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León XIV y las mujeres: si son una riqueza, ¿por qué la Iglesia sigue cerrándoles la puerta?

La Iglesia alaba a las mujeres mientras les cierra puertas.

Jesús las escuchó; la jerarquía todavía decide por ellas.

León XIV y las mujeres
León XIV y las mujeres

León XIV ha dicho que «la presencia de las mujeres constituye una riqueza que debe ser reconocida y valorada cada vez más», y ha destacado su capacidad de discernimiento, su creatividad, su preparación profesional e intelectual y esa sensibilidad hacia las personas y las relaciones que, según el Papa, enriquece la vida de las instituciones. Son palabras que merecen ser acogidas, pero también tomadas en serio hasta sus últimas consecuencias. Porque si las mujeres son verdaderamente una riqueza para la Iglesia, resulta difícil entender por qué esa misma Iglesia continúa poniendo límites a su participación plena y, sobre todo, por qué sigue negándoles el sacerdocio. No basta con reconocer el valor de las mujeres mientras se mantiene intacta una estructura en la que los varones continúan teniendo la última palabra en los ámbitos fundamentales del poder eclesial.

No se trata de sustituir un clericalismo masculino por un clericalismo femenino, tampoco de sumar ambos, sino de acabar con el clericalismo como forma de poder y avanzar hacia una Iglesia donde varones y mujeres puedan servir en igualdad y con la misma dignidad.

Laicos clericalizados
Laicos clericalizados
No se trata de sustituir un clericalismo masculino por un clericalismo femenino, tampoco de sumar ambos, sino de acabar con el clericalismo como forma de poder y avanzar hacia una Iglesia donde varones y mujeres puedan servir en igualdad y con la misma dignidad.

El problema no es solamente una cuestión de cargos. Es una cuestión de coherencia evangélica. Cuando uno vuelve al Evangelio y contempla cómo se relacionaba Jesús con las mujeres, encuentra una realidad que debería incomodar profundamente a cualquier estructura religiosa que pretenda justificar su exclusión. Jesús no las mantuvo a distancia ni las convirtió en simples colaboradoras silenciosas. Habló con ellas cuando hacerlo resultaba escandaloso, escuchó sus preguntas, aceptó sus críticas, compartió su amistad y reconoció públicamente su fe. A la mujer cananea, que insistía en pedir la curación de su hija, terminó diciéndole: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!» (Mt 15,28). No le dijo que su condición femenina la hacía menos capaz de comprender a Dios. Reconoció su fe y se dejó interpelar por ella.

También encontramos a Marta dialogando con Jesús sobre una de las cuestiones centrales de la fe cristiana: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11,25). Y María de Betania aparece sentada a los pies del Maestro, ocupando precisamente el lugar del discípulo que escucha y aprende (Lc 10,39). Cuando su hermana Marta protesta porque María no está realizando las tareas que se esperan de una mujer, Jesús no la devuelve a la cocina ni la reprende por haber escogido un espacio reservado tradicionalmente a los varones. Le dice que María «ha escogido la parte buena» (Lc 10,42). Parece un pequeño episodio doméstico, pero contiene una enorme ruptura con la mentalidad de su tiempo.

Jesús y las mujeres
Jesús y las mujeres
Jesús se manifiesta a María Magdalena y le confía una misión: «Ve a mis hermanos» (Jn 20,17). Es decir, una mujer recibe la responsabilidad de comunicar a los demás una de las noticias fundamentales de la fe cristiana.

Y todavía hay más. Jesús permitió que muchas mujeres formaran parte de quienes le acompañaban en su misión. Lucas menciona expresamente a María Magdalena, Juana, Susana y otras muchas que «les servían con sus bienes» (Lc 8,1-3). Las mujeres no aparecen únicamente como receptoras pasivas de la acción de Jesús; forman parte de su comunidad y participan en ella. Y cuando llega la hora más dramática, permanecen junto a él. Están al pie de la cruz (Jn 19,25), mientras muchos discípulos han desaparecido. Después serán ellas quienes acudan al sepulcro y reciban el anuncio de la resurrección. En el Evangelio de Juan, Jesús se manifiesta a María Magdalena y le confía una misión: «Ve a mis hermanos» (Jn 20,17). Es decir, una mujer recibe la responsabilidad de comunicar a los demás una de las noticias fundamentales de la fe cristiana.

¿Cómo se explica, entonces, que una Iglesia que quiere proclamar el Evangelio haya permitido a las mujeres participar, aunque con muy importantes limitaciones y no siempre con el mismo reconocimiento que a los hombres, en ámbitos como la investigación, la evangelización, la administración de instituciones, la dirección de obras, el sostenimiento de parroquias y comunidades, el acompañamiento de los enfermos y la transmisión de la fe, y que, además, en pleno siglo XXI siga cerrándoles el acceso al sacerdocio? Muchas de estas tareas han sido desempeñadas por mujeres, a menudo de manera poco visible y sin el reconocimiento que merecían. ¿Cómo puede justificar hoy la Iglesia esta exclusión cuando Jesús nunca estableció, en su relación con ellas, una prohibición semejante?

igualdad de la mujer en la Iglesia
igualdad de la mujer en la Iglesia
¿Cómo puede justificar hoy la Iglesia esta exclusión cuando Jesús nunca estableció, en su relación con ellas, una prohibición semejante?

