Jesús Sanz y el relato incompleto del Valle
El problema no es recordar el pasado, sino cómo se cuenta. Y en el caso de Jesús Sanz, el relato deja demasiadas sombras.
Las recientes declaraciones de Jesús Sanz Montes sobre el Valle de los Caídos no sorprenden tanto por su contenido como por su tono: una vez más, el prelado opta por la confrontación, por la exageración retórica y por una lectura profundamente parcial de la historia. Hablar de “profanación invasiva” para referirse a un proceso democrático de resignificación no es solo desmedido; es una forma de distorsionar deliberadamente el debate y de situarse en una trinchera ideológica que poco tiene que ver con la responsabilidad pastoral.
El problema no es que Sanz Montes defienda sus convicciones. El problema es cómo construye su relato. Su insistencia en presentar el Valle como un espacio de “reconciliación” choca frontalmente con los hechos. En ese recinto yacen 33.847 personas, en su mayoría republicanos. Muchos fueron trasladados sin permiso, arrancados de fosas comunes y depositados allí sin el conocimiento ni el consentimiento de sus familias. Hablar de descanso en paz en esas condiciones no es reconciliación: es imposición y olvido institucionalizado.
Ese olvido se agrava cuando se ignora el origen del monumento. El Valle no es un símbolo neutro ni exclusivamente religioso. Está inseparablemente ligado a la figura de Francisco Franco, a su voluntad de perpetuarse y a una narrativa de victoria que convirtió el sufrimiento de muchos en propaganda. Durante décadas fue su tumba, el epicentro simbólico de una dictadura que utilizó la religión como legitimación. Pretender hoy separar completamente ese contexto del significado del lugar no es ingenuidad: es una operación consciente de blanqueamiento histórico.
A ello se suma una realidad incómoda que el discurso del arzobispo elude: la construcción del Valle implicó el trabajo de miles de presos republicanos en condiciones extremas. No se trató de una obra edificante en sentido moral, sino de un proyecto levantado sobre el sufrimiento y la muerte de quienes habían sido derrotados. Que algunos prefirieran permanecer en prisión antes que trabajar allí es un dato que desmonta cualquier intento de relato edulcorado. Cada piedra del Valle arrastra una historia que no encaja en la narrativa de reconciliación que se pretende imponer.
Pero quizá la contradicción más profunda no está en el pasado del monumento, sino en la actitud presente de la Iglesia. Mientras se denuncia con vehemencia la resignificación del Valle, se mantiene un silencio llamativo y persistente sobre la memoria completa de las víctimas. La Iglesia ha impulsado durante años procesos de beatificación de mártires vinculados al bando vencedor de la Guerra Civil, presentándolos como testimonios de fe y persecución. Sin embargo, apenas ha mostrado la misma voluntad de reconocer a quienes, en el otro lado, también murieron injustamente, muchos de ellos igualmente por motivos de conciencia, violencia o represión.
Esta asimetría no es un detalle pequeño: es una herida abierta en la credibilidad moral de la institución. Porque la santidad, si pretende ser universal, no puede estar condicionada por el lado en el que alguien cayó en una guerra. Hubo víctimas en ambos bandos. Hubo muertes injustas en ambos lados. Y, sin embargo, el reconocimiento oficial parece avanzar en una sola dirección. Esa memoria selectiva no solo es injusta; es profundamente incoherente con el mensaje evangélico que la Iglesia dice defender.
En este contexto, las advertencias de Jesús Sanz Montes sobre ataques a la libertad religiosa o vulneraciones de tratados internacionales suenan, como mínimo, desproporcionadas. El Valle es también un espacio público, sostenido con recursos públicos, y por tanto sujeto a las decisiones de una sociedad democrática. Defender su intangibilidad absoluta equivale a situarlo fuera de la historia, como si no pudiera ser reinterpretado a la luz de los valores actuales. Pero la memoria no es estática, y menos aún cuando está atravesada por el dolor de miles de familias.
Más preocupante aún es el uso de una retórica que roza lo incendiario. Comparar un proceso democrático con prácticas propias de “dictaduras bananeras” no solo banaliza el lenguaje; revela una voluntad de polarizar y tensionar el debate en lugar de contribuir a una comprensión más profunda y equitativa. No es un exceso puntual: es una forma de intervenir en la escena pública que busca el conflicto como mecanismo de visibilidad.
Frente a este discurso, los datos son contundentes. Investigaciones como las del historiador Antony Beevor sitúan el número de víctimas de la Guerra Civil y la posguerra en torno a las 350.000 personas. España sigue siendo uno de los países con mayor número de desaparecidos sin identificar, solo por detrás de Camboya. Esa realidad debería exigir prudencia, empatía y un compromiso firme con la verdad. Sin embargo, lo que encontramos es una resistencia a asumir la complejidad del pasado.
La resignificación del Valle no es un ataque, ni una profanación, ni una amenaza. Es una oportunidad. Una oportunidad para explicar lo que ocurrió sin omisiones, para reconocer a todas las víctimas, para asumir responsabilidades y para construir una memoria que no excluya. Pero esa oportunidad exige algo que el discurso de Sanz Montes parece evitar: mirar de frente lo que incomoda.
Porque la verdadera reconciliación no se construye sobre relatos incompletos ni sobre símbolos intocables. Se construye sobre la verdad, incluso cuando esa verdad cuestiona tradiciones, privilegios o silencios mantenidos durante décadas. Y en ese sentido, la postura del arzobispo no solo resulta insuficiente: resulta profundamente reveladora de una forma de entender la memoria que, lejos de sanar, perpetúa las fracturas que dice querer cerrar.