino una oportunidad de enriquecimiento mutuo. La Iglesia no nace del repliegue, sino del encuentro. Siempre ha crecido en las fronteras, en los cruces de caminos, en la traducción constante del Evangelio a lenguas, gestos y sensibilidades nuevas.
Cuando D. Fernando García Cadiñanos afirma que “o somos una Iglesia acogedora y misionera, o no seremos”, no está formulando una opción pastoral entre otras posibles. Está señalando un lugar decisivo de discernimiento. El modo en que la Iglesia se sitúe hoy ante la migración dirá mucho —quizá todo— sobre su fidelidad al Evangelio y sobre su futuro como comunidad creyente.
También resuena con fuerza una afirmación que incomoda porque desarma muchos discursos instalados: la Iglesia no puede pensarse a sí misma desde la lógica de la exclusión. Cuando se afirma que “no caben todos”, conviene preguntarse ante qué tribunal se está hablando y con qué criterios se decide quién sobra. El Evangelio sitúa a la comunidad creyente ante otra escena muy distinta: la del juicio definitivo narrado en el Evangelio de Mateo 25, donde no se pregunta por el origen, la lengua o la situación administrativa, sino por algo mucho más radical: si fuimos capaces de reconocer a Cristo en el hambriento, en el desnudo, en el enfermo, en el forastero. Allí no se condena por haber acogido demasiado, sino por haber cerrado la puerta. La comunidad cristiana no nace para administrar escasez ni gestionar el miedo, sino para ensanchar la mesa del Reino. Cuando se empieza a decidir quién cabe y quién no, el riesgo no es solo social o político: es profundamente evangélico.
Esta convicción no surge de una sensibilidad moderna, sino del corazón mismo de la fe bíblica. La Escritura se comprende mejor cuando se lee en clave de movimiento. El pueblo de Dios no nace instalado, sino en camino. “Mi padre fue un arameo errante” (Deuteronomio 26,5): así comienza la confesión de fe de Israel. La identidad creyente no se apoya en la estabilidad, sino en la memoria de un Dios que llama a salir, a dejar la tierra conocida, a confiar en la promesa.
Hoy ese movimiento tiene cifras que abruman. Más de 232 millones de personas viven fuera de su país de origen. Más de 65 millones se han visto forzadas a huir por guerras, violencia o desastres naturales. Detrás de cada número hay un nombre, una historia interrumpida, una casa perdida. Y, sin embargo, con demasiada facilidad estas vidas se convierten en estadísticas o en problemas que gestionar. El riesgo es deshumanizar lo que el Evangelio nos pide mirar a los ojos.
Mientras tanto, el Mediterráneo se ha transformado en una herida abierta, en un inmenso cementerio sin cruces. Miles de personas han perdido allí la vida buscando un futuro. Ante ese drama, la neutralidad no existe. Callar es tomar partido, y acostumbrarse es una forma silenciosa de violencia.
Frente al argumento, repetido hasta la saciedad, de que las personas migrantes “quitan el trabajo” o “saturan los servicios sociales”, conviene desenmascarar una de las grandes falsedades de nuestro tiempo. Se afirma, especialmente desde los discursos ultras, que gozan de más ayudas, de más derechos y de más privilegios que la población autóctona. Nada más lejos de la realidad. Las personas migrantes sufren mayores tasas de desempleo, aceptan con frecuencia empleos más precarios, invisibles o directamente explotadores, y viven atrapadas en laberintos administrativos que retrasan o impiden el acceso efectivo a derechos básicos. Muchas ayudas están condicionadas a años de empadronamiento, a permisos de residencia estables o a situaciones legales que la migración forzada hace casi imposibles de cumplir. El supuesto “privilegio” es, en realidad, una sospecha permanente, una ciudadanía a prueba, una vida bajo examen. Convertir al más frágil en beneficiario injusto es una forma de justificar el rechazo. El Evangelio no se deja engañar por los bulos.
Cuando se afirma que “no caben todos”, conviene preguntarse ante qué tribunal se está hablando y con qué criterios se decide quién sobra.
Pero la clave última no es sociológica, sino cristológica. Jesús mismo se revela como migrante. El Evangelio de Mateo presenta a la Sagrada Familia huyendo a Egipto, expulsada por la violencia del poder. Lucas narra un nacimiento fuera de la ciudad, sin lugar en la posada. El Hijo de Dios entra en la historia sin hogar, vive como itinerante, recorre pueblos y aldeas, y muere fuera de los muros. Dios no se instala: camina.
Por eso, cuando el cristiano se encuentra con el extranjero, no ve solo a alguien necesitado, sino un espejo inquietante del propio Cristo. En el rostro del que huye, del que llama a la puerta, del que no encaja, se transparenta el misterio de la encarnación. Olvidarlo empobrece la fe; recordarlo la vuelve peligrosa y viva.
Algunos temen que la llegada de otras culturas “cambie nuestra forma de vivir la fe”. Sin embargo, la experiencia eclesial demuestra lo contrario. La piedad popular de otros pueblos, sus cantos, sus gestos, su manera de rezar, pueden revitalizar comunidades cansadas. La unidad de la Iglesia no se construye desde la uniformidad, sino desde la comunión y la diversidad. Donde hay acogida real, la fe no se diluye: se ensancha.
Ya en el siglo IV, Juan Crisóstomo advertía del peligro de una religiosidad que embellece templos mientras ignora cuerpos heridos. Para él, Cristo seguía siendo el peregrino necesitado de techo, y todo lo que no se comparte con el hambriento o el emigrante carece de valor evangélico. Sus palabras siguen siendo incómodamente actuales.
La migración no es, por tanto, un asunto periférico. Atraviesa la identidad misma del pueblo de Dios. Desde Abraham hasta el exilio, desde la huida a Egipto hasta la misión apostólica, la historia de la salvación está tejida con desplazamientos, con hospitalidad recibida y ofrecida, con tiendas levantadas en tierra ajena. Somos herederos de una fe nómada, de una esperanza que no se deja encerrar.
Quizá por eso la pregunta decisiva no es qué hacer con las personas migrantes, sino qué tipo de Iglesia queremos ser. Una Iglesia que se protege o una Iglesia que se entrega. Una Iglesia que administra miedos o una Iglesia que confía en el Evangelio. Porque, en último término, o somos una Iglesia acogedora y misionera, o no seremos. Y esa verdad no se decide en los discursos, sino en la manera concreta de abrir —o cerrar— la puerta al que llega.
Y quizá por eso el Evangelio no permite neutralidades. Al final no se nos preguntará cuántas fronteras defendimos ni cuántos miedos supimos justificar, sino a quién dimos de comer, a quién abrimos la puerta, a quién reconocimos como hermano. El juicio no se celebrará sobre declaraciones ni sobre cálculos de viabilidad, sino sobre gestos concretos de hospitalidad o de rechazo. Allí se revelará si supimos ver a Cristo en el forastero o si lo dejamos fuera, llamando prudencia a lo que en realidad era miedo. Porque la fe cristiana se decide siempre en el camino, y solo quienes se atreven a acoger descubren, demasiado tarde o a tiempo, que era el Señor quien llamaba a la puerta.