Jesús Sanz Montes y la “verdad incómoda”: moral selectiva, memoria interesada y silencios elocuentes

Frente a la “verdad incómoda” que proclama, emerge otra más inquietante: la de los silencios, las contradicciones y la ética aplicada a conveniencia.

Sanz Montes presntacion del Libro una verdad incomoda. Captura de pantalla
Sanz Montes presntacion del Libro una verdad incomoda. Captura de pantalla

El artículo de Jesús Sanz Montes pretende presentarse como una defensa valiente de la verdad frente a un supuesto declive moral de España y Europa. Sin embargo, lo que realmente ofrece es una lectura profundamente sesgada, ideologizada y selectiva de la realidad, donde la moral se convierte en arma arrojadiza y la memoria histórica en un ejercicio de conveniencia. Bajo un lenguaje grandilocuente y cargado de referencias a la tradición cristiana, lo que emerge no es un análisis equilibrado, sino una narrativa política disfrazada de reflexión espiritual.

El arzobispo construye su discurso sobre una idealización de la Transición y de ciertos referentes europeos como Robert Schuman o Konrad Adenauer, vinculándolos a una supuesta edad dorada de la política inspirada en valores cristianos. Sin embargo, esta evocación selectiva ignora deliberadamente las tensiones, contradicciones y conflictos reales de aquellos procesos históricos, reduciéndolos a un relato casi mítico que sirve para legitimar su crítica al presente. No hay matices, no hay autocrítica: solo una comparación interesada entre un pasado idealizado y un presente demonizado.

El artículo de Jesús Sanz Montes pretende presentarse como una defensa valiente de la verdad frente a un supuesto declive moral de España y Europa. Sin embargo, lo que realmente ofrece es una lectura profundamente sesgada, ideologizada y selectiva de la realidad, donde la moral se convierte en arma arrojadiza y la memoria histórica en un ejercicio de conveniencia.

Más preocupante aún es su forma de abordar cuestiones contemporáneas como la inmigración, la educación o la libertad política. Sanz Montes denuncia lo que considera una deriva moral y cultural, pero lo hace desde una posición que invisibiliza responsabilidades históricas y políticas de los sectores que él mismo parece defender. En este contexto, resulta especialmente revelador recordar un episodio ocurrido hace ya casi dos décadas, bajo el mandato de Jaime Mayor Oreja como ministro del Interior y con José María Aznar al frente del Ejecutivo. En 1996, 103 inmigrantes fueron expulsados desde Melilla en cinco aviones militares con destino a Mali, Camerún, Senegal y Guinea-Bisáu. Diversas informaciones señalaron que fueron sedados con haloperidol antes de su traslado, en un procedimiento que generó una fuerte polémica por sus implicaciones éticas y legales. La respuesta política de entonces, resumida en la conocida frase de Aznar —“teníamos un problema y lo hemos solucionado”—, refleja una lógica utilitarista que reduce a seres humanos a meros objetos de gestión.

Traer este episodio al presente no es un ejercicio de oportunismo, sino de coherencia. Porque no se puede invocar una supuesta superioridad moral mientras se ignoran prácticas que vulneraron derechos fundamentales, especialmente cuando proceden del mismo espacio ideológico que ahora se presenta como garante de valores. La omisión de estos antecedentes no es casual: forma parte de una estrategia discursiva en la que la verdad se construye tanto por lo que se dice como por lo que se silencia.

En este punto resulta pertinente recordar la reflexión del filósofo Günther Anders, quien advirtió que la capacidad técnica y organizativa del ser humano para causar daño ha superado su capacidad moral para imaginar las consecuencias de sus actos. Dicho de otro modo, podemos hacer cosas cuya gravedad ya no somos capaces de comprender plenamente. Esta idea encaja de forma inquietante con episodios como el descrito, donde la burocracia y la eficacia operativa terminan desdibujando la dimensión humana de las decisiones políticas.

El uso de referencias religiosas por parte de Sanz Montes tampoco escapa a esta lógica. Apela a la “verdad que nos hace libres”, evocando el mensaje de Jesucristo, pero lo hace en un contexto donde esa verdad parece estar previamente definida y delimitada por su propia cosmovisión. No se trata de una búsqueda abierta de la verdad, sino de una afirmación cerrada que excluye otras perspectivas. En este sentido, su discurso se aleja del enfoque pastoral más inclusivo promovido por el difunto Papa Francisco, quien ha insistido reiteradamente en la necesidad de acoger y proteger a los más vulnerables.

Mayor Oreja y la regularización de inmigrantes
En este contexto, resulta especialmente revelador recordar un episodio ocurrido hace ya casi dos décadas, bajo el mandato de Jaime Mayor Oreja como ministro del Interior y con José María Aznar al frente del Ejecutivo. En 1996, 103 migrantes fueron expulsados desde Melilla en cinco aviones militares con destino a Mali, Camerún, Senegal y Guinea-Bisáu. Diversas informaciones señalaron que fueron sedados con haloperidol antes de su traslado, en un procedimiento que generó una fuerte polémica por sus implicaciones éticas y legales.

Además, el arzobispo recurre a una retórica alarmista al hablar de una Europa “apóstata” o dominada por el “relativismo moral”, citando a Benedicto XVI y Juan Pablo II. Sin embargo, este tipo de afirmaciones, lejos de fomentar el diálogo, contribuyen a la polarización social, al presentar la realidad en términos de confrontación entre el bien y el mal. Esta visión binaria empobrece el debate público y dificulta la construcción de consensos, precisamente aquello que el propio artículo dice defender.

Otro elemento clave del texto es su crítica a las instituciones democráticas actuales, a las que acusa de manipulación, corrupción y deriva autoritaria. Si bien toda sociedad democrática debe estar abierta a la crítica, lo problemático aquí es el tono generalizado y la ausencia de concreción, lo que convierte la denuncia en una descalificación global sin base sólida. Esta estrategia no busca reformar las instituciones, sino deslegitimarlas en bloque, generando desconfianza y alimentando narrativas de confrontación.

Finalmente, resulta llamativo el respaldo implícito a iniciativas como la plataforma NEOS, promovida por figuras como Mayor Oreja. Lejos de ser un proyecto puramente cultural, responde a una determinada agenda ideológica, en la que la religión corre el riesgo de convertirse en herramienta de movilización política más que en un espacio de encuentro y reflexión.

En conclusión, el artículo de Jesús Sanz Montes no ofrece una “verdad incómoda”, sino una interpretación parcial y profundamente ideologizada de la realidad, donde la moral se aplica de forma selectiva y la memoria histórica se ajusta a conveniencia. Frente a ello, la verdadera incomodidad consiste en mirar también hacia el propio pasado, reconocer errores y asumir que la ética no puede apropiarse en exclusiva por una sola posición ideológica. Solo desde esa honestidad se puede aspirar a una convivencia más justa y a una verdad que no divida, sino que verdaderamente libere.

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