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Incendios y negacionismo climático: una crisis anunciada

Los incendios forestales ya no son solo una tragedia natural: son el síntoma visible de un modelo que está llevando al límite al planeta. Negar el cambio climático hoy no es una opinión, es una irresponsabilidad con consecuencias reales.

Incendios

El cambio climático ya no es una idea lejana ni una discusión entre expertos: es una realidad que estamos viendo y sufriendo cada año con más fuerza. Uno de sus efectos más claros es el aumento de los incendios forestales. Cada vez son más frecuentes, duran más tiempo y resultan mucho más difíciles de apagar. Esto ocurre por varias razones que se combinan entre sí: largos periodos de sequía, olas de calor más intensas y una gran acumulación de vegetación seca en los montes.

Todo esto crea un escenario muy peligroso. Los montes están más secos, hay más combustible y cualquier chispa puede provocar un incendio enorme. No es casualidad, sino la consecuencia directa de un modelo económico que ha priorizado durante décadas el consumo excesivo, la explotación de recursos naturales y el uso masivo de combustibles fósiles. Ese modelo ha calentado el planeta, y ahora estamos viendo las consecuencias.

Además, los incendios ya no se comportan como antes. Están apareciendo en lugares donde antes eran raros, como zonas de alta montaña o regiones más húmedas. También se alarga la temporada de incendios: ya no es solo en verano, sino durante muchos más meses al año. En Europa, y especialmente en España, esto supone un cambio muy serio que obliga a replantear cómo se previenen y se combaten estos fuegos.

Incendios y cambio climatico. captura
Negar o minimizar el cambio climático tiene consecuencias muy reales. Significa menos prevención, menos inversión en gestión del territorio y menos preparación ante incendios cada vez más extremos. Los datos muestran que en los últimos años las emisiones de CO₂ provocadas por grandes incendios han alcanzado niveles récord. Es decir, los incendios no solo son una consecuencia del cambio climático, sino que también lo empeoran.

Hay otro aspecto clave que no se puede ignorar: los incendios y el cambio climático se alimentan mutuamente. Cuando un gran incendio arrasa un bosque, libera enormes cantidades de CO₂ a la atmósfera. Ese CO₂ contribuye a calentar aún más el planeta, lo que a su vez favorece nuevos incendios. Es un círculo vicioso que cada año se vuelve más peligroso.

A pesar de todo esto, que está respaldado por datos y estudios científicos, hay responsables políticos que siguen restando importancia al problema. En España, figuras como Isabel Díaz Ayuso, Alfonso Rueda y Alberto Núñez Feijóo, sin olvidar a Abascal han contribuido, con sus declaraciones, a sembrar dudas sobre la relación entre el cambio climático y los incendios.

No se trata de simples opiniones sin consecuencias. Cuando desde posiciones de poder se cuestiona algo que la ciencia tiene claro, se está enviando un mensaje peligroso a la sociedad. Se da a entender que el problema no es tan grave o que no requiere medidas urgentes. Y eso retrasa decisiones que son necesarias para proteger tanto a las personas como al medio natural.

En el caso de Isabel Díaz Ayuso, sus declaraciones han tendido a minimizar el papel del cambio climático o a presentar las propuestas para afrontarlo como exageradas. Por su parte, Alfonso Rueda, en una comunidad especialmente afectada por los incendios, ha seguido una línea similar, evitando reconocer con claridad el peso del calentamiento global en la gravedad de los fuegos. Y Alberto Núñez Feijóo, como líder político, ha respaldado discursos que ponen en duda la urgencia de la crisis climática.

La Derecha contra el cambio clímatico. Captura
A pesar de todo esto, que está respaldado por datos y estudios científicos, hay responsables políticos que siguen restando importancia al problema. En España, figuras como Isabel Díaz Ayuso, Alfonso Rueda y Alberto Núñez Feijóo, sin olvidar a Abascal han contribuido, con sus declaraciones, a sembrar dudas sobre la relación entre el cambio climático y los incendios.

Este tipo de posturas no solo ignoran la evidencia científica, sino que desvían la atención de los verdaderos problemas. En lugar de centrarse en cómo prevenir incendios y adaptarse a un clima cambiante, se alimentan debates estériles que no ayudan a encontrar soluciones.

Negar o minimizar el cambio climático tiene consecuencias muy reales. Significa menos prevención, menos inversión en gestión del territorio y menos preparación ante incendios cada vez más extremos. Los datos muestran que en los últimos años las emisiones de CO₂ provocadas por grandes incendios han alcanzado niveles récord. Es decir, los incendios no solo son una consecuencia del cambio climático, sino que también lo empeoran.

