Josemari Lorenzo Amelibia: el sacerdote que no renunció a Dios ni al amor
Su historia nos recuerda que ser Iglesia es, sobre todo, ser coherente, humano y valiente, y que, en muchas ocasiones, los verdaderos constructores de la comunidad cristiana no están en la cúpula, sino en la vida concreta de cada creyente que vive su fe con integridad y amor.
Antes de hablar del sacerdote y del luchador, conviene decir algo del hombre. Conocí a José María Lorenzo Amelibia, mantuvimos conversaciones telefónicas a lo largo del tiempo, y siempre encontré en él a una persona cercana, afectuosa y profundamente noble. Era de esos hombres que escuchan más de lo que hablan, siempre pendiente de los demás, interesado sinceramente por la vida y las preocupaciones ajenas. Transmitía bondad, serenidad y una fe vivida con humildad. Esa calidad humana fue inseparable de su manera de entender el sacerdocio y el Evangelio.
A los 91 años falleció Josemari Lorenzo Amelibia, un hombre cuya vida fue un ejemplo de fidelidad radical a la fe y al amor humano. Fundador y alma de la Asociación de Sacerdotes Casados de España (ASCE), dedicó medio siglo a demostrar que la vocación sacerdotal y la vida matrimonial no son incompatibles, incluso frente a la incomprensión de la jerarquía eclesiástica.
En 1970 tomó la decisión que marcaría su vida: dejar el ministerio activo para casarse. No fue un abandono por crisis de fe ni cansancio, sino un acto de coherencia con su doble vocación: seguir siendo sacerdote y, al mismo tiempo, vivir el sacramento del matrimonio. Como él mismo expresaba: “Salí del clero muy consciente de mi doble vocación: sacerdote y casado”. A partir de ese momento, se comprometió a defender la dignidad de los curas casados, dando voz a miles de biografías silenciadas por la Iglesia.
La reflexión que guio su vida fue tan sencilla como contundente: si el sacerdocio imprime carácter y el orden deja un sello indeleble, ¿cómo puede la Iglesia tratar a los curas casados como si hubieran dejado de ser lo que son? Esta pregunta resume su teología práctica y su eclesiología sufriente, así como su sentido de justicia: no pedía privilegios, solo coherencia institucional. Durante décadas, su lucha fue silenciosa pero constante, marcada por la paciencia evangélica y un amor a la Iglesia que nunca se quebró, a pesar de las puertas cerradas y la indiferencia jerárquica.
Su acción no fue solo teórica. Recorrió España y Roma, reunido con cardenales, elaborando estudios, enviando cartas a todos los obispos y llevando su causa a medios de comunicación. Entre 1977 y 2000, su compromiso incluyó viajes, esperas interminables en despachos episcopales y la participación en programas televisivos que buscaban visibilizar una realidad que muchos preferían ignorar. Fue un trabajo meticuloso y perseverante, que combinaba el compromiso personal con la defensa de los derechos humanos básicos: la familia, la mujer y los hijos.
El trasfondo de su lucha también se relaciona con las críticas al celibato obligatorio que hicieron teólogos y psicoterapeutas como Eugen Drewermann. Según Drewermann, la represión de la sexualidad en los sacerdotes genera tensiones emocionales profundas y patologías, y puede conducir a conductas destructivas o al abuso de poder. Frente a esta realidad, la vida de Amelibia demuestra que es posible integrar la sexualidad y la espiritualidad de manera coherente, viviendo la fe sin renunciar al amor humano ni a la familia.
El celibato obligatorio, tal como lo vivió, impone la ley eclesiástica sobre derechos fundamentales. Mujeres y niños se ven afectados por una tradición que niega la posibilidad de una vida familiar plena. Al mismo tiempo, la Iglesia sigue cerrando las puertas al sacerdocio femenino, negando incluso el derecho a debatirlo, a pesar de que gran parte del trabajo pastoral depende de la entrega de mujeres, monjas y seglares. La historia de Amelibia ilumina, entonces, la contradicción entre la práctica de la fe y la justicia humana, y nos recuerda que la Iglesia tarde o temprano deberá enfrentar esta realidad.
A pesar de la incomprensión institucional, nunca dejó de ejercer su ministerio desde otras formas de presencia pastoral. Su vida refleja que el sacerdocio no se mide por títulos ni por la actividad oficial, sino por la entrega, la solidaridad y el amor a Dios y al prójimo. Su ejemplo demuestra que se puede seguir siendo sacerdote y hombre de Dios, aunque la institución no lo reconozca formalmente.
