Jesús Sanz Montes y el regreso de la censura eclesiástica

Con el veto del Cabildo a La Regenta y bajo el mandato de Jesús Sanz Montes, la Iglesia asturiana recupera viejos vicios censores y demuestra su incomodidad ante la cultura crítica.

Jesús Sanz Montes
Jesús Sanz Montes

Casi 150 años después de que la jerarquía eclesiástica arremetiera contra Clarín por escribir La Regenta, la Catedral de Oviedo vuelve a situar una obra fundamental de nuestra literatura bajo sospecha. Cambian los tiempos, pero algunas tentaciones censoras permanecen, ahora con Jesús Sanz Montes como una de las voces más controvertidas de la Iglesia asturiana.

Hay decisiones que, por lo que revelan, trascienden con mucho el hecho concreto que las provoca. La negativa del Cabildo de la Catedral de Oviedo a permitir que Netflix ruede en su interior la nueva adaptación de La Regenta, de Leopoldo Alas Clarín, es una de ellas. No estamos solamente ante una discrepancia sobre la utilización de un espacio religioso para una producción audiovisual. Estamos ante un debate mucho más profundo sobre la libertad cultural, la tolerancia y la persistencia de determinadas mentalidades que parecen sentirse incómodas cuando la literatura se atreve a cuestionar el poder.

Que la novela de Clarín sea crítica con la Iglesia no debería constituir ningún argumento para impedir un rodaje. Precisamente para eso existe la libertad de creación: para contar historias, cuestionar instituciones, denunciar hipocresías y poner en evidencia las contradicciones del poder. La Iglesia no tiene por qué compartir la mirada de Clarín, pero tampoco puede pretender que la literatura se someta a sus criterios ideológicos. Una institución que ha tenido durante siglos una enorme influencia sobre la sociedad debería haber aprendido ya que la crítica no es una ofensa y que ninguna autoridad religiosa tiene el monopolio de la verdad.

Resulta especialmente llamativo que esta controversia nos devuelva a los tiempos de Ramón Martínez Vigil, obispo de Oviedo cuando se publicó La Regenta, que reaccionó con enorme hostilidad contra Clarín y llegó a descalificarlo como «salteador de honras ajenas». La novela fue objeto de una lectura ideológica por parte de la jerarquía eclesiástica prácticamente desde su aparición. Casi siglo y medio después, vuelve a surgir una polémica en la que el supuesto anticlericalismo de la obra aparece como argumento para cerrarle las puertas de la Catedral.

Clarín no escribió un panfleto contra la Iglesia. Escribió una de las grandes novelas de la literatura universal, una disección extraordinaria de la sociedad provinciana, de sus ambiciones, sus hipocresías, sus miserias y sus relaciones de poder. También retrató las contradicciones de una Iglesia profundamente instalada en la vida social de su tiempo. Precisamente ahí reside parte de su grandeza: en atreverse a mostrar aquello que otros preferían mantener oculto.

censura eclesial
censura eclesial
Resulta especialmente llamativo que esta controversia nos devuelva a los tiempos de Ramón Martínez Vigil, obispo de Oviedo cuando se publicó La Regenta, que reaccionó con enorme hostilidad contra Clarín y llegó a descalificarlo como «salteador de honras ajenas». La novela fue objeto de una lectura ideológica por parte de la jerarquía eclesiástica prácticamente desde su aparición.

Y es aquí donde resulta inevitable hablar de Jesús Sanz Montes. El arzobispo de Oviedo ha convertido sus intervenciones públicas en un foco recurrente de controversia. Sus posicionamientos sobre inmigración, feminismo, cambio climático y Agenda 2030 han provocado numerosas críticas. No se trata de cuestionar su derecho a expresar sus convicciones, sino de examinar el alcance de sus intervenciones cuando utiliza la autoridad de su condición eclesiástica para participar en debates que afectan al conjunto de la sociedad.