Pero el problema no es solo climático. También tiene que ver con el abandono del mundo rural. Durante siglos, el monte fue un espacio vivo: se cultivaba, se aprovechaba y se cuidaba. Hoy, en muchos lugares, está abandonado. La vegetación crece sin control, se seca y se convierte en combustible perfecto para el fuego.

Por eso, no basta con plantar más árboles o aumentar la superficie forestal. Hace falta gestionar el territorio de forma inteligente, recuperar prácticas tradicionales, apoyar al mundo rural y apostar por modelos como la agroecología. Un monte cuidado es mucho menos vulnerable al fuego.

Además, esta cuestión no es solo técnica o económica; también es ética. El Papa Francisco lo expresó con claridad en su encíclica Laudato Si’: “la tierra, nuestra casa común, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería”. Su mensaje es claro: no podemos seguir tratando el planeta como si fuera infinito.

Laudato sí
El Papa Francisco lo expresó con claridad en su encíclica Laudato Si’: “la tierra, nuestra casa común, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería”. Su mensaje es claro: no podemos seguir tratando el planeta como si fuera infinito.

El propio mensaje del Evangelio insiste en esta responsabilidad. En Lucas (12:48) se dice: “A quien mucho se le dio, mucho se le exigirá”. Y en el Génesis (2:15) se recuerda que el ser humano fue puesto en el mundo “para que lo cultivara y lo cuidara”. Es decir, no somos dueños absolutos de la naturaleza, sino responsables de su cuidado.

Desde este punto de vista, el negacionismo climático no es solo un error político o científico. Es también una falta de responsabilidad moral. Significa mirar hacia otro lado mientras el problema crece, y dejar a las generaciones futuras un planeta más deteriorado y peligroso.

También hay que reconocer que, en algunos casos, los incendios pueden estar relacionados con intereses económicos, como la especulación sobre terrenos o el aprovechamiento de recursos tras el fuego. Pero centrarse solo en eso sería simplificar demasiado. El problema es mucho más profundo y tiene que ver con cómo hemos organizado nuestra forma de vivir y producir.

En definitiva, los incendios forestales son una señal clara de que algo no funciona. Son una consecuencia directa de la crisis climática y de un modelo que necesita cambiar. Para afrontarlos, hacen falta políticas serias, basadas en la ciencia, y un compromiso real con el cuidado del territorio.

Pero junto a todo esto, hay una idea que debería situarse en el centro del debate: la necesidad de un gran pacto político y social contra los incendios forestales y la crisis climática. España es uno de los países europeos con mayor superficie forestal y, por tanto, con una enorme responsabilidad en su gestión. Esto no puede convertirse en un campo de batalla partidista. Al contrario, debería ser un espacio de acuerdo.

Ayuso y el cambio climatico
En el caso de Isabel Díaz Ayuso, sus declaraciones han tendido a minimizar el papel del cambio climático o a presentar las propuestas para afrontarlo como exageradas. Por su parte, Alfonso Rueda, en una comunidad especialmente afectada por los incendios, ha seguido una línea similar, evitando reconocer con claridad el peso del calentamiento global en la gravedad de los fuegos. Y Alberto Núñez Feijóo, como líder político, ha respaldado discursos que ponen en duda la urgencia de la crisis climática.

Un pacto de estas características implicaría coordinar políticas entre administraciones, invertir de forma sostenida en prevención, reforzar los servicios de extinción y, sobre todo, apostar por la gestión activa del territorio. También supondría escuchar a la comunidad científica, a los profesionales del medio rural y a quienes llevan décadas trabajando sobre el terreno.

Además, este acuerdo debería ir más allá de lo técnico. Se trata de asumir colectivamente que proteger los montes es proteger la vida, la economía y el futuro. No hay ideología que pueda justificar la inacción ante un problema de esta magnitud.

En un contexto de incendios cada vez más devastadores, seguir negando o minimizando el cambio climático no solo es un error: es un obstáculo directo para construir ese consenso necesario. Por eso, resulta imprescindible abandonar discursos que dividen y apostar por una visión común basada en la evidencia.

Porque, en última instancia, solo desde la unidad, la responsabilidad y el compromiso real podremos hacer frente al fuego y a la crisis climática que lo alimenta. Y porque, si algo debería unirnos por encima de cualquier diferencia, es la defensa de nuestra tierra y de las generaciones que vendrán.

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