Su legado permanece en la Asociación de Sacerdotes Casados de España, en sus libros y en su blog Secularizados, mística y obispos, y sobre todo, en la esperanza que sembró para futuras generaciones de sacerdotes y creyentes que buscan conciliar fe y vida familiar. Aunque murió sin ver su sueño cumplido —el celibato opcional—, su vida es un testimonio de dignidad, coraje y coherencia, y una llamada a la reflexión sobre la relación entre doctrina y realidad.
El dolor que acompañó su trayectoria fue profundo. Experimentó la tristeza de no ser reconocido plenamente por la institución que tanto amaba, y aun así mantuvo la esperanza y el compromiso. Esa tensión entre vocación y reconocimiento, entre amor humano y obediencia institucional, revela la fragilidad de una estructura que insiste en tradiciones desfasadas y sugiere la urgencia de reformas que respeten tanto la fe como la humanidad de los creyentes.
En este punto, conviene señalar la paradoja del celibato “opcional”. Un sacerdote me argumentó en una ocasión que, en teoría, quienes quisieran asumir el celibato podían hacerlo, mientras que quienes desearan casarse podían renunciar a ejercer como sacerdote. Pero la realidad muestra que esta opción no ofrece verdadera libertad: la Iglesia no permite que alguien sea sacerdote y luego decida casarse, ni que alguien se case primero y luego sea sacerdote. De este modo, la vocación que el Evangelio propone —una llamada a seguir a Jesús con fidelidad, amor y entrega— queda limitada por normas que chocan con la dignidad y la libertad personal. La vida de Amelibia demuestra que es posible armonizar el Evangelio con el amor humano, y que el ministerio sacerdotal no debería excluir la posibilidad de vivir el matrimonio y la familia.
En un contexto donde el celibato obligatorio y la jerarquía rígida combinan represión emocional y concentración de poder, la vida de este sacerdote casado es un faro. Enseña que la fe se vive también en el respeto a la dignidad de todos, en la integración de vocación y vida personal, y en la valentía de defender lo que es justo, aunque la recompensa tarde en llegar. Su historia es un recordatorio de que amar y servir a Dios puede adoptar múltiples formas, y que la coherencia entre fe y vida humana es una exigencia moral y espiritual.
Al mirar hacia la Iglesia institucional, uno no puede evitar sentir que, de alguna manera, se bloquea a sí misma. Su rígida jerarquía y sus tradiciones inamovibles limitan su propia capacidad para actuar de manera liberadora. La institución, que debería ser un faro de humanidad y justicia, pierde con frecuencia de vista la dignidad y los derechos fundamentales de quienes la integran, desde sacerdotes y religiosos hasta laicos comprometidos. Esto impide que pueda contribuir de forma auténtica a un mundo más justo y más humano, y limita su capacidad para representar con fidelidad el mensaje de Jesús que predica.
Frente a esto, la experiencia de creyentes como Amelibia demuestra que la fe cristiana puede ser mucho más fuerte que la fe en la jerarquía. Su vida, y la de muchos otros laicos y seglares comprometidos, revela que quienes verdaderamente viven y construyen la Iglesia a menudo lo hacen desde fuera de sus despachos y normas rígidas, con acciones concretas de servicio, justicia y humanidad, mientras la institución se mantiene atrapada en sí misma. En este sentido, el compromiso de los fieles puede superar, en impacto y coherencia, al de muchos jerarcas que ocupan los cargos de poder, recordándonos que la Iglesia no son solo sus estructuras, sino la comunidad viva de personas que luchan por encarnar la fe.
La vida de Amelibia deja una lección clara: la fidelidad a Dios y a los valores del Evangelio puede existir incluso cuando la institución se muestra incapaz de reconocerla o acompañarla. Y esa lección sigue siendo urgente hoy, mientras millones de creyentes buscan reconciliar la fe con la vida humana, la justicia y la libertad. Su historia nos recuerda que ser Iglesia es, sobre todo, ser coherente, humano y valiente, y que, en muchas ocasiones, los verdaderos constructores de la comunidad cristiana no están en la cúpula, sino en la vida concreta de cada creyente que vive su fe con integridad y amor.
Josemari Lorenzo Amelibia no solo fue un sacerdote y esposo, sino un testigo de coherencia, un hombre que demostró que la fidelidad a Dios no está reñida con la fidelidad al amor humano. Su legado seguirá inspirando a quienes creen que la Iglesia puede ser más justa, más humana y más cercana a los valores que proclama.