Tampoco puede ignorarse su proximidad ideológica a Vox. Sus coincidencias discursivas con planteamientos de esta formación han sido señaladas públicamente y el partido ha salido en su defensa ante algunas de las polémicas protagonizadas por el arzobispo. Durante la campaña electoral de 2023, además, su pastoral sobre las elecciones generales fue interpretada como un acercamiento a determinadas posiciones de la ultra derecha política. No hace falta atribuirle una militancia partidista que no está acreditada para señalar algo perfectamente legítimo: la afinidad entre determinados planteamientos de la jerarquía eclesiástica asturiana y los discursos de la derecha más conservadora.

Esta relación resulta especialmente relevante cuando hablamos de cultura y libertad de expresión. No puede reclamarse libertad para intervenir en la vida pública y, al mismo tiempo, mostrar incomodidad ante las expresiones artísticas que cuestionan determinadas convicciones. En Castilla y León, la cancelación de una representación teatral sobre Federico García Lorca por parte de la Fundación Siglo, dependiente de la Junta gobernada por PP y Vox, abrió otra controversia. La Administración alegó motivos relacionados con las obras en la sala, mientras que la compañía denunció razones ideológicas. Son casos institucionalmente diferentes y no debemos confundirlos, pero ambos invitan a reflexionar sobre la tentación de condicionar la cultura desde el poder y las convicciones de quienes administran los espacios.

Jesús Sanz
Jesús Sanz
El arzobispo de Oviedo ha convertido sus intervenciones públicas en un foco recurrente de controversia. Sus posicionamientos sobre inmigración, feminismo, cambio climático y Agenda 2030 han provocado numerosas críticas.

Y aquí aparece una contradicción que merece una reflexión más profunda. En los Evangelios, Jesús mantiene algunos de sus enfrentamientos más duros con los fariseos, con quienes convertían el cumplimiento externo de las normas religiosas en un instrumento de superioridad moral mientras olvidaban la justicia, la misericordia y la compasión. El fariseísmo no consiste en profesar una religión ni en defender unas convicciones. Consiste en utilizar la moral para juzgar a los demás mientras se evita examinar las propias contradicciones.

Una Iglesia que reclama respeto para sus convicciones debería ser especialmente cuidadosa a la hora de respetar la libertad de quienes piensan de manera diferente. La fe no necesita que se silencie a Clarín ni que se proteja a sus representantes de la crítica literaria, artística o social.

Además, Oviedo sale perdiendo. La Regenta forma parte de su identidad histórica y cultural. Clarín convirtió la ciudad en Vetusta y la proyectó internacionalmente a través de una obra extraordinaria. Que una producción de Netflix tenga que buscar otros escenarios fuera de Asturias supone perder una oportunidad de promoción cultural, turística y económica. La Catedral es un monumento excepcional, pero la memoria literaria de Oviedo no pertenece exclusivamente a ninguna institución religiosa.

Catedral de Oviedo
Catedral de Oviedo
El problema no es que Clarín criticara a determinados representantes de la Iglesia. El problema es que, casi 150 años después, todavía haya quienes parezcan sentirse retratados por su literatura y consideren que tienen motivos para impedir que otros vuelvan a contarla.

La Iglesia atraviesa desde hace décadas una pérdida de influencia social que no puede explicarse únicamente por la secularización o los cambios en las costumbres. También tiene que ver con la distancia entre determinados planteamientos de su jerarquía y una ciudadanía que reclama mayor apertura, pluralidad y capacidad de diálogo. Los templos pueden seguir siendo monumentales, pero las instituciones se hacen más pequeñas cuando confunden autoridad con infalibilidad y obediencia con respeto.

Quizá Jesús Sanz Montes y quienes comparten esta manera de entender la relación entre religión y sociedad deberían recordar que la verdad no se defiende prohibiendo preguntas, que la fe no se fortalece cerrando puertas y que el Evangelio no es un instrumento para proteger privilegios institucionales.

El problema no es que Clarín criticara a determinados representantes de la Iglesia. El problema es que, casi 150 años después, todavía haya quienes parezcan sentirse retratados por su literatura y consideren que tienen motivos para impedir que otros vuelvan a contarla.

El futuro de la Religión
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