La respuesta no puede limitarse a decir que «siempre ha sido así». Muchas cosas fueron así durante siglos y la Iglesia terminó cambiándolas. Tampoco basta con esconderse detrás de la palabra «tradición», como si toda tradición fuera automáticamente voluntad de Dios. La Iglesia tiene una historia, y en esa historia hay elementos nacidos del Evangelio, pero también estructuras, costumbres, intereses y formas de poder propias de determinadas épocas. Confundir la tradición eclesial con la voluntad de Cristo es una manera demasiado cómoda de cerrar cualquier posibilidad de reforma y muchas veces anteponiendo la religión al Evangelio.

Y aquí aparece el problema más profundo: el clericalismo. Jesús fue extraordinariamente crítico con quienes convertían la religión en poder. Cuando sus discípulos discutían sobre quién era el más importante, les respondió: «El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y servidor de todos» (Mc 9,35). Y cuando habla de los gobernantes que dominan sobre los demás, pronuncia una frase que debería resonar con fuerza dentro de cualquier institución religiosa: «Entre vosotros no debe ser así» (Mc 10,43). Sin embargo, la Iglesia ha terminado organizándose alrededor de una estructura profundamente piramidal, con diferentes grados de autoridad, títulos, privilegios y espacios reservados al clero.

El Evangelio habla de servicio; la institución puede terminar hablando de poder. Jesús lava los pies de sus discípulos (Jn 13,14-15); la historia eclesial ha conocido palacios, dignidades, protocolos y formas de autoridad que poco tienen que ver con aquella escena. Jesús dice: «El que quiera ser grande entre vosotros será vuestro servidor» (Mc 10,43). Y, sin embargo, seguimos teniendo una Iglesia donde unos pocos deciden y muchos otros, incluidas innumerables mujeres que sostienen diariamente sus comunidades, quedan fuera de determinadas decisiones precisamente por no ser varones ordenados.

El poder de la Iglesia
El poder de la Iglesia
«El que quiera ser grande entre vosotros será vuestro servidor» (Mc 10,43). Y, sin embargo, seguimos teniendo una Iglesia donde unos pocos deciden y muchos otros, incluidas innumerables mujeres que sostienen diariamente sus comunidades, quedan fuera de determinadas decisiones precisamente por no ser varones ordenados.

Por eso las palabras de León XIV deberían obligar a la Iglesia a ir mucho más lejos. Decir que las mujeres son una riqueza no puede convertirse en una manera elegante de mantenerlas dentro de los límites que otros han establecido para ellas. Si poseen discernimiento, que se reconozca plenamente su discernimiento. Si poseen preparación teológica, que se confíe realmente en ella. Si poseen vocación y capacidad pastoral, que no se levante delante de ellas una barrera simplemente porque han nacido mujeres.

La pregunta, por tanto, no debería ser cuánto espacio está dispuesta la jerarquía a conceder a las mujeres. La pregunta verdaderamente evangélica es otra: ¿qué estructuras tendría que cambiar la Iglesia para que las mujeres pudieran participar plenamente en la comunidad que Jesús quiso construir? Porque quizá el problema no esté en las mujeres, ni en su vocación, ni en su capacidad. Quizá el problema esté en una Iglesia que lleva demasiado tiempo confundiendo el servicio con el poder y la tradición con la voluntad de Dios.

Exclusión de la mujer en la Iglesia
Exclusión de la mujer en la Iglesia
La pregunta, por tanto, no debería ser cuánto espacio está dispuesta la jerarquía a conceder a las mujeres. La pregunta verdaderamente evangélica es otra: ¿qué estructuras tendría que cambiar la Iglesia para que las mujeres pudieran participar plenamente en la comunidad que Jesús quiso construir?

León XIV dice que las mujeres son una riqueza. Muy bien. Pero una riqueza no se contempla desde lejos ni se utiliza únicamente cuando resulta conveniente. Una riqueza se reconoce, se comparte y se incorpora plenamente a la vida. Y mientras una mujer esté capacitada para animar una comunidad, esté preparada teológicamente, posea la fe, los valores y capacidades para anunciar el Evangelio y viva profundamente abierta para seguir a Jesús y responder a su llamada, si es una persona profundamente vocacionada para el ministerio sacerdotal, porqué ha de continuar siendo rechazada para presidir la Eucaristía por el simple hecho de ser mujer.  La contradicción seguirá ahí, golpeando la conciencia de la Iglesia.

 Ha llegado la hora de que estas contradicciones sean corregidas. Porque Jesús no dijo: «Donde hay poder, allí estoy yo». Dijo: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo» (Mt 18,20). No levantó una pirámide. Formó una comunidad. Y esa diferencia debería ser demasiado importante como para seguir ignorándola.

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