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Jorge González Guadalix o el espejismo de la nostalgia: cuando la sacristía se convierte en burbuja

La Iglesia no se vacía por falta de incienso, sino por falta de Evangelio vivido.

Frente a la nostalgia clerical, la pregunta incómoda sigue en pie: ¿más rito… o más vida?

Jorge González Guadalix. Captura de pantalla
Jorge González Guadalix. Captura de pantalla

Hay artículos que no buscan entender la realidad, sino defender una emoción. El de Jorge González Guadalix es uno de ellos. Bajo una apariencia de diagnóstico valiente, lo que encontramos es una añoranza revestida de teología: la ilusión de que, volviendo atrás —más rito, más rigidez, más “claridad”—, las iglesias volverán a llenarse. Como si el problema fuera de decoración litúrgica y no de credibilidad evangélica.

La tesis del sacerdote es conocida: la Iglesia se vacía porque se ha vuelto blanda, cercana, comprensiva. Y la solución sería recuperar sacralidad, doctrina firme y liturgias impecables. Dicho de otro modo: menos humanidad y más solemnidad. Pero el problema es que esta explicación no solo es simplista, sino profundamente contradictoria con el propio Evangelio.

Porque conviene recordar algo básico que el propio Jesús dejó meridianamente claro: “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). Traducido: la religión no existe para imponer formas, sino para liberar y humanizar. Y, sin embargo, el planteamiento tradicionalista insiste en lo contrario: en que el problema es que hemos humanizado demasiado la fe.

El artículo se apoya en datos —Alemania, Hispanoamérica, África—, pero los utiliza como quien selecciona piezas para confirmar su prejuicio. ¿De verdad alguien cree que la secularización europea se explica porque faltan latines o incienso? ¿O que América Latina ha perdido fieles porque sus comunidades eran demasiado cercanas a los pobres?

Iglesias vacías
Iglesias vacías
El drama no es que la Iglesia se haya vuelto demasiado comunitaria, sino que muchos sacerdotes no han sabido —o no han sido preparados— para animar comunidades reales. Es más cómodo presidir ritos que acompañar procesos humanos. Más sencillo defender normas que escuchar conflictos, dudas y heridas.

Lo que se ignora deliberadamente es que la crisis de la Iglesia en Occidente tiene causas mucho más profundas: escándalos, pérdida de autoridad moral, desconexión cultural, falta de escucha, clericalismo estructural. Pero eso no encaja en el relato. Es más fácil culpar a las “catequesis con juegos” que asumir que el problema es la incapacidad de generar comunidades vivas, creíbles y creyentes.

El drama no es que la Iglesia se haya vuelto demasiado comunitaria, sino que muchos sacerdotes no han sabido —o no han sido preparados— para animar comunidades reales. Es más cómodo presidir ritos que acompañar procesos humanos. Más sencillo defender normas que escuchar conflictos, dudas y heridas.

Pero hay algo aún más incómodo para la tesis tradicionalista: Jesús no fundó una institución clerical como la que hoy conocemos. No estableció una casta separada ni organizó un sistema sacrificial al estilo del templo. Lo que hizo fue reunir a personas distintas en torno a una mesa compartida, sin jerarquías sociales, sin exclusiones, sin privilegios.

La última cena no fue una coreografía sagrada, sino una cena de amigos. Y eso no es una banalización: es una revolución. Porque en esas comidas —con pecadores, con pobres, con marginados— Jesús rompía precisamente lo que hoy algunos quieren restaurar: la separación entre lo puro y lo impuro, entre los que mandan y los que obedecen.

Cuando se insiste en que la solución es “más sacralidad”, lo que muchas veces se está diciendo en realidad es: más distancia, más control, más clericalismo. Justo lo contrario de lo que reflejan los Evangelios.

¿Qué hay parroquias tradicionales que funcionan? Claro. ¿Que en África crece la Iglesia? También. Pero reducir eso a una cuestión de liturgia es ignorar factores decisivos: contexto social, vitalidad comunitaria, sentido de pertenencia, esperanza compartida. La fe no crece donde hay más normas, sino donde hay más sentido.

Y aquí llega la ironía final: se acusa a los que apuestan por una Iglesia más cercana de haberla vaciado… cuando lo que proponen muchos tradicionalistas es, precisamente, una Iglesia menos accesible, menos comprensible y menos humana. Una Iglesia que habla claro, sí, pero que escucha poco. Que celebra bien, pero que acompaña mal.

Clericalismo
Clericalismo
Porque la cuestión de la estructura clerical sigue siendo una asignatura pendiente que muchos prefieren no tocar. Jesús no solo no reforzó el modelo sacerdotal de su tiempo, sino que lo cuestionó abiertamente, denunciando a quienes habían convertido la religión en un sistema de control y privilegio.

El Evangelio, sin embargo, no deja mucho margen para la duda: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20).

No dice “donde hay una liturgia perfecta”, ni “donde la doctrina es más rígida”. Dice donde hay comunidad real.

Quizá el problema no es que la Iglesia se haya desacralizado, sino que no se ha desclericalizado lo suficiente. Que seguimos confundiendo autoridad con poder, rito con fe, norma con verdad.

Y es aquí donde conviene ir aún más al fondo. Porque la cuestión de la estructura clerical sigue siendo una asignatura pendiente que muchos prefieren no tocar. Jesús no solo no reforzó el modelo sacerdotal de su tiempo, sino que lo cuestionó abiertamente, denunciando a quienes habían convertido la religión en un sistema de control y privilegio. No fue sacerdote, ni quiso serlo, ni llamó sacerdotes a sus discípulos. Nunca pensó en funcionarios del culto, sino en testigos de vida.

De hecho, en los orígenes del cristianismo no hubo templos, ni altares, ni una casta separada que mediara entre Dios y el pueblo. Las primeras comunidades eran fraternidades vivas, tan ajenas al aparato religioso que el Imperio llegó a considerarlas ateas. Lo que había era algo mucho más peligroso: igualdad, mesa compartida, palabra libre y una fe que no necesitaba intermediarios para existir.

Por eso, insistir hoy en reforzar lo clerical como solución no solo es un error estratégico, sino una traición al impulso original del Evangelio.

Porque, al final, la pregunta no es si las iglesias están llenas o vacías.

La pregunta es mucho más incómoda: ¿Están llenas de vida… o solo de formas?

Comunidades de base
Comunidades de